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Pasadas las 8 de la noche al fin pude comunicarme a Chilpancingo.
Ningún teléfono me daba línea.
Ni en casa de mis papás ni de mis hermanos.
Sus celulares muertos.
Sus redes sociales apagadas.
Pasadas las 8 de la noche, al fin me respondieron.
Que ellos estaban bien.
Agazapados en sus casas.
Que no dejaba de llover.
Que la cosa estaba fea.
Que no había luz.
Tampoco teléfonos.
Que había ruidos espantosos en las calles.
Que las carreteras destruidas.
Que todos incomunicados.
Nosotros bien, pero Chilpancingo no”.
Tampoco Acapulco.
Ni Atoyac.
Ni Coyuca.
Ni Iguala.
Ni Petaquillas.
Ni el Ticuí.
Colonias inundadas casi desaparecidas.
Comunidades arrasadas.
Guerrerenses muriendo de hambre y de miedo.
Sobre todo de miedo.
Lo que nos faltaba.
En los últimos años, Guerrero se dinamitó. Primero la cruenta guerra del narcotráfico y la lucha de los cárteles por una de las plazas más jugosas del país (Taxco-Acapulco-Ixtapa) y después, la descomposición social a su máximo esplendor.
Hoy hasta el narco tiene miedo en Guerrero.
Hasta esos poderosos hombres que tienen al Estado de cabeza, temen por sus vidas y las de sus familias porque una peste peor ha inundado los caminos del sur.
El negocio tal vez más rentable del crimen organizado: los secuestros.
Por más que miro hacia atrás, no logro encontrar el momento en el que Chilpancingo dejó de ser “el pueblo que está antes de Acapulco” o la “gasolinera antes de llegar a Acapulco” y se convirtió en Tierra de Nadie.
Chilpancingo era tan insignificante en el imaginario colectivo que cuando llegué a Puebla y me preguntaban que de dónde era respondía “De la capital de Guerrero” y la expresión más socorrida en mis conocidos era: ¡Ah, de Acapulco!
#Plop.
Jamás me ofendí por la ignorancia. Era normal. En Chilpancingo no pasaba nada. Vaya cuando el huracán “Paulina” hizo su aparición a mi rancho lo dejó intacto.
Sin embargo, hoy Chilpancingo está en los cabezales de los medios nacionales todos los días: 20 levantados de un antro; 7 ejecutados; 12 cabezas en el Sam´s; 7 cabezas en las Banderas; 8 secuestrados del mercado; 20 desaparecidos; ejecutados, ejecutados y más ejecutados… Ufff.
Y por si fuera poco “Manuel” e “Ingrid” (y los fantasmas de Paulina) nos hicieron el favor de hundir más en la miseria a Guerrero.
No logro reconocer el pueblo donde nací.
Por más señas que tengan las fotografías que observo en los medios no encuentro en los escombros lo que un día fue mi secundaria, mi parque, la Alameda, el Parque Juárez, el Mercado, el Huacapa.
No reconozco a Chilpancingo en esas ruinas.
Me rehúso a reconocer a mi pueblo en esas ruinas.
Hoy #Guerrero necesita más que un spot mal hecho de Luis Miguel para atraer al turismo y para recomponer el paraíso que un día fue Acapulco.
Hoy los guerrerenses estamos devastados y necesitamos ayuda.
#Guerrerospoblanos —un grupo de empresarios, periodistas y ciudadanos conformado por Gerardo Islas— recopilará víveres para los damnificados de los casi 50 municipios desolados por los huracanes y sus centros de acopio se encuentran en: Torres JV en la avenida Atlixcáyotl, en la estación Tropical Caliente y en las oficinas de CENTRAL en la 24 sur 501 int. 10 y 11 Plaza del Sol Finanzas.
La escena es atroz. Familias guerrerenses perdieron personas, hogares: su vida, pues. Y mucha gente se está muriendo de hambre y de miedo. Y difícilmente, una visita —aérea— del presidente Enrique Peña Nieto, una declaración de emergencia y un censo de damnificados solucionarán la desolación de ese estado. Poblanos, es hora de ayudar.
Esperamos su ayuda en los Centros de Acopio.
Hoy por Guerrero.
