Friday, 30 de October de 2020

Chinguen al Guapo

Jueves, 24 Mayo 2012 23:00

Chinguen al guapo

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 ¡Me desangro!

Algunas personas dicen que me agaché a recoger el jabón mientras me bañaba –entre ellos mis hermanos–, otras más creen que recibí un empujón tan fuerte que me fui de frente contra la cabecera de la cama. La verdad se hizo toda una leyenda urbana y se crearon distintas teorías en torno a mi accidente en el baño, pero lo peor fue la alarma y el morbo que causó entre los vecinos.
Nunca imaginé que una herida en la frente causara más pena que dolor, nunca antes en mi vida había tenido tanto poder de convocatoria, me sorprendió la concurrencia en mi hogar, fui popular en el barrio, en mi calle, en la colonia y todo gracias a mi descalabrada.
Pero bueno, es importante aclarar que ni me agaché por el jabón, ni tuve sexo salvaje como para estrellarme contra la cabecera de mi cama. En realidad fue un accidente casero, como le puede ocurrir a cualquier otra persona, todo el mundo ha sufrido un percance en su casa, lo malo es que no ha causado tanta expectación.
Salí de antro con mi amigo Paco, pero como vive en Atlixco se quedó a dormir en mi casa. Al día siguiente se metió a bañar y él tan chispa, tan sweet, tan él, rompió el toallero. Es el día en que no me explico cómo rompió el pinche toallero, sólo me dijo que se recargó levemente y lo tiró, sólo quedó un pico: un letal, mortal, maldito y desgraciado pico.
Pero no conforme con eso, sumió la coladera de la regadera, no entiendo cómo piso la coladera mientras se bañaba que la dejó atorada e impedía el paso del agua; en cuestión de días ya tenía una laguna en casa. La visita del Paco me salió muy cara, aunque hasta ese momento mi integridad estaba a salvo.
Obviamente me harté de la laguna, mis hermanos y mi mamá estaban de vacaciones, entonces no quedaba más remedio que hacer el trabajo de plomería, el trabajo sucio. Montado en mi papel del hombre de la casa, en el macho que todo lo puede, en el hombre conocedor de herramientas, en Trolk –el rey guerrero–, tomé dos pinzas, me dirigí al baño para de una vez por todas secar la laguna.
Tomé la coladera con las pinzas, di un jalón, no fue suficiente, di otro jalón.

–Maldita coladera no sale, hija de tu pinche madre, ya sal­– pensé mientras seguía jalando.

Y de pronto hice el último esfuerzo, empleé toda mi fuerza de flaqueza, toda mi energía… Por fin saqué la pendeja coladera, pero mi fuerza, mi súper fuerza Oso, de Guerrero, de Hombre, de Neandertal, de Mamado, de Macho…Grgrgr ¡Me impulsó hacia atrás!
¡Y de qué manera!
Quedé clavado en el pico del toallero. Todo fue tan rápido, no me percaté de lo sucedido hasta que escuché que algo tronó y de pronto empezó a salir un torrente de sangre.

Pensé que era de mi nariz por la fuerza que hice, tomé papel higiénico e inocentemente me la tapé, no comprendía por qué seguía saliendo el líquido vital a chorros de mi cara, hasta que me acerqué al espejo y vi la gran herida, parecía el Perro Aguayo cuando le enterraban tenedores, lápices o cuchillos en las luchas.
Tomé la toalla y me la puse en la frente, pero mi obsesión por mantener limpia la casa, me orilló a ir limpiando cada rastro de sangre en el baño, en la cocina y en todos los rincones de la casa, obvio nunca pararía el sangrado. Me tiré en mi sillón, sentía que me desmayaba, tomé el nextel y marqué a mi suerte.

