Friday, 22 de June de 2018

Moreno Valle, el Gran Cómplice

Por Selene Rios Andraca / /

Una de las cosas más sospechosamente curiosas del sexenio de Rafael Moreno Valle es su relación con Antorcha Campesina. En casi cinco años de gobierno, el mandatario ha gozado de tanta paz y de no-marchas multitudinarias  y no-eternos-plantones afuera de Casa Aguayo para desquiciar el tráfico y la vida en El Alto.

Algunos analistas políticos —Já— argumentaron que la docilidad de la organización campesina con el morenovallista obedecía al temor bien fundado en la mano dura de Moreno Valle, quien a la menor provocación, encarcelaría a unos y a otros por andar tomando Casa Aguayo o por andar cerrando calles para exigir justicia por alguna razón en favor de la “pobreza”.

En algún momento de credulidad, compré el discurso sobre el temor de la organización de Aquiles Córdova Morán con el gobierno de Moreno Valle.Lo extraño era que no rellenaran la ciudad con pintas ni las calles con volantes mal impresos sobre el autoritarismo y los presos políticos sexenales. Bien raro.

Más llamó mi atención aquel magno evento en que los Antorchistas tapizaron el estadio con miles y miles de agremiados y su líder nacional guardó un silencio cómplice sobre la desgracia en Chalchihuapan. —y es que si bien en Puebla abundan los pobres, no todos tienen la suerte de contar con la bendición antorchista—.

La única aparición de Antorcha fue hace dos años, cuando se le plantaron, sorpresivamente, al entonces alcalde Eduardo Rivera en las puertas del Ayuntamiento. El paro duró unos meses en que el zócalo de la ciudad estuvo atiborrado de personas exigiendo justicia y cocinando para los “compañeros del movimiento”. En cristiano, los antorchos se le manifestaron a un enemigo del gobernador Moreno Valle. Otra vez, bien raro.

La pasividad antorchista no es gratis. En casi cinco años, el morenovallismo le ha permitido a la robusta organización de “pobres” y “campesinos” cometer una serie de delitos en nombre de los que menos tienen.

Hace cinco años, paracaidistas de Antorcha invadieron un terreno millonario valuado en 49 millones de pesos en El Refugio, al sur de la ciudad de Puebla. Desde entonces, el Poder Judicial ha emitido seis órdenes de desalojo y el gobierno morenovallista no ha ejecutado ninguno.

Ninguno. Ha pretextado todo tipo de cosas: no hay elementos suficientes; está muy nublado; no hay condiciones; qué miedo.

La complicidad del gobierno de Moreno Valle se ha cristalizado en cinco años. No ha movido un dedo para desalojar a los cientos de Antorchistas que invadieron 92 casas del fraccionamiento con un valor de cada residencia de casi 500 mil pesos. Y lo mejor de todo: sin pagar un solo peso.  

La mano dura de Moreno Valle no es tan dura. Quizá con los Xicale, con los de Chalