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En el principio fue el verbo, se dice en el ámbito católico. Parafraseando es válido decir: “en el principio fue el Pacto por México”. Eso es y así hay que considerarlo. Muñóz Ledo define muy bien: “Para que los pactos funcionen tiene que haber debate, estos acuerdos no cierran el debate, lo abren sobre cada uno de los puntos que contiene..”
El ponerse de acuerdo por las cúpulas partidistas y otros actores clave es importante. No hay que minimizar el hecho, tampoco magnificarlo. En México somos muy dados a los juicios sumarios desde posiciones extremas: ni todo acuerdo es unanimidad ciega rodeada de sospecha, ni es un pase al cielo de un día para otro.
Es cierto, la experiencia histórica del país nos ha vuelto hiperdesconfiados. Hoy estamos, con el pacto como inicio y herramienta, en un punto de quiebre positivo. Por ahora es un listado de aspiraciones legítimas, necesarias, justas y urgentes. Alguien hay dicho, y también es cierto, que más parece un prontuario de soluciones.
Puede ser esto y mucho más. Pero se trata de que trascienda el papel en que fue firmado. No hay que cerrarle el paso ni temerle al debate. El gobierno debe, en primerísimo término, dar muestras de una enorme apertura y participación. En paralelo se requiere una sólida voluntad de cambio y visión de futuro. Subrayo: voluntad política de cambio.
Y algo más: aprendizaje de la historia reciente. Otros pactos y compromisos similares han sido verborrea monumental y soberanos fracasos.
Digamos que Peña Nieto lleva la batuta y es su gran prueba. Pero con él están, junto, no antes ni después, todos los demás actores con poder. Es el pacto un punto de partida que debe dar paso a la imaginación y al compromiso. Los problemas del país, añejos o recientes, son un atascadero cuya superación incumbe a todos. El pacto puede ser, debe ser, una riquísima mina de soluciones.
Esto implica, para los demás firmantes, despojarse del cómodo recurso elusivo de “papá gobierno”. Y para los de arriba, renunciar con franqueza, de cara a la realidad, a ese paternalismo absorbente y anacrónico.
El debate y las propuestas sobre los múltiples temas reclama preparación, imaginación y criterios ejecutivos. Sólo esto puede superar con éxito las terribles murallas y marañas de la burocracia que atora y asfixia todo. El paso obligado es poner el vasto y ambicioso temario en un calendario con tiempos, responsables y resultados.
Y, desde luego, extender el debate multilateral lo más posible, pero sin perder la brújula y el factor tiempo. El pacto con todo lo que implica es una prioridad inaplazable. Ejecutividad en su discusión y curso impone información suficiente y permanente. Inclusive, por la trascendencia de los temas, habrá debates que tengan que ser transmitidos en vivo por radio y televisión a todo el país.
No se exagera al decir que, si se ve esto con seriedad, una buena parte del futuro del país está plasmado ahí, en el documento y sus significados políticos para todos.
Como máxima carta de presentación política del nuevo gobierno, es también un modelo de medición de eficiencia y resultados. Si el pacto es ejecutado con puntual seguimiento, seriedad e información suficiente y al día, todos los protagonistas ganan y desde luego gana el país. Y de ahí se habrá de derivar la calificación inicial del nuevo gobierno.
Un atolladero por falta de dirección, liderazgo y ejecutividad, repercutirá seriamente en el arranque de la administración de Peña. Pero otra vez, ese fracaso también le pasará la factura a los demás responsables de la convocatoria.
Finalmente, nos parece que todo el proceso de seguimiento, ejecución y resultados, para predicar con el ejemplo, deberá caracterizarse por su gran sentido práctico y transparencia. Un volcán de buenas intenciones envuelto en un paquete de demagogia será un severo y peligroso arranque con salpicaduras negativas para todos absolutamente.