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Ya ni la muerte es igual que antes.
Muchas cosas en nuestro país están de cabeza. La corrupción y la impunidad se han enseñoreado desde hace mucho tiempo, pero cuando se creyó en una suerte de renacimiento con la elección del año 2000, volteamos a ver y la situación ha quedado peor.
Hay un vacío ético en la cúpula del poder, precisamente con el PAN entronizado, partido que tuvo como bandera eso, el valor de la ética y que terminó simplemente administrando los peores vicios que heredó.
Por todo esto, resulta duro escuchar comentarios crudos en torno a la desaparición física de figuras vinculadas con las élites del poder. Nos referimos a dos casos emblemáticos: Alonso Lujambio, figura conspicua del panismo que representa el presidente Calderón, y José Eduardo Moreira, el hijo de Humberto Moreira, ex presidente nacional del PRI y ex gobernador de Coahuila.
Después del tono de condolencia que expresan las personas, o que se lee en las redes sociales, lamentando las pérdidas humanas, viene una serie de juicios condenatorios hacia los parientes, amigos o impulsores de estos personajes, llegando a casos extremos de justificación de un terrible hecho de dolor humano.
No es lo común, ciertamente, pero es muy amplia la corriente de quienes externan comentarios, a veces ligeros otras argumentando, pero en esa línea, casi (y en ocasiones sin el casi) dando por hecho que es natural que esto suceda. O bien, con señalamiento de responsabilidad hacia las propias figuras del poder, o por la doble moral con que se actúa cuando la víctima es alguien de la casta divina.
La sentencia más terrible acaso es la de la viuda del joven Moreira, nuera de Moreira padre, cuando lanzó el mensaje, palabras más palabras menos, “El culpable eres tú, maldito, no sabes gobernar”, dirigido al tío de la víctima, gobernador heredero de la misma familia. Si dentro de la cercana parentela así se juzga un hecho, es entendible lo que se dice y oye en el mundo anónimo de la sociedad .
Y es que estos sucesos infaustos ponen al descubierto conductas, vicios, abusos en torno al ejercicio del poder, que no pueden desvincularse de lo que la tragedia trae.
En el caso Lujambio, a muchos días del deceso, el Presidente sigue encabezando actos luctuosos en los que con toda la parafernalia de la investidura presidencial casi se deifica a su amigo. Ese exceso de incienso, enturbia y mancha la buena imagen que como académico todos le reconocen, y hace que, por contraste, afloren críticas que como funcionario público mereció el destacado intelectual y amigo del presidente, como cuando siendo Secretario de Educación actuó como incondicional de Elba Esther y dejó intacta la intromisión del Sindicato en el ejercicio de la autoridad que sólo a él, y al poder ejecutivo federal , correspondía.
Ese papel suyo, proyectado al plano de la salud, acaso es un lunar tan grave como el canceroso que le cortó la vida.
Y la sacrosanta voluntad presidencial sigue, rampante, incontenible, como si se quisiera llevar a los altares al amigo muerto, cuando el sentido común y la prudencia marcan, sencillamente, respeto al fallecido. Lejos de la exaltación desde el poder, viene, como contraste, la sabiduría popular ante una pérdida humana: el silencio, la meditación, el respeto, el deseo simple de que descanse en paz.
El caso Moreira vuelve inevitablemente la atención de la sociedad hacia Coahuila, un estado que quedó maltrecho al paso del gobernador Humberto, con una deuda gigantesca tal, que orilló a Peña Nieto a suprimir de su lado al dirigente priista, mas no sólo eso, sino que pone de relieve otra vez la tranquilidad terriblemente trastocada en esa entidad, con bandas, muertos, enfrentamientos y grandes operaciones del crimen organizado. Acaso lo más cercano a un estado fallido.
Y en ambos casos, el poder con manto protector sobredimensiona su papel y provoca irritación social.
En un caso con trato de privilegio y héroe al personaje, en el otro, todo el aparato policiaco y justiciero del gobierno en todos sus niveles, volcado para hacer justicia.
Frente a esto, cientos de mexicanos mueren a diario al cobijo de la miseria, la injusticia, la prepotencia, y no se ve multiplicada y generosa la mano del poder para hacer justicia o, por lo menos, con algún medio que tienda a resarcir un poco el sentimiento y la economía para la sobrevivencia diaria de los deudos desamparados del poder.
(Nos vemos y escuchamos cada martes a las 14 horas por internet, si usted marca “Pueblaprioridad”).