20 de Septiembre del 2019

Tider: Sexo por catálogo

Por Betzabé Vancini / /
Tider: Sexo por catálogo
Foto: Central

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Bienvenidos al mundo digital, este que nos permite hacer prácticamente todo desde nuestro teléfono. Bueno, pues había estado cocinando esta columna por semanas y finalmente decidí que se asomara a la luz.

Hace algunos años, un querido amigo mío escribió sobre Tinder y las redes de ligue similares a esta plataforma. Recuerdo muy bien que ponía en evidencia que ahora la búsqueda de pareja se hace a través de un catálogo digital de imágenes en las que, de manera muy escueta, decides si la persona te gusta o no.

 Tinder y sus similares son tema recurrente en la terapia, y lo son también en mis círculos sociales. Parece que la tecnología nos ha impedido salir a conocer personas físicamente y tenemos que hacerlo, primero, de manera digital. Es algo similar a lo que ocurre con las aplicaciones para pedir comida: buscas, agregas al carrito y lo ordenas sin tener que salir de casa a hacer el esfuerzo de cazar al mamut. Ok, exageré, sin tener que ir al supermercado o al restaurante a escoger tu platillo. ¿Habías pensado que es lo mismo? Bueno, pues así es. Permíteme amplío esta información.

No sé si recuerdes, pero antes la gente se conocía en persona y de manera más o menos casual: en el antro, en bares, en la escuela o universidad, practicando algún deporte o ya de plano, alguien te presentaba con quien creía que podías hacer “match”. Bueno, las cosas ya no son así, y es que ahora hacemos match solitos a través de aplicaciones que, con la máscara de la búsqueda del amor, se convierten en catálogos para tener encuentros sexuales fortuitos, conseguir seguidores en Instagram o incluso vender servicios de prostitución. Ojo, no estoy diciendo que el sexo casual esté mal ni me estoy escandalizando porque ahora la gente sólo se vea para tener encuentros sexuales sin compromiso. Ya saben que soy defensora de que la gente pueda hacer con su cuerpo lo que quiera siempre y cuando no afecte a otros, y es que aquí, precisamente, está el dilema de Tinder y sus primas hermanas. En primer lugar, porque desde el inicio se objetiviza a los usuarios: se les piden fotografías, una descripción corta y su preferencia sexual. Esto hace que los usuarios no sean percibidos como personas sino como productos de consumo a los que, en un segundo momento, se les va a calificar como atractivos o no atractivos según el criterio de quien selecciona. Tal cual como si se tratara de productos que compras en línea, como si nuestra insana autoestima necesitara más formas de sabotearse.

He entrevistado a muchas personas sobre su experiencia en Tinder y no dejan de asombrarme sus respuestas. Algunos de los entrevistados me cuentan que han tenido incontables -sí, incontables- encuentros sexuales con otras usuarias o usuarios de las aplicaciones; algunos pocos me cuentan que han conocido a alguien con quien salir y que los “dates” -citas, pues- han durado algunas semanas o incluso un par de meses. Sin embargo, quienes no dejan de asombrarme son las personas que, pese a que han tenido decepciones al momento de conocer a la persona con la que hicieron “match”, siguen en la aplicación esperando encontrar a su verdadero amor. Y es que, entiendo el ideal romántico en el que pueden vivir, sin embargo, me resulta increíble pensar en que pueda alguien esperar encontrar el amor de su vida en una serie de imágenes en un catálogo de “opciones” de pareja, al que se les trata como objetos: se les selecciona o se les descarta sin miramientos. “Tú sí, tú no” de inicio, y posteriormente una charla superficial que únicamente llevará a un segundo criterio de selección: si la persona está dispuesta a tener un encuentro sexual o no. De no ser así, se le descartará nuevamente o pasará a un tercer criterio: si es alguien con quien podrías salir y por lo menos conversar. Esta última situación también puede derivar en un encuentro decepcionante en el que pueden ocurrir varias cosas: 1. Que la persona no se vea como en sus fotos y te decepciones -que es propiamente publicidad engañosa-; 2. Que sí se vea como en sus fotos pero que la cita sea desagradable, y 3. Que te guste, que sea agradable y que ahora ya no sepas qué hacer con eso. ¿Por qué? Porque vamos a volver al segundo criterio de selección y tendrás que replantearte la pregunta “¿Para qué bajaste Tinder?” ¿Querías encuentros casuales o buscabas una relación?

Otra de las experiencias frecuentes que escucho en mis pacientes -o amigos/as- es que encontraron en estas aplicaciones a alguien que realmente les gustó, se vieron, hubo química, pero un día simplemente se dejaron de escribir o la otra persona desapareció. Este fenómeno obedece a que muchas personas descargan este tipo de aplicaciones cuando recién acaban de terminar una relación y buscan algo en qué entretenerse o con quién entretenerse. Sin embargo, la curiosidad no es sostenible a mediano plazo y pierden el interés, les gana el duelo de las relaciones pasadas o vuelven con sus parejas, así que se desaparecen. Esto, por supuesto, rompe las expectativas del otro/a quien sí estaba interesado en que la “relación” -llamémosle así- avanzara, o quien ya había dado por hecho que podía darse algo más que un encuentro casual. Y es que, en México no estamos preparados todavía para lo que supone tener encuentros sexuales sin vínculo afectivo, aunque digamos que sí. Seguimos siendo esclavos/as de este ideal romántico de que encontraremos a alguien y entonces todo tendrá sentido. Y de nuevo me gustaría preguntarte: ¿Cómo vas a encontrar a ese alguien en un catálogo en el que tanto tú como los otros son objetos desechables?

Insisto, no es que el uso de estas aplicaciones esté mal, sino que parece ser incongruente con nuestras propias concepciones del amor y de la construcción de una pareja estable, mucho más aún si las usas mientras estás en una relación con alguien; pero de esos casos hablaremos en alguna otra columna más adelante.

Como siempre, estaré atenta a tus comentarios y preguntas vía Twitter. Me encuentras como @betzalcoatl

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