Mario Riestra, ¿ya se arriestró a Alejandro Armenta?

Hay un tipo de oposición que no incomoda al poder: lo acompaña y se arrastra hacia él. Más bien, se “arriestra”. Y en Puebla lleva nombre y apellido.

“Arriestrar” fue un verbo que acuñó la periodista Selene Ríos, fundadora de CENTRAL, para expresar el momento en que Mario Riestra Piña lamía las botas del entonces gobernador, Rafael Moreno Valle Rosas.

Y recién, una anécdota que salió de la boca del actual gobernador Alejandro Armenta Mier nos hizo revivir ese verbo.

Este lunes 27 de abril, el dirigente estatal del Partido Acción Nacional (PAN), Mario Riestra Piña, declinó formalmente competir por la alcaldía de Puebla en 2027.

Dijo que abrirá el camino a una mujer y que, ahora, lo suyo es conducir el proceso interno del partido. Bien por la paridad. Mal —muy mal— por lo que sigue dejando de hacer en el frente que sí le toca: ser oposición.

Porque, si uno revisa con calma el último año de la dirigencia panista poblana, se topa con un patrón difícil de ignorar: cero crítica frontal al gobierno de Alejandro Armenta Mier.

Cero cuestionamiento al Cablebús, ese proyecto cuya factibilidad técnica, financiera y social ha sido puesta bajo la lupa por especialistas, vecinos del trazo y hasta académicos del transporte. Cero pronunciamiento sobre el Paseo de Campeones, esa obra que terminó convertida en símbolo de cómo se decide a puerta cerrada en Casa Aguayo.

Cero observaciones a las políticas públicas estatales que han generado reservas en distintos sectores, desde la Ley Ciberasedio hasta ciertos nombramientos

Lo que sí hay, y abundante, son los reflectores apuntando hacia un solo costado: el alcalde de Puebla, Pepe Chedraui. A ese sí, Mario Riestra le dedica críticas. Y, además, voltea a municipios, no necesariamente alineados al armentismo, a donde también se pone a patear loncheras de los alcaldes que ni lo topan.

¿Por qué un dirigente opositor mantiene un silencio devoto frente al inquilino de Casa Aguayo?

¿Por qué no habló de una reunión que ocurrió desde hace veinte días? Y esta exhibida por el propio gobernador Alejandro Armenta.

Mario Riestra, ¿ya se arriestró a Alejandro Armenta?.

La respuesta políticamente más sencilla es también la más incómoda para Acción Nacional: porque el blanco ya no es el adversario que conviene combatir, sino el que conviene quemar.

Chedraui es la pieza que hay que desgastar mientras se cuida desde el otro lado del tablero al Rey del Ajedrez.

El antecedente más reciente no es menor. Cuando se aprobó la Ley Ciberasedio —reforma cuestionada por colectivos, por la prensa y matizada por la propia presidenta Claudia Sheinbaum—, Riestra se sumó para “socializarla” en foros, mientras los diputados locales del PAN, encabezados por su propia hermana Susana Riestra, exigían acudir a la Suprema Corte.

La fractura quedó documentada en una carta que panistas dirigieron al líder nacional, Jorge Romero, pidiéndole que ordenara a Riestra fijar postura de rechazo. Esa fotografía vale más que mil discursos: la dirigencia jalando hacia un lado y la militancia hacia el otro. 

Y aquí es donde la pregunta deja de ser anécdota y se vuelve estructural: ¿Mario Riestra ya le entregó el PAN poblano a Alejandro Armenta?

¿O, peor aún, lo entregó la dirigencia nacional a cambio de algo que todavía no se hace público?

En X, el exdiputado y consejero estatal, Francisco Mota, alineado al ala de Eduardo Rivera, exigió que Mario Riestra explicara a fondo la reunión que por veinte días se mantuvo en silencio.

En un ejercicio rápido de prospectiva hay tres lecturas posibles, y ninguna le conviene a Acción Nacional.

La razón pragmática  

Riestra opera bajo el cálculo de no chocar con el gobernador para no pagar costos políticos —ni judiciales, ni mediáticos, ni familiares, por aquello de los cargos por los que pasaron sus familiares— en un partido golpeado tras la derrota de 2024. El problema es que ese pragmatismo se llama, en política, complacencia. Y la complacencia, en oposición, se llama irrelevancia.

La transaccional 

Existe un acuerdo —dicho o tácito— entre la dirigencia panista y el armentismo para preservar espacios, candidaturas, posiciones legislativas o, simplemente, para no abrir frentes incómodos. Es la lectura que circula con más fuerza entre los propios panistas y la que motivó la revuelta interna que documentaron Marcos Castro y otros operadores cercanos a Eduardo Rivera.

La estructural 

El PAN ya no tiene capacidad —ni cuadros, ni convicción, ni narrativa— para ejercer una oposición real frente a Morena en Puebla. Y entonces se conforma con disputar lo que sí puede disputar: la alcaldía capitalina, terreno donde sus enemigos no son los morenistas del estado, sino los morenistas del municipio.

En cualquiera de los tres escenarios, el resultado es el mismo: Puebla se quedó sin contrapeso opositor en el ámbito estatal.

Y la democracia, cuando se queda sin contrapeso, no se rompe de un día para otro.  

Se erosiona en silencio, mientras nos venden la ilusión de que sí hay quien vigila.

Que Riestra deje de competir por la alcaldía está bien. Es más, es ideal.

Que el PAN abra paso a una mujer, mejor.

Lo que no está nada bien es que la dirigencia estatal del segundo partido más votado en el estado se haya convertido, de facto, en una agencia de relaciones públicas del gobierno armentista.

Si Acción Nacional aspira a algo más que las migajas que ya viene cobrando, va a tener que reaprender el oficio incómodo de la oposición. Ese que implica decirle no al gobernador cuando hay que decirle no.

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