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Editorial

Lunes, 22 Octubre 2012 20:56
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El lastre del sindicalismo viciado

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Como signos ominosos de los días por venir se ven las fotos de Elba Esther Gordillo y Carlos Romero Deschamps, aclamados por sus agremiados y reelectos. A ella 23 años la contemplan en el poder, a él tres lustros. Si bien son herederos del caciquismo sindical y acaso los más famosos, no son los modelos más añejos de la esclerosis que soportan los trabajadores.

Rafael Riva Palacio, el sindicalista de Infonavit lleva en las alforjas nada menos que 35 años, Francisco Hernández Juárez, de los telefonistas, y Fernando Rivas Aguilar, de los de la industria del plástico, cada uno con 36 años. Antonio Reyes, de Fonacot, 22 años; Eduardo Rivas Aguilar, de la industria alimenticia, 20 años: Miguel Ángel Yúdico, de los transportistas, 19 años, y Francisco Vega Fernández, del autotransporte de carga, 17 años.

Sumados los tiempos de sujeción y control, mostrarían al trabajador mexicano con un grueso dogal que sumaría siglos, tal vez más que los que duró el coloniaje.

Más ahí no se agota la colección, cada estado del país tiene sus especímenes encumbrados y eternizados sobre los hombros de los sindicalizados, al amparo y complicidad de los hombres del poder, sin distingo de partidos. Son piezas del folklor mexicano, pero más que eso, son columnas que soportan un estado de cosas que sabotea y ancla todo intento democrático en el país.

Tienen antecedentes de antología que todos recuerdan: Fidel, Pérez Ríos, Yurén, La Quina, Chumacero y cientos más regados por la geografía del país; por eso hablamos de siglos. Y sin embargo ya no están.

Se fueron, pero las estructuras de poder y los métodos están vigente e intocados. Cumplen sus leyes, estatutos o reglamentos y mantienen sus representaciones legalmente. Pero son leyes a modo para perpetuar cacicazgos que sirven al poder.

Lo grave es que su abuso y poder, de suyo altamente dañino para sus “representados”, éstos últimos a veces más explotados por sus líderes que por los propios patrones, trasciende el ámbito sindical. Y eso los convierte en un grave problema social. De salud social.

Han operado como retrancas contra la democracia, y en una democracia defectuosa, viciada, deficiente y bárbara, afectan a todos, a la nación completa.

No son infinitos en el tiempo y su poder es más mítico que real. Claro, se los presenta casi como “garantes de la paz, la democracia y la vida del país”, porque así conviene al poder, esté quien esté en la cúpula, pero más de una vez se ha demostrado que frente a la voluntad política de un presidente, con el poder que este posée, cualquier estructura se doblega. El caso más famosos es el de los petroleros.

El fantasma de que si se tocaba a La Quina los petroleros paralizarían el país y lo pondrían de cabeza con incendio y sabotajes de pozos petroleros resultó puro ruido. Igual ocurrió con el golpe mortal de Salinas contra Jonguitúd. Están en el poder, es cierto, pero frente al estilo presidencial mexicano y cuando el gobernante en turno ha querido, se convierten en tigres de papel.

Y es obvio: el poder presidencial conoce a fondos todas sus trapacerías, tiene las riendas de su modus operandi, les da y les quita oxígeno de poder a voluntad y, por si fuera poco, posee la fuerza legítima del estado para someter a quienes de origen están encumbrados enmontañas punibles de vicios, abusos y costras delictuosas.

En los tiempos por venir, al presidente electo, producto de una elección manchada y viciada, sujeto a observación múltiple, constante y crítica por amplias capas de la sociedad, en lo absoluto le ayuda aliados de esta calaña.

Un país que quiere ganar respeto, vender imagen, superar su sitio de marginación en todos los rubros del concierto de las naciones, con un gobierno nuevo altamente necesitado de mínimos de legitimación, confianza y apoyos reales –más allá de los fácticos- no puede andar con este lastre pesadísimo.

¿Con qué cara el presidente electo se podría volver a encontrar con los jóvenes del “Yo soy 132”, y prácticamente con cualquier grupo fuera de los controles oficiales, para hablarles de la nueva democracia, las innovaciones de un gobierno nuevo y las expectativas para la sociedad, con aliados impresentables como los referidos?

Este flanco, el del sindicalismo eternizado y corrompido, es una de las primeras pruebas para el presidente electo. Un reto a la inteligencia, a la estrategia, pero por encima de todo, a la actitud real con la que quiere gobernar. Con talento, audacia y compromiso, un gobernante puede convertir un conflicto en solución, en arma de legitimación con efectos múltiples y reverberantes.

Un presidente puede, si quiere, convertir flaqueza en virtud.

Si quiere…

(Nos vemos y escuchamos cada martes a las 14 horas, marque usted por internet“Puebla prioridad”)

xgt49@yahoo.com.mx