Hay una escena que explica mejor que cualquier análisis lo que ocurre hoy en Morena Puebla: una dirigente sobre la lona y alguien, desde la esquina, que ya empezó a contar.
Uno. Olga Lucía Romero Garci-Crespo sigue siendo, en el papel, presidenta del Comité Ejecutivo Estatal de Morena en Puebla. Llegó en 2022 de la mano del entonces gobernador Miguel Barbosa, fue ratificada en 2024 para conducir al partido hasta 2027 y todavía convoca, firma y posa para la foto. Pero una cosa es el cargo y otra la fuerza. Y en política, cuando esas dos cosas dejan de vivir en la misma persona, se nota.
Dos. ¿Quién manda hoy en Morena Puebla? Si la respuesta tarda, ya tenemos diagnóstico. Olga conserva el título, pero el poder real empezó a migrar. No por una traición espectacular ni por un golpe en una sola noche, sino por algo más lento y más letal: el desgaste. Gota a gota. Litigio a litigio. Desplante a desplante.
Tres. El expediente que la persigue no es nuevo, pero pesa más cada día: la herencia de Socorro Romero Sánchez, la empresaria avícola cuya fortuna —cientos de millones— se volvió campo de batalla familiar y judicial. Olga lleva años en esa pelea; acusó incluso al notario de alterar el testamento. Y mientras una dirigente normal hace política, ella reparte su energía entre el partido y los juzgados. Pregunta incómoda: ¿se puede mandar en un movimiento cuando media vida se te va en defender una herencia?
Cuatro. A esa fragilidad hay que sumarle lo demás. Su aterrizaje en Tehuacán no termina de despegar —tan es así que ha tenido que salir a desmentir, una y otra vez, que va por la alcaldía—. Su relación con los grupos internos se enfría. Y los rumores de renuncia se repiten con una frecuencia que ya no parece casualidad: cuando hay que negar tantas veces que te vas, es porque muchos ya te están empujando a la puerta.
Cinco. Aquí entra el personaje que olió sangre. Mario Bracamonte González no es un improvisado: fue delegado en funciones de presidente de Morena en Puebla, lo destituyeron, peleó su regreso hasta el TEPJF y perdió. Conoce las grietas del movimiento porque ayudó a abrirlas. Según las versiones que circulan en los pasillos, habría buscado acercarse al entorno de Miguel Ángel Celis Romero —rival jurídico y familiar de Olga dentro del mismo entramado de la herencia—. No como abogado. Como ariete.
Seis. De confirmarse esa ruta, el mensaje sería demoledor: en Morena ya ni entre ellos se respetan. Pero conviene poner el acento donde toca: el problema no es Bracamonte, Bracamonte es el síntoma. El problema es que Olga abrió tantos frentes que hoy cualquiera puede tocar la puerta de sus adversarios y ofrecerse como la llave para desmontarla. Eso no le pasa a una dirigente fuerte. Eso le pasa a quien perdió el control de su propia narrativa.
Siete. Porque esa es la verdadera caída de Olga Romero: no la jurídica, sino la política. Una dirigente fuerte fija la agenda; Olga la padece. Una dirigente fuerte reparte las cartas; a Olga se las reparten. Cuando tus antiguos compañeros empiezan a buscar a tus enemigos, no necesitas traductor: te están administrando la salida.
Ocho. ¿Y el gobernador? Alejandro Armenta construye proyecto, ordena territorio y prepara el estado rumbo a 2027. No le sobra tiempo para apagar incendios partidistas. No es casualidad que haya tenido que mandar operadores a poner orden en el terreno guinda. Eso no es un adorno: es una señal. La señal de que la dirigencia dejó de operar y alguien tuvo que llenar el hueco. Cuando el poder te rodea de operadores que no son tuyos, la cuenta ya empezó.
Nueve. Y conviene decirlo con todas sus letras, porque es el centro de todo esto: la pieza que hoy frena a Morena Puebla no es la oposición ni la prensa, es su propia presidenta convertida en pasivo. Olga Romero ya no es la operadora que el partido necesita rumbo a 2027; es la herida que el partido no termina de cerrar. Y mientras no se cierre, cada oportunista —empezando por los que ayer se decían compañeros— seguirá oliendo sangre.
Diez. Así que la pregunta que queda flotando sobre Morena Puebla es una sola, y es incómoda: ¿Quién va a ordenar al partido antes de que el partido termine dañando el proyecto de Armenta? Olga Romero puede seguir vendiendo normalidad. Puede sonreír en la foto. Puede negar la renuncia una vez más. Pero la política tiene oído fino, y ese sonido de fondo ya no es aplauso. Es un réferi.
Olga sigue de pie. Por ahora.
La diferencia es que ya no es ella quien marca el ritmo del combate.
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