Cuando la Fiscalía General del Estado y la Secretaría de Seguridad Pública de Puebla tocaron a la puerta del Residencial Santa Fe la madrugada del 14 de julio, no encontró a un empresario acorralado por un malentendido.
Encontró a un hombre de 67 años que respondió con más de veinte disparos a marinos y policías, como si supiera desde hace tiempo que ese día iba a llegar.
Rafael Zabalza, el ahora célebre “francotirador de la Atlixcáyotl”, terminó vinculado a proceso por homicidio calificado en grado de tentativa. Entre otros delitos.
Pero el más grave fue que directamente disparó al pecho a uno de los agentes de Seguridad Pública y uno de los proyectiles quedó en el chaleco antibalas.
Recientemente, su defensa buscó un arreglo con una de las diez víctimas que lo señalan por haber disparado en su contra.
Antes de eso era, según su currículum, parecía impecable: consejero de Coparmex y presidente de la Cámara Española de Comercio en Puebla. Además, lo ubicaban como “empresario farmacéutico”.
Pero al parecer la etiqueta fue generosa.
Ya que como tal no es dueño de laboratorios ni de talleres de material quirúrgico.
Es un hombre que fue proveedor de medicamentos y equipo médico durante las administraciones de Melquiades Morales y Mario Marín, “El góber precioso”. Pero todo indica que en ese entonces los mandatarios del PRI ya le tenían el negocio armado y sólo necesitaba una firma disponible.
Y después de ser “prestanombres” se le conoció como “El Ingeniero”.
Es más, la Fiscalía de Puebla haría bien en revisar qué bodegas conserva todavía Rafael Zabalza y el equipo médico que sigue empolvándose, en lugar de estar donde debería.
De ese mismo capital nació su imagen como próspero empresario. Así como con el Grupo Falcón, conglomerado que resuelve permisos de gasolineras ante la autoridad energética federal.
Con Grupo Falcón consiguió un negocio redondo porque la misma firma hace los dictámenes que la autoridad necesita para mantener el permiso de las gasolineras.
Cabría preguntar a la Secretaría de Energía si tiene algo de información al respecto. O al SAT sobre sus razones sociales. Porque, aunque se ha publicado un listado de al menos seis en las que participaba, su nombre dio para más.
Todo esto pasó también por la notaría de Valentín Meneses, su socio y amigo más cercano, el mismo que estuvo en prisión por corrupción durante el sexenio marinista y a quien Rafael Zabalza sostuvo cuando nadie más lo hacía.
Así de cercanos son.
Hasta antes de ser detenido, el hombre de origen vasco se pronunciaba en privado como un odiador más de Morena. Quienes lo conocen saben cuán despectivamente hablaba del actual régimen.
Quienes trabajaron para él lo describen un patrón de maltrato constante. Alrededor de él había gritos, humillación pública y un desfile de renuncias.
Las cámaras de seguridad en todas sus propiedades hablan de alguien que vivía con más miedo del que provocaba.
El gusto por las armas, el arma bajo el asiento del auto y los disparos previos contra un Telcel en Vía San Ángel, de los que también se le señala, delinean más ese carácter explosivo.
Ahora la pregunta no es si Rafael Zabalza es culpable de disparar contra automovilistas, pues un juez del Poder Judicial ya lo vinculó a proceso.
La pregunta es porqué Puebla fábrica a estos personajes. Quién los promueve y tolera.
Si algún día se juntaran todos los meseros, choferes, cajeros y empleados que pasaron por sus empresas para levantar una demanda colectiva por daño moral, no alcanzarían los años de cárcel para pagarla.
Por ahora, Rafael Zabaklza enfrenta al endeble sistema judicial mexicano y su defensa parece más preocupada por “limpiar su nombre” en lo público que por defenderlo en las audiencias.
A tal grado que incluso negaron en una carta aclaratoria el ofrecimiento de un millón de pesos hecho llegar a una víctima con tal de llegar a un arreglo.
Hecho, que, por cierto, fue exhibido por el secretario de Seguridad Pública, Francisco Sánchez.
Habrá que ver si la Fiscalía sostiene la investigación con una carpeta a la altura, o si el empresario español se sale con la suya y regresa a vivir en la Puebla que le dio bonanza como prestanombres de los marinistas.
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