Monday, 30 de March de 2020

Chinguen al Guapo

Jueves, 17 Mayo 2012 23:00

La maldita ratonera

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Bueno, al menos cuando lo cuento mi mamá ya sonríe, ahora la anécdota le genera una mueca de agrado porque durante muchos años y cada vez que recordábamos aquel incidente, la invadía la rabia, la ira, el cólera, un viejo resentimiento y unas ganas tremendas de agarrarme a cachetadas. Dios Bendito y la santísima Virgen ya no lo permiten, ella aprendió a verlo como un momento para recordar.

Transcurría el verano de 1997 o 1998, no lo recuerdo bien. Pero de lo que sí me acuerdo, es que como siempre yo iba llegando a casa y ya me esperaban los trastes sucios, no quedaba más remedio que lavarlos, sabía que era mi tarea principal y mientras mi mamá calentaba mi comida, yo tallaba y tallaba los platos.

Era una tarde normal, mi mamá y yo en la cocina, mi hermana en su recamara, mi hermano de huevón en pijama y el inquilino. El maldito, pendejo, asqueroso, wtf inquilino. Un desgraciado ratón que llevaba días burlándose de nosotros: corría de la sala al comedor, de los clósets a la cocina, de la cocina al baño, maldito roedor cómo lo odié y él fue el culpable de tanto enojo de mi madre.

El pinche ratón salió re inteligente y a veces pienso que puso a prueba la inteligencia y habilidad de mi familia para cazarlo, pues nunca cayó en la ratonera, ni en las otras trampas para ratón, jamás se comió el veneno, se burlaba de nosotros, ni miedo nos tenía, pinche igualado.

Pero aquella tarde cambiaría nuestra guerra contra el roedor. Mi mamá mientras calentaba mi comida volteaba hacia mí para platicar, para ver que lavara bien los trastes, para ver que hiciera bien las cosas y de pronto un grito ensordecedor invadió toda la casa:

-¡Aaaaaaaah! El pinche ratoooooooooooooooón.  (léase en tono de Vilma Picapiedra con el merodeador)

Y en menos de cinco segundos mi mamá saltó de la estufa y llegó al refrigerador, aún no me explico cómo en un lapso tan corto tomó la escoba, dio marometas, vueltas de carro e hizo acrobacias como Bruce Lee, Kill Bill, o las Ninja Tortugas Adolescentes Mutantes.
Mmmmmm… está bien exageré, más bien como luchadora mexicana de las rudas, pero lo sorprendente fue su habilidad para prensar al ratón con la escoba, ni tiempo le dio de huir.

Vi la cara de mi mamá, parecía pensar: “Maldito ratón nunca más te volverás a burlar de nosotros, tus minutos están contados, desgraciado, infeliz ¡Te odio! ¡Te odioooooooo!”, yo creo que en ese momento volvió en sí y me dijo:

—¿Qué esperas para matarlo ¡Mátaloooooo! ¡Mátaloooooooo!

Ave María purísima, de pronto olvidé mi entrenamiento de años para matar ratas y ratones, el miedo, la ansiedad, el asco, la repulsión me bloquearon, quedé en shock, no recordaba qué hacer en esos casos, valieron madre mis años de estudio de técnicas para matar roedores y mi mamá más me alteraba con sus gritos llenos de ira pidiéndome que ya lo aniquilará y yo sin recordar ninguna estrategia fulminante.

El lenguaje de mi mamá empezaba a subir de tono por su molestia y la angustia, yo no hacía más que dar vueltas de puntitas en mi propio eje y agitar mis manos en síntoma de desesperanza y corría de un lado a otro de la cocina sin dejar de agitar mis manos, buscaba algo para aniquilar al maldito roedor.

—¡Chingao! ¿Qué esperas, Yonadab?
—No encuentro nada para matarlo, mamá.
—Busca cualquier cosa. (Léase en grito de ya se enojó)

De pronto una luz iluminó el arma perfecta: frágil, de 50 centímetros, pero muy letal. Era como un báculo sagrado, mejor que la espada de He-man, la espada de León- O. Sentí que tenía más poder que Xena, Sailor Moon o las Chicas Súper Poderosas. Era el arma perfecta, luego de matar al ratón mi mamá me felicitaría por mi hazaña, por la proeza.

Visualicé el artefacto, me acerqué a él —Ya tengo el podeeeer— y corrí hacia el ratón, respiré honda y profundamente, tomé  aire, miré la expresión de rudeza de mi madre. Hasta miedo me dio: estaba rabiosa, ya sólo faltaba que le saliera baba de la boca, sus ojos estaban rojos, llenos de coraje por las burlas constantes del roedor.

Al verla me armé de valor, levanté mi matamoscas verde y le lancé el primer golpe al ratón. Sin embargo, sentí asco, repulsión , entonces cerré los ojos e inicié la golpiza sin piedad y con mucha ansiedad al imaginar que en cualquier momento brincaría la sangre de la fiera, güacala hasta escalofrío me dio esa bola con pelos, su cola asquerosa, empezaba a sentir ganas de vomitar.

Se escuchaban los golpes: “Zasssssss, zasssssss, zasssssssssss”, uno tras otro sin piedad, rápido, eran muchas revoluciones por segundo, yo jamás abrí los ojos, sentí que la paliza estaba durando una eternidad, nunca disminuí la velocidad, ni la fuerza, los golpes eran secos y se estrellaban contra la masa corporal de la rata inmunda, qué asco sus orejas, su tono gris, su cola.

De pronto sentí que mi mamá quitó la escoba, abrí los ojos. En efecto ya no estaba la escoba, me levanté como todo un campeón, levanté las manos en signo de victoria, levanté el matamoscas verde —mi arma perfecta— ¡A huevo! Ese pinche ratón no se burlaría más de nosotros, mis golpes lo debieron hacer mierda, gané, suprime victory.

Le dije a mi mamá aún sin voltear a verla:
—Pinche ratón me hizo sudar, pero no qué no caía el hijo de su pinche mouser, me comió los mandados el muy pendejo.

Y cuando terminé la frase de mi desgracia, giré mi cabeza hacia donde estaba ella, mi madre. Me horroricé, no podía creer lo que mis ojos veían. Era como una escena de la Dimensión Desconocida, no comprendía en qué momento el ratón pasó de ser la víctima al depredador, en qué momento se volvió a burlar de nosotros, el rostro de rudeza de mi madre se había desvanecido y ahora parecía que había estado por horas en una cámara de bronceado, estaba rojísima su cara.

Mi pobre madre tenía el matamoscas marcado en la cara, jamás le pegué al pendejo ratón, todos los impactos fueron contra mi mamita, al pinche ratón ni un sólo golpe le di y la masa corporal contra la que se impactaba mi arma, era en realidad la cara de Boyuyita. Pobre, toda su cara estaba roja, y toda adolorida.

No pude aguantar la risa, me solté a carcajadas. Fue lo peor que pude haber hecho. Mi mamá me arrebató el matamoscas y lo empezó a impactar contra mi cuerpo. Me devolvió los golpes uno a uno, hasta que mis brazos quedaron rojos y ardidos.

Moraleja: Nunca hagan enojar a sus mamás y menos se rían de ellas

Ahora libro épicas batallas, guerras sangrientas contra bestias, animales y fieras: cocodrilos, tiburones, leones, mi papá y mi hermano, todo ello para recuperar mi valentía, mi virilidad, para volver a ser un venerable joven, digno de matar ratones. He viajado a distintas partes del país para aprender nuevas y eficaces tácticas para matar roedores.

¡Claro! Chinguen al guapo.

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