A finales del 63, la República Romana comenzaba a recuperar el aliento; acaso, lo peor ya hubiera pasado. Alegando que el consulado le había sido negado fraudulentamente, Catilina había intentado hacerse del poder dando un golpe de Estado; su conjura, sin embargo, había sido abortada y había tenido que huir de Roma en compañía de una ralea de criminales, libertinos y antiguos partidarios de Sila que, a decir de Salustio, gustaban de beber sangre de niño.
Aquellos días, Cicerón se dirigió al Senado para advertir que, a pesar de que Catilina había sido desterrado, su amenaza no se había extinguido, pues se hallaba atrincherado en Etruria, donde había reunido un ejército con el cual, supuestamente, intentaría marchar sobre la capital. Puesto que Fernández de Córdoba aún no había nacido para conquistar Ceriñola, los antiguos romanos no estaban muy familiarizados con aquello de que “al enemigo, puente de plata”, así que el recientemente nombrado pater patrie declaró la guerra al fugado, quien era, en sus palabras, “un canalla”, “un monstruo”, “un prodigio de perversidad”, y se lanzó a por él so pretexto de que no rematarle conllevaría la ruina de la República…
No hay que ser muy quisquillosos para hallar similitudes entre aquel discurso incendiario de Cicerón, ante el Senado, y el que Joe Biden pronunció en septiembre de 2022, en el pórtico de un Independence Hall iluminado de rojo infierno. En aquella ocasión, ante unos pocos centenares de sus seguidores, el titubeante presidente estadounidense declaró la guerra al defenestrado Donald Trump, calificándole como “la principal amenaza a la República” e insinuando que el susodicho buscaba arrastrar al país a una nueva guerra civil y que los esfuerzos gubernamentales para controlar las armas de fuego no tendrían como finalidad evitar las cada vez más frecuentes balaceras escolares sino impedir que éstas abarroten los arsenales de los MAGA (Remarsks by President Biden on the Continued Battle for the Soul of the Nation).
A partir de ese momento se intensificó la persecución política, judicial y, sobre todo, mediática contra Trump a fin de descarrilarlo de la contienda electoral de este año. Colocado el expresidente en la picota de la opinión pública, se construyó una narrativa según la cual cualquier medida que se tomara para detenerle, por extrema que fuera, sería válida si de ella dependiera la salvación de la República; no fue casualidad, por lo tanto, la viralización de imágenes de monigotes del anaranjado siendo decapitados o acuchillados, ni las comparaciones con Hitler que cada noche hacían los más sesudos analistas de la CNN. Era cuestión de tiempo, me parece, para que alguno quisiera emular al coronel Stauffenberg:
A reserva de analizar detenidamente la relación entre Matthew Crooks y Blackrock o las similitudes entre las inversiones de la mayor empresa de gestión de activos del mundo en Ucrania y las de la mafia cubano-americana en Cuba, en los 60, o la teoría conspirativa que ustedes quieran, creo que aquellos que promovieron la violencia contra Trump, con la sutileza del estruendo de un AR-15—¡Pum, pum, pum…—son los verdaderos culpables del atentado que sufrió éste fin de semana—…bang, bang, bang, bang, bang!—.
La oficialización del discurso de odio no sólo legitima la violencia sino propicia un clima social en el que dicha violencia se considera necesaria y moralmente justificada, se sabe”.
(Foucault).
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