Saturday, 14 de December de 2019

Chinguen al Guapo

Miércoles, 13 Febrero 2013 00:21

Scare movie

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Un día llegué a la casa de mi madrina Lupe; abrí la puerta de la calle, caminé por el patio, abrí la puerta de la cocina, caminé por el pasillo y me aparecí en su recámara, donde estaba mi padrino Marcos viendo la televisión: “¡Ay pinche Yon me espantaste!”, dijo mi padrino con el corazón agitado y la mano derecha empuñada y parecía que había visto a la mismísima muerte.

En ese momento se abrió mi mente, vi una luz, el resplandor, mi mirada se encendió, descubrí que era un experto en espantar gente y eso me agradó mucho, pues todos podían sucumbir ante mis sustos y bromas ¡Muajajajajajaja! (léase como risa de Mojojojo), entonces decidí profesionalizarme en terror y seguir practicando para mejorar mis sustos.

Mi próxima víctima fue una de mis primas. Me metí al closet de su recámara mientras ella estaba en el baño; salió y fue directo a su cuarto, cerró la puerta y se acostó boca abajo para continuar leyendo su revista de moda, ella estaba justo frente al armario, yo no me movía, ni respiraba, sabía que todos mis movimientos tenían que ser lentos hasta que:

—¿Qué haceeeeessssssss?, le grité al mismo tiempo en que salí apresuradamente del closet azotando sus puertas.

—¡Aaaaaayyyyy!, ¡Aaaaaaaaaaahhhh!, ¿Qué te pasa?, en tu vida me vuelvas a espantar.

Se enojó muchísimo mi prima, hasta me dejó de hablar. Sólo me acuerdo que gritó, saltó, aventó su revista y se puso muy pálida, estaba temblando y no podía hablar. Me sentí mal por ella, pero algo me decía que iba en buen camino para convertirme en un profesional de los sustos.

Y así poco a poco empecé mi trayectoria en la industria de los espantos, he de confesar que sólo respeté a mis abuelitos, de ahí en fuera todos fueron mis víctimas hasta mi mamá, jojojojojojojo. Caminaba lento, sin hacer nada de ruido, procuraba que todos mis movimientos fueran precisos y bien estudiados, muy fríos para no cometer alguna falla o equivocación.

—Buuuhhhh— era una de mis expresiones más simples para espantar a la gente, normalmente me colocaba atrás de las puertas, esperaba a que mis víctimas entraran a las habitaciones, al baño o a cualquier cuarto y atacaba, era muy sencillo mi método, pero surtía mucho efecto. En otras ocasiones entraba sigilosamente, me desplazaba como león acechando a su presa y en el acto final les tocaba alguna extremidad, les saltaba encima o les gritaba.

—¡Aaaay!, ¡Te odio!, ¡Pendejo!, ¡Vas a ver!, ¡Me las vas a pagar!, $#&/%°![]. Eran de las expresiones que comúnmente lanzaban mis víctimas en mi contra, pero sus insultos, enojos y corajes sólo llenaban más mi hambre de susto, mis deseos por ser el Dios supremo de los sustos. Muajajajaja.

Todo iba bien, sólo que poco a poco se fueron sumando más detractores, más enemigos y como dicen el “El miedo no anda en burro”, entonces ahora sí tenía que cuidarme hasta de mi propia sombra. Todo el tiempo me repetía una y otra vez: “Acuérdate de revisar el closet, puede estar alguien atrás de la puerta, asómate debajo de las camas, qué no te vayan a sorprender, recuerda que alguien te vigila, que alguien se quiere vengar”.

Todos los días, todo el tiempo sólo pensaba en que no me fueran a espantar, sabía que ya estaban planeando los sustos en mi contra y que todos se las cobrarían muy cabrón, ya tenía miedo, pero pensaba no demostrarlo, desconfiaba de todo, procuraba que no se notara mi miedo, mi zozobra y es que la lista de víctimas creció descomunalmente —compañeros de la escuela y maestros se sumaron—.

Tanto llegué a desconfiar que ya hasta cerraba la puerta de mi recámara con seguro y un día se me olvidó ese pequeño detalle, quise entrar a mi cuarto y me topé con madera, hasta sangre me salió, me di un chingadazo muy meco y cabrón, pero no entendí el mensaje porque ese incidente fue una señal para dejar de espantar a la gente.

Mis hermanos y mi mamá ya estaban cansados de mí, ya no vivían tranquilos, me odiaban pues a cada instante los espantaba, ya hasta pensaban irse de la casa de tantos sustos que les daba. Por más que mi mamá habló conmigo, por más que me suplicó dejar de asustarlos, dedicarme a cuidarlos, jamás le hice caso y me amenazó: “Te vas a aguantar, yo sólo te digo que el día que te hagamos algo no salgas chillando eh”, me amenazó y advirtió mi madre y esas advertencias sí que son de cuidado.

Hasta que un día desperté alrededor de la una de la mañana, tenía tantas ganas de ir al baño que todo se me olvidó, además a esa hora todos en mi casa estaban durmiendo, entonces no tendría problema en dirigirme al wcorinar y regresar para seguir durmiendo. Salí de mi recámara, me sentí tranquilo, en confianza, atravesé el pasillo y llegué al baño.

Me lavé las manos, me las sequé, abrí la puerta del baño y regresé a mi cuarto, empujé levemente la puerta para entrar y de pronto sentí una mano:

—Buuuhhhhhhhhh— fue lo único que escuché al mismo tiempo en que la mano me tocaba.

—¡Aaaaaaaaaahhhh, no mameeees!, ¡Dios mío!, ¡Me quiero morir!, gritaba una y otra vez mientras mi corazón latía rápidamente, sentía como me bajaba la presión, temblaba, mi respiración se aceleraba y sólo vi a mi mamá salir de la puerta.

—Perdóname, perdóname, no pensé que te fueras a poner tan mal, pensé que ya me habías visto, ya perdóname. Tú tienes la culpa, ya ves eso sienten tus hermanos, para que se te quite la maña de andar espantando a tus hermanos.

Me dijo mi mamá mientras yo me desvanecía. Y así fue como se me quitó la costumbre de espantar a las personas.

Moraleja: Es malo andar espantando a la gente, luego se las cobran.

¡Claro!, chinguen al guapo.