Ana Lilia Tepole: Quiúbole con Darwin

Alto a la extorsión

Si por algo esta columna se llama “Cuenta hasta diez” es por hacer un llamado a la paciencia.

Y miren que ahora sí conté hasta diez, pero para no soltar la carcajada.

La diputada Ana Lilia Tepole, presidenta de la Comisión de Juventud y Deporte del Congreso de Puebla, no contó —ni hasta uno— antes de soltar la pregunta que ayer convirtió la inauguración de una cátedra científica en un ejercicio involuntario de pedagogía remedial.

La escena ocurrió en Salón Barroco del edificio Carolino, miércoles por la mañana.

El evento: la Inauguración de la Cátedra Magistral Doctora Matilde Montoya, iniciativa del Congreso del Estado para fomentar vocaciones científicas en niñas y mujeres, en homenaje a la primera médica mexicana.

Frente al gobernador Alejandro Armenta, la rectora Lilia Cedillo Ramírez, el presidente del Congreso Pavel Gaspar y trescientas estudiantes provenientes de toda la entidad, dos científicas mayúsculas dieron cátedra: Annie Pardo Cemo, bioquímica especializada en fibrosis pulmonar, y Rosaura Ruiz Gutiérrez, secretaria federal de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación.

Aquí conviene detenerse.

Rosaura Ruiz no es cualquier funcionaria.

Es la bióloga mexicana que escribió su tesis doctoral sobre la introducción del darwinismo en México, coautora con Francisco Ayala del libro “El método en las ciencias: epistemología y darwinismo”, exdirectora de la Facultad de Ciencias de la UNAM, primera mujer en presidir la Academia Mexicana de Ciencias y directora de la colección Biblioteca Darwiniana.

O sea, si en este país hay alguien que sepa de Darwin, es ella.

Frente a esa biografía, la diputada Ana Lilia Tepole tomó el micrófono y preguntó qué pasaba con la llamada “generación de cristal” y la evolución según los términos de Darwin. 

Casi, casi, la diputada soltó un: “¿Quiúbole con Darwin, secretaria?”.

Para los lectores que crecieron con la serie de Jordi Rosado —los manuales “Quiúbole con” que, en los años 2000, explicaron a media generación mexicana por qué cambia el cuerpo, qué es una hormona o cómo funciona el primer beso—, vale la pena armar un “Quiúbole con la evolución”, edición legislativa.

La pregunta, obviamente, tomó por asalto a Rosaura Ruiz. Quien fue muy educada.

Bien pudo explicarle a Ana Lilia Tepole que Darwin nunca dijo “sobrevive el más fuerte”. 

Esa frase es de Herbert Spencer, sociólogo inglés, y se incorporó al origen de las especies hasta la quinta edición —del año 1869— a regañadientes.

Lo que Darwin describió fue selección natural: los individuos cuyos rasgos heredables les dan, en un ambiente concreto, mayor éxito reproductivo, dejan más descendencia.

No habla de fuerza, ni de carácter, ni de templanza emocional.

O sea, un colibrí es más apto que un águila, pero depende del nicho.

La doctora Rosaura Ruiz bien pudo decirle que la generación cultural no es una población biológica.

Para que algo evolucione en sentido darwiniano hacen falta cuatro condiciones acumulativas en lo biológico: variación heredable entre individuos, transmisión genética de esa variación, diferencias en éxito reproductivo asociadas a ella y tiempo evolutivo: decenas o cientos de generaciones.

Así que la “generación de cristal” es una etiqueta mediática para describir percepciones culturales sobre quienes nacieron alrededor del año 2000 y que actualmente ya tienen sus primeros empleos.

Por lo tanto, no es una población biológica.

No existe un alelo o gen variante de la fragilidad.

Y, finalmente, Rosaura Ruiz le pudo decir a la diputada Tepole: cuando la política invoca a Darwin para hablar de jóvenes “débiles”, no está haciendo biología. Está haciendo darwinismo social.  

Y el darwinismo social durante el porfiriato sirvió para justificar la desigualdad como “ley natural”, y que en otros países sustentó leyes de esterilización forzada y, en su versión más oscura, el exterminio nazi.  

La propia Rosaura Ruiz lleva tres décadas explicando, en aulas y libros, a Darwin. 

Pero la respuesta de la secretaria, hay que decirlo, fue impecable y didáctica.  

Los científicos serios saben que la pedagogía es paciencia.  

Lo que explicó, una vez que entendió la mal formulada pregunta, fue una respuesta técnica que cierra el debate: la evolución biológica no tiene propósito ni implica progreso, no premia ni castiga generaciones, responde a procesos contingentes en escalas de tiempo que ninguna cohorte humana de veinticinco años podría ilustrar.  

Punto. 

Y aquí está el verdadero problema que rebasa a Ana Lilia Tepole. Lo cortito de mira.  

El Congreso de Puebla acaba de presumir un nuevo Consejo Consultivo Académico y el “sustento técnico y científico” que aporta a la labor legislativa.  

Pero un Congreso que se vincula con la academia es uno donde los legisladores, antes de tomar el micrófono frente a una eminencia, se asoman al menos a la contraportada del libro que está sobre la mesa.  

La diferencia entre traer científicas para que expliquen y aprovecharlas para preguntar lo que se contesta en tres minutos con el buscador de Google y hasta con ChatGPT, es la diferencia entre un foro y una foto. 

Las trescientas jóvenes que llenaban el Salón Barroco esa mañana —futuras biólogas, médicas, ingenieras, físicas— merecen legisladoras que lleguen leídas a la cita.  

Los jóvenes, en general, “de cristal” o no, merecen que quienes hablan de ellos en tribuna no los reduzcan a una caricatura evolutiva que ni siquiera entendieron bien. 

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