Hay políticos que logran hacerse notar por sus resultados y hay otros que convierten el tropiezo en una rutina.
Olga Romero pertenece, una vez más, al segundo grupo.
La dirigente estatal de Morena Puebla vuelve a ocupar la conversación pública, pero no por fortalecer al partido, mejorar su operación política o consolidar liderazgos.
Mucho menos por conducir con imparcialidad a Morena rumbo a los procesos que vienen.
Su nombre aparece de nuevo por decisiones que alimentan la polémica y exhiben una preocupante falta de prudencia.
Ya resulta repetitivo hablar de una dirigencia cuestionada o de un conflicto hereditario que continúa marcando su imagen pública. Sin embargo, ahora decidió abrir un nuevo frente.
Como presidenta estatal del partido en el poder, su obligación debería ser actuar con neutralidad, garantizar condiciones de equidad interna y respetar escrupulosamente las reglas electorales.
En lugar de ello, desde hace meses mantiene una intensa actividad pública en Tehuacán que, para muchos, tiene el claro propósito de posicionarla como aspirante a la presidencia municipal.
Basta revisar sus propias publicaciones en redes sociales para encontrar recorridos, reuniones, promoción personal y una presencia constante que difícilmente corresponde al papel institucional que ocupa.
El episodio más reciente raya en lo absurdo.
Aprovechando el ambiente futbolero, Olga decidió repartir playeras alusivas a la Selección Mexicana.


A simple vista podría parecer un gesto inofensivo, pero deja de serlo cuando quien lo realiza es la presidenta estatal del partido gobernante y una figura señalada de buscar una candidatura.
La entrega de ese tipo de artículos, en ese contexto político y territorial, inevitablemente despierta cuestionamientos sobre una posible promoción personalizada fuera de los tiempos electorales.
A ello se suma otro elemento que no es menor: las playeras aparentemente reproducen signos, diseños o referencias asociados a una marca comercial sin que exista claridad sobre la autorización para utilizarlos.


Si ello fuera así, el asunto dejaría de ser únicamente político para abrir un posible debate en materia de propiedad industrial y derechos marcarios.
En otras palabras, una decisión que pudo evitarse terminó colocando a la dirigente en dos frentes distintos de cuestionamiento.
El problema de fondo no son únicamente las playeras.
El problema es el mensaje que envía quien debería ser la primera en respetar las reglas.


Si la presidenta estatal de Morena actúa como aspirante permanente, ¿con qué autoridad podrá exigir disciplina al resto de los militantes?
Si quien encabeza el partido confunde su función institucional con una estrategia personal de posicionamiento, la línea entre dirigencia y precampaña comienza a desdibujarse.
Por ello, corresponde a las autoridades electorales, dentro del ámbito de sus atribuciones y conforme a las denuncias que eventualmente se presenten, valorar si estas conductas son compatibles con el marco jurídico vigente.
La legalidad no puede depender del cargo que ocupe quien realiza los actos, sino de la naturaleza de los propios hechos
Olga Romero parece empeñada en convertir cada oportunidad política en un nuevo motivo de desgaste.

Cuando no enfrenta cuestionamientos derivados del conflicto por la herencia, los enfrenta por su desempeño partidista; cuando no genera polémica por la conducción de Morena, la genera por decisiones que ella misma pudo evitar.
Su gestión acumula más explicaciones que resultados y más controversias que acuerdos.
La presidencia estatal de un partido exige prudencia, institucionalidad y capacidad para construir.

La política no premia a quien más aparece en las fotografías, sino a quien entiende el peso del cargo que representa.
Y, hasta ahora, Olga parece seguir confundiendo una dirigencia con una campaña permanente.
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