21 de Septiembre del 2019

No repitas los fracasos que otros te dictan

Por Rolando Ochoa Cáceres / /
No repitas los fracasos que otros te dictan
Foto: Especial

panza identifi

Es muy común ahora que todo mundo tenga siempre algo muy importante qué decir aunque sea únicamente para joderle la existencia a otros. En un mundo lleno de redes sociales, lleno de opinólogos hiper especialistas hasta en la gama cromática de los pokémones, vivir sin ser juzgado es, prácticamente, muy buena suerte.

En mi experiencia puedo decir que para muchas personas resulta más importante juzgar, criticar (de mala manera) y desprestigiar a otros que ver por su propia vida. Uno al leer esto puede decir “habrá quien se lo crea” pero también somos muchos que nos creemos los malos juicios, las malas críticas por encima de muchas cosas positivas.

Intentamos así entonces que todo mundo sea capaz de aprobarnos como personas y también aprobar nuestros actos conduciéndonos a una vida de ficción en la que nosotros mismos somos el personajes principal de quien no sabemos nada.

Desgraciadamente es más fácil criticar que actuar y sí, las personas, como dice mi pareja, pueden desear que a los otros les vaya bien pero no mejor que a ellos.

Así es como nuestra vida, nuestros sueños, nuestras aspiraciones se desmoronan y nos generan una muy baja autoestima en donde alzamos la mano para que nos rescaten cuando no nos hemos dado cuenta que no hemos caído, solo tropezamos porque esos “consejos”, esas “criticas constructivas” esas “verdades porque así lo vivieron” nos hicieron el mayor de los daños porque nosotros lo permitimos.

Estoy seguro que muchos hemos dejado varios proyectos por miedo a ese juicio interminable que proviene de la familia, de “amigos”, de una pareja o de nuestros compañeros y jefes de trabajo. Decimos que somos libres cuando sabemos que somos esclavos de los pensamientos de otros y lo peor de todo es que esos otros, la mayoría, no han logrado mucho en su vida.

Si es difícil vivir con la mente de uno mismo y todos los pensamientos que desarrollamos y que no controlamos del todo, aun se vuelve más difícil cuando le incluimos a nuestra mente los traumas o fracasos de otros, ¿no es ese un infierno? ¿qué culpa tenemos nosotros si fueron otros los que se dejaron vencer, se derrotaron o simplemente no creyeron en ellos mismos?

Lo curioso del asunto es que admiramos esas vidas que siempre lucharon por alcanzar esos sueños pero creemos, por lo que nos han dicho, que esos seres son los elegidos, los que sí pueden porque, según los otros, nosotros somos unos simples mortales.

La vida nadie dijo que sería fácil y se tiene que trabajar mucho, demasiado para poder obtener eso que añoramos y en medio de todo ello hay ciertos sacrificios, ciertas decisiones, ciertos caminos qué recorrer que nos van a generar un enfrentamiento hasta con nosotros mismos para desistir o continuar. Esto, claro, depende de la voluntad, del amor que nos tengamos y de la fe que nos depositemos.

Nos llenan de comparaciones y no se dan cuenta que somos únicos, trascendentes en este momento, en esta vida y si algo hay de cierto es que nunca seremos como aquellos que tienen enormes éxitos o como aquellos que tienen enormes fracasos. Recuerdo que en secundaria una maestra nos dio un texto que se titulaba “tú eres el arquitecto de tu propio destino” y al principio me pareció una sandez y me sostuve así hasta hace un par de años. Ni Dios, ni nada es capaz de modificar tan de repente nuestro destino como nosotros mismos y eso, lo sé, es totalmente cierto. ¿Por qué esperar a que un ángel nos diga qué hacer cuando por dentro sabemos perfectamente hacia dónde ir? ¿Por qué insistir en la opinión de quienes no logran nada pero se enarbolan diciendo que lo saben todo?

La vida es tan hermosa que pensarla únicamente en términos de éxito y fracaso es realmente terrible. Cristiano Ronaldo, por ejemplo, aun con sus millones, sus éxitos, sus copas, su abundancia, es un tipo que día a día no deja de entrenar por horas, es un tipo que día a día no deja de pensar que necesita un mejor ritmo para ser el mejor “en su momento”. Lo mismo con Messi y hasta con Vargas Llosa quien día a día escribe algo, quizá no para publicar, pero no deja de escribir.

Ser mejor no implica sentarse frente a una pantalla y criticar a medio mundo hasta por una falta ortográfica para sentirse el “lord/lady superior real academia de la lengua española”. Ser mejor no implica sentarse frente a una pantalla y decir que las propuestas de Marie Kondo son una trastada, que Saintia Sho es una animación pobre no apta para verdaderos fans. Ser mejor no implica decirle al otro “vas a fracasar”, “no vas a poder porque…”, “mejor has esto porque ahí va a estar difícil”, ¡no!.

Hay palabras que nos construyen y nuestro corazón es demasiado inteligente para saber qué palabras merecemos escuchar y qué otras mejor desecharlas que, en su mayoría, son basura.

No es que tú no puedas, es que a la gente le da miedo que puedas y les digas “así se hace y vivo feliz porque lo intenté y no me dejé vencer”.

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