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Paseo Inmoral

Miércoles, 19 Septiembre 2012 21:39
EdmundoVelázquez

Ciudad Judicial y ese hedor a hastío

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En la explanada central, los pasillos, oficinas de juzgados, en las salas civiles y penales entregaban hace unas semanas un documento.

Una extensa carta.

La misiva era firmada por el abogado Adrián César Vázquez Ávila.

¿Recuerdan su nombre?

Si usted no acostumbra meterse a la nota roja de los diarios quizá no lo recuerden, pero Adrián César Vázquez Ávila fue una víctima más de la delincuencia organizada en Puebla.

(Esa que dicen que no existe, o que la usan como “El Coco”, que pasa nomás por el estado debido a que tiene “vías de comunicación estratégicas” , esa delincuencia organizada que es “un hecho aislado”.)

En su carta, Adrián César Vázquez recapitulaba la pésima experiencia que sufrió ante la delincuencia organizada y cómo, ahora, es sujeto del abandono y el olvido de parte del Tribunal Superior de Justicia, institución por la que entregó años de su vida.

Va la recapitulación.

A finales del 2010 en el Juzgado Cuarto de lo Penal en Puebla cayó otro tema relacionado con delincuencia organizada. El entonces titular de ese juzgado, Alberto Miranda Guerra, se lavó las manos y dejó que todo el asunto lo atendiera su secretario de acuerdos: Adrián César Vázquez.

A Adrián le tocó tomar la declaración de 11 detenidos que tenían que ver con la muerte de un policía ministerial. A los once sujetos se les juzgaba por los delitos de asociación delictuosa y portación de arma de fuego. Y cuatro de ellos amenazaron directamente a Adrián mientras tomaba su declaración. Se decían pertenecientes al Cártel de Tepito.

Vino después una amenaza directa al juez Alberto Miranda Guerra. Un “representante legal” de los inculpados había llegado al juzgado y le pidió que los dejara en libertad. El juez, nada tonto, echó entera culpa a Adrián César Vázquez, su secretario de acuerdos.

Lo demás es historia, a Adrián César Vázquez lo levantaron el 23 de noviembre cuando se dirigía a trabajar al Juzgado Cuarto Penal. Un día después lo tiraron en un paraje de Nuevo Laredo, Tamaulipas. Mientras lo mantuvieron cautivo escuchó amenazas de ser descuartizado, amenazas de que su familia desaparecería.

Las primeras versiones oficiales del levantón fueron de risa.

La secretaría de Gobernación (en ese entonces dirigida por Valentín Menéses, aún en el gobierno de Mario Marín) señaló casi casi que la desaparición de Adrián César Vázquez ocurría por asuntos personales, que había salido de trabajar del juzgado sin broncas y nomás se desapareció.

Que no estaba muerto, que andaba de parranda.

Lo cierto es que autoridades federales ubicaron al funcionario. Lo trasladaron vía aérea. Fue recibido en el Aeropuerto de Huejotzingo, y el trato que las autoridades poblanas dieron a la víctima fue aún peor que el de sus captores del crimen organizado.

Días después de regresar a Puebla fue soltado por las autoridades poblanas. No había dormido, no había sido atendido médicamente, su familia no lo había visto.

Le aplicaron el “usted disculpe”.

Mientras tanto, quien era su jefe, el juez cuarto de lo penal, Alberto Miranda Guerra, pidió su cambio de los juzgados penales. Hasta la fecha despacha muy cómodo en un juzgado civil o de lo familiar de Ciudad Judicial.

Pero, para Adrían César las cosas no pintaron tan bien.

Tras intentar reintegrarse al Poder Judicial en Puebla pasó una serie de vejaciones ante el pasado presidente del Tribunal, el timorato León Dumit Espinal.

La Procuraduría General de Justicia, en ese entonces dirigida por Igor Archundia Sierra jamás siguió con la investigación de las denuncias que se levantaron por el caso. Es más, la actual Procuraduría ya informó que no hay un solo documento al respecto.

Y el actual presidente del Tribunal, David López Muñoz, aún más blando y enclenque, tampoco pudo solucionarle nada al antes fiel trabajador del Poder Judicial en Puebla.

En las últimas citas que tuvo con el magistrado presidente, este se dijo “amarrado de manos”.

Prácticamente David López Muñoz pedía al ex funcionario“delatar” a Alberto Miranda Guerra en “actos delictivos” que simplemente ni le constaban.

Hasta la fecha el ex secretario de acuerdos se encuentra aun siendo víctima de amenazas, tuvo que contratar escolta privada por temor a represalias, su familia ha tenido que abandonar Puebla.

Vaya, nomás por hacer su chamba lo abandonaron a su suerte.

¿Se vale?

Quizá la indiferencia en la que han caído los magistrados es provocada igual por una depresión que impera prácticamente en el Poder Judicial.

Mientras el ex funcionario es ignorado por la cúpula de Ciudad Judicial, la cúpula de Ciudad Judicial igualmente es ignorada por el gobernador Moreno Valle.

Ironías de la vida.

Ciudad Judicial impera ese halo de hastío. De olvido.

“¿Y cómo andan las cosas en Ciudad Judicial?”, le pregunté a un amigo abogado.

“De la chingada”, me dijo.

Y en efecto.

El Poder Judicial en Puebla tiene tan poco brillo con la administración de Rafael Moreno Valle que, pareciera, está nomás de adorno y empolvándose.

Los magistrados, antiguamente eméritos togados, hoy son vistos con mucha indiferencia.

Como resquicio de un corrupto pasado marinista.

Si no pregúntele a los magistrados que están a punto de jubilarse.

Esos mismos que le han dado la espalda a este pobre ex funcionario son aquellos que lloran todos los días porque los tome en cuenta su gobernador.

Justicia poética en el Poder Judicial.