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El encargo de Jéssica
Oiga don Mario.
No sea así.
Está bien eso de que cuando las mieles del poder se acaban comienza la soledad.
Pero no se olvide los que lo quieren –o de los que lo quisieron alguna vez-.
Fíjese que me dieron un recado.
Me encargaron, que por favorcito, le recuerde a usted que tiene por ahí un compromiso.
(Bueno dos compromisos)
Dice Jéssica (usted sabe quién) que, por fa, se reporte.
¿Sí se acuerda de ella? ¿No?
La chica a la que enamoró desde que usaba el uniforme de porrista de Los Pericos.
A la que sedujo desde los 17 años cuando era presidente municipal.
La chamaca a la que le invitaba el vinito Diamante.
Sí, esa.
La muchacha con la que tuvo un tórrido amorío.
Ella.
Ándele.
La pesadilla de doña Margarita.
La que lo puso de cabeza a usted y su matrimonio.
La que incluso le presentó a sus hijos, los mayorcitos.
¿Ya recordó? ¿Verdad?
Bueno pues Jéssica dice que lo extraña.
Ah, y que las niñas, también.
Dice que tiene rato que no sabe nada de usted.
Pero nadita.
Que ni una llamada.
Que ni la ha pasado a ver.
Que no se ha dado su vuelta por allá por La Hacienda.
Que no sabe si anda en Los Ángeles, Nueva York o Europa.
La pobre no sabe si algo esconde usted (o si usted es el que se esconde).
Que si le aclarara eso por lo menos podría estar tranquila.
Fíjese, don Mario, que Jéssica está en verdad preocupada.
No sea malo.
No se pase.
Mínimo llámela para saludar.
Ella nomás quiere saber de usted. Y ya, de paso, hacer cuentas.
Sí, porque ya va a empezar la escuela de las niñas.
Y ella no sabe de dónde va a sacar para las colegiaturas, los uniformes y los útiles.
Ella se indigna porque si sus otros hijos tienen para viajes y hasta casa en Holanda pues por lo menos ella tenga para la escuela de chamacas.
¿Es justo? ¿No?
Hasta aquí el recado.
Don Mario, podrá usted ser perseguido, buscado, incluso que Peña Nieto me lo haya mandado a la congeladora. Pero no se olvide de sus obligaciones.
Olvidarse de un hijo está mal.
Y de dos, peor.
Rapidín (5)
La vida, muy poblana, de “El Comegusanos”
(o Puebla de los Narcos)
Le dicen “El Comegusanos” y caminaba tranquilo en Puebla.
Hoy podrá estar tras las rejas, pero en suelo poblano,William de Jesús Torres Solórzano, como en verdad se llamaba, procuraba un bajo perfil.A cambio tenía una vida de rey.Siempre se le veía escoltado por cuatro hombres que parecían sus amigos.
¿Pero por qué eligió Puebla para residir?
Sencillo. Acá no tenía problemas.
Que gustaba de jugar gotcha en la zona de Valsequillo.
Que le encantaba reventarse en antros de moda. El Damtshaa, el LP. Y más recientemente no lo sacaban de La Chilanguita. Hacía el precopeo, a veces, en Mi Ciudad de La Isla de Angelópolis.
Cuando vino la época de la feria de Puebla, en el Palenque, apostó como ninguno.
Es más, tenía al Ejército Mexicano haciendo sus rondines en el Palenque. Apostaba en las peleas de gallos. Se pedía botella tras botella y pagaba primera fila para ver a Espinoza Paz. A la Arrolladora. A Intocable.
Y ahora resulta que nadie notó que acá vivía “El Comegusanos”.
Ahora resulta que Puebla sigue siendo un hecho aislado.
Puebla, no nos hagamos, sigue siendo un hotel de cinco estrellas para el Narco.
Cuentan quienes conocieron la vida muy poblana de “El Comegusanos”, que a él lo pusieron.
Alguien pintó el dedo sobre Torres Solórzano para que la Marina viniera de inmediato.
Alguien que, seguro, ya se quedó con su plaza.
Y que quizá ya sea residente de esta ciudad, Puebla de los Narcos.