Fernando Rosales Solís abandonó ayer la Secretaría de Seguridad Ciudadana para irse a la Federación a una subsecretaría que todavía ni se crea.
Fue una salida bastante digna para lo estrepitoso que resultó su caída tras una crisis que bien se pudo ahorrar si hubiera escuchado al presidente municipal Pepe Chedraui Budib.
Así que, ahora que Rosales dejó el barco y seguramente tendremos a la brevedad posible un perfil proveniente quizá de las filas de la Marina, dejo diez puntos que aprendimos tras la corta era de este funcionario en la SSC de Puebla:
Uno. Un perfil altamente especializado no quiere decir que esté altamente capacitado para un puesto en tierra y operativo como el de la Secretaría de Seguridad Ciudadana en Puebla. El currículum y conocimiento de Rosales hacía pensar que era el hombre perfecto para la chamba. ¿Qué pasó en el camino? Le faltó ensuciarse sus zapatitos bien boleados y arremangarse la camisa planchada en tintorería. Su trabajo al ser demasiado técnico, administrativo y científico requería constante diagnóstico y tiempo para implementar sus estrategias. Tiempo que no se tenía. Por lo tanto, no generó movimientos ágiles ni de respuestas contundentes para la seguridad de los poblanos en corto plazo. Algo que urge en estos tiempos.
Dos. La selección de su equipo de trabajo estuvo soportada únicamente por su hombre fuerte, Gustavo Alonso González Zapata, alias “Sauce”. Aquellos que querían ser tomados en cuenta con “Sauce” primero debían arrastrarse ante él. Rescataron algunos mandos de Fiscalía de Puebla que simplemente no compaginaban con la Policía Municipal. Estos mandos llegaron con un aire de superioridad entre el grupo compacto de Rosales y el resto de la tropa.
Tres. Dio prioridad a los cambios administrativos y de imagen antes las modificaciones en estructura. Fondo es forma y forma es fondo. Fue más cacareada la nueva imagen de patrullas que, por ejemplo, su propuesta de una nueva conformación en regiones y sectores. O la idea de multiplicar el número de cámaras monitoreadas a través de las redes de videovigilancia de algunas cadenas comerciales. Se preocupó más por reordenar a los uniformados y sacarlos de áreas administrativas para enviarlos a patrullar con tal de tener mayor estado de fuerza en las calles.
Cuatro. Cuando generó el cambio de mando –muy tarde, por cierto– admitió entre los liderazgos de los sectores a funcionarios con acusaciones graves de corrupción. Ejemplo claro fue el caso de la funcionaria Alma Estefany Cruz Aguilar quien tuvo señalamientos públicos por estar amañada con el crimen organizado en administraciones pasadas y después fue colocada por Rosales como jefa del Sector 1. Horas después de ser nombrada la delincuencia organizada la atacó e hirió y asesinaron a su esposo.
Cinco. El mayor error fue mantener a un hombre como “Sauce” en la línea del mando operativo. Su poca empatía, desconocimiento de la vida del policía municipal, la falta de sensibilidad, la violencia con la que trató a la tropa y su despotismo generó que los agentes se la cobraran con la manifestación del 1 de marzo y después provocaron su salida con el amago del paro laboral.
Seis. Le faltó “hambre de resultados”, en algún momento el propio Rosales se nos perdió y dejó el barco a la deriva. Su origen acomodado, su contexto como notario y abogado y con un prestigio ya ganado pareciera que le generó exceso de seguridad y pocas ganas de mostrar que estaba dando resultados.
Siete. El manejo de la información en la corta era Rosales frente a la SSC fue fatal debido a su formación como ministerio público de la Fiscalía de Puebla. No es lo mismo informar tras una investigación de días, semanas o meses sobre los avances y resoluciones a entregar información de respuesta inmediata para generar una percepción positiva de trabajo constante. Esto se nota que jamás lo entendió y se va sin entenderlo. A la prensa la consideraba enemiga y temían por constantes filtraciones hasta de su área de Comunicación Social. Jamás permitieron dar conocer información relevante de manera prioritaria para los poblanos y que se supiera que la Secretearía de Seguridad Ciudadana estaba trabajando.
Ocho. Geopolítica y estratégicamente hablando no demostró conocer el papel y el peso de la capital. Jamás convocó, siendo Puebla el corazón de la zona metropolitana, a un acuerdo de colaboración con los 17 municipios aledaños para generar mejor trabajo coordinado y de forma conjunta. No tuvo liderazgo entre los secretarios municipales de la región ni le importó convocar a acuerdos o trabajos con sus pares. Puebla capital no solo es estratégicamente importante por contar con las sedes de los tres Poderes si no que cuenta con la mayor población de todo el estado y por tanto un mayor número de probables crisis en potencia.
Nueve. Esta sensación de apartarse de lo operativo y ordenarlo todo a través de “Sauce” generó un vacío en la cadena de mando. Sus elementos jamás lo respetaron pues solo lo veían en los eventos públicos. Y así parecía, frío, distante e inalcanzable, poco accesible a escuchar sus necesidades. Algo que también le cobraron el paro laboral donde los uniformados gritaron: “¡Fuera Rosales!”. Algo que no ocurría desde tiempos de Mario Ayón en la Secretaría de Seguridad Pública Estatal con Mario Marín Torres en el gobierno del estado de Puebla.
Diez. Tuvo como mayor crítico al gobernador Alejandro Armenta Mier y jamás hizo lo suficiente como para hacer notar que su trabajo daba resultados o que hacía lo posible para mejorar la percepción de una Puebla segura en esta nueva etapa en donde eso es algo elemental para los gobiernos provienen de la 4T y que están urgidos por mostrar un cambio y efectividad contra la delincuencia. La capital de Puebla genera el 60% de la incidencia delictiva del estado y si no se controla capital jamás se contralará la percepción de que Puebla, el estado, mejora en números de seguridad. Era elemental que Rosales buscara dar resultados en poco tiempo por el bien del proyecto de Pepe Chedraui y aún más, porque el gobierno de Morena tanto en el estado como en la capital requieren exhibir coordinación.
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