¿Siiiiiií? (léase en tono de Rayas, conocida en los bajos mundos como Selene Ríos).
—Rayas me accidenté, estoy en mi casa, me estoy desangrando, por favor ven por mí y llévame al hospital (léase en tono de: ¡Me estoy muriendo!)
¿Quéeeeeeeé?, ok ahorita voy para allá.
**
 Pasaron como diez minutos que yo sentí como mil horas, ni las luces de la Rayas, ni el Botas (su chevy), nadie acudía a mi auxilio. De pronto suena mi nextel.
¿Sí?, respondí en tono moribundo, apenas y podía emitir sonido.
Yona no puedo ir por ti porque Arturo Rueda no me deja salir de la oficina, pero ya mandé a una ambulancia por ti y va Yoshi para tu casa.
Volvió a pasar no se cuánto tiempo. Yo estaba convaleciente y no había señal ni de Selene ni de Josué ni de la ambulancia, ya sólo veía la luz en el más allá.
 Madres ya veo la luz, me estoy muriendooooooooo, pero en realidad era la luz de la ambulancia, nunca me percaté de que ya estaba debajo de mi edificio de cinco pisos y para mi mala suerte, yo vivía en el último.
 **

Me asomé por la ventana, el paramédico estaba preguntando por un accidentado, por un herido, le comentó a la multitud de vecinos que ya estaban de chismosos que llevaba rato esperando al enfermo, al paciente, al moribundo, pero que ni sus luces.

—¿No se habrá equivocado de dirección joven?— le preguntó una vecina.
—No creo, me dieron esta dirección: Avenida Universidad Autónoma de Yucatán, número 1635.
–¡Ay joven, pero aquí que yo sepa no hay enfermos, ni heridos! ¿Quién le habrá llamado?
**

En ese instante comprendí que era yo a quien buscaba, pero me dio pena gritarle…
¡Qué pena con los más de 50 vecinos que ya estaban reunidos!
Pinches vecinos morbosos, chismosos, los detesto.
Entré en pánico, no sabía qué hacer, no quería que los vecinos se enteraran que era yo, entonces empecé a emitir sonidos leves y suaves, casi imperceptibles, no sé por qué pensé que de esa manera sólo me escucharían los paramédicos.
***

¡Hey! pts… pts… pts, aquí arriba, aquí arriba, acá estoy– susurraba una y otra vez, pero sin éxito, hasta que una vecina, de esas de oído agudo escuchó mi casi imperceptible sonido.
—¡Allá, allá arriba está el herido! ¡Es el joven, mírenlo ahí está! ¡El joven del departamento 10! Corran se ve que se está muriendo–, gritó la maldita señora enfundada en su delantal, alertó a todo el mundo y de pronto vi como la marabunta de gente corrió hacia mi departamento. Uno de los paramédicos entró, me tomó de los brazos, me sentó en una de las sillas y me empezó a revisar.
Y atrás de él, las más de 50 personas entraron a mi casa, inspeccionaron las recamaras, la cocina, el cuarto de lavado, el baño, la sala e interrumpían el interrogatorio de los paramédicos para preguntarme cómo me había accidentado y al mismo tiempo sacaban sus propias conclusiones, ¡Chismosos, morbosos, sin nada mejor que hacer!, invadían mi casa, mi privacidad, malditos intrusos.
Y mientras ellos seguían haciendo sus peritos y sacando sus teorías, yo veía al amor de mi vida frente a mí y me preguntaba qué pensaba.
—¿Se dará cuenta que me ama?, ¿El accidente servirá para descubrir al amor de mi vida?, tal vez piense “pobre pendejo, cómo se fue a descalabrar en su casa”.
Joven, joven, ¡Hey joven!, ¿A qué hospital lo llevamos?— me hizo reaccionar el paramédico.
En ese momento, espantó mis sueños de amor y me hizo regresar a mi dolorosa, apenada y humillante realidad. Total, bajé caminando los cinco pisos, me subí dignamente a la ambulancia, ya nada peor podía pasar y de pronto mi vecina.
¿Se pondrá bien el joven?, no se preocupe joven aquí le cuidamos su casa y le cerramos la puerta…
Y la ambulancia se desvaneció en el horizonte mientras veía que todos me decían adiós y elevaban una plegaria por mí.
Ocho puntadas y la comidilla de los vecinos por meses fue lo que me dejó la gracia de mi amigo Paco.

¡Claro, chinguen al guapo!