Monday, 01 de June de 2020

Chinguen al Guapo

Domingo, 02 Septiembre 2012 14:04

El precio de ser popular

Por :
  • Imprimir
  • Email

Columnas Anteriores

Cuando eres puberto buscas la fama, la fortuna, la manera de hacerte invencible y evitar a toda costa el bullying. Cuando vas a la secundaria rezas todos los días, le pides a todos los santos, te encomiendas a la virgencita de Guadalupe para que no cometas ningún error, ni un paso en falso que pueda significar la burla, el desprecio y la pena ajena por varios meses o peor aún el resto de tu vida y evades cualquier tipo de oso que pueda marcar tu paso por las instituciones de educación básica.
Ya para el tercer año me había salvado de los golpes, las burlas, el bullying extreme, los pisotones, las mentadas de madre... Hasta ese entonces sólo mi maldito apodo, mi pinche y estúpido apodo había marcado mi paso por la secundaria y es que uno de mis amigos pensó que Yona rimaba con Chona y desde entonces me empezaron a llamar así, ¡Grrrrrrrr! A la fecha odio ese infeliz apoooooooodo.
Mi grave error fue haber pensado que nada peor me podía pasar. Y es que luego de haber asimilado mi sobrenombre, me tuve que poner las pilas y ganar popularidad para que nadie nunca se burlara de mí; estuve en la selección de Basquetbol, jugaba futbol, era campeón de declamación y oratoria, por poco era el abanderado, me tuve que conformar con dar las órdenes en la escolta y me convertí en todo un pop star para nunca más ser vulnerable al bullying.
Un día a mis profesores se les ocurrió hacer un ensayo por la tarde para el desfile del 20 de noviembre, mi secundaria estaba a 4 cuadras de mi casa. Aún no entiendo por qué coño le hice la parada a una chombi en lugar de irme caminando, vaya manera de verme fresa, era preferible llegar en carro a llegar en el transporte público.
Me puse mis mejores jeans, me amarré mi sudadera favorita a la cintura tal y como lo hacía Fey, me puse mis sunglasses, mi peinadito de pelos parados, bien perfumado, ¡Ah! y una pulsera para complementar el atuendo.
Toda la escuela me esperaba, ya sólo faltaba el puberto prodigio, el niño estrella para arrancar el ensayo. Los maestros preguntaban una y otra vez por mí, ya no sabían qué hacer para aplacar a 120 bestias, perdón alumnos que estaban desesperados por irse a vagar.
-¿Yonadab? ¿Dónde está Yonadab?, no podemos empezar el ensayo sin él. Preguntaba con sus gritos de costumbre la maestra Carmen, tan tierna  e histérica, me caía re bien por escandalosa.
Y ya cuando todos estaban reunidos en la explanda de la secundaria, cuando impacientemente me esperaban, de pronto escucharon el sonido de la puerta de la combi, crush (leáse en tono de puerta de combi cerrándose).
Era yo, dándome mi paquete, admirando el momento en que todos se rendirían a mis pies, el estudiante más importante. Claro algunos me miraron con odio, otros con amor, unos más con desesperación por mi impuntualidad.
De mi lado sólo observaba la grandeza, mi soberbia, no podían empezar el ensayo sin mí, todos me esperaban. De pronto hubo un silencio incómodo, sonreí altaneramente, hice chiquitos mis ojos, sabía que era mi momento. Y justo cuando me disponía a caminar por el sendero del triunfo, una fuerza extraña me jaló y alejó de la secundaria...a la vista de todos
Al cerrar la puerta mi sudadera se quedó atorada y cuando la chombi arrancó me arrastró con ella, por varios minutos corrí pegado a la unidad 11 del transporte público, algunos compañeros me gritaban que me quitara la sudadera de la cintura, pero preferí seguir corriendo porque era mi sudadera favorita y no la quería pder... incluso, a costa de mi popularidad.
-¡Auxilio!, ¡Auxilio!, ¡Auxilio!, deténgase, señor, deténgase, ¡Alguien ayúdeme!- gritaba con desesperación al mismo tiempo en que corría a lado de la combi. Estaba aterrado, en cualquier momento me caería y el pinche chofer no paraba, por más que le decían que me iba arrastrando, él no comprendía de qué hablaban los pasajeros.
Y mientras tanto, todos en la escuela se reían de mí, se burlaban, me señalaban, no paraban de reír, hasta las maestras que me consentían. Por fin una señora le dijo al pendejo chofer que me iba arrastrando, detuvo el coche, abrí la puerta, jalé mi sudadera y empecé a caminar con toda la dignidad posible que se tenga en ese momento.
Al entrar a la secundaria Técnica 55 de Ciudad Sahagún Hidalgo, sólo veía risas, dedos índice apuntándome, escuchaba burlas, por lo que bajé la cabeza y seguí caminando, tuve que soportar el bullying por meses.
¡Claro, chinguen al guapo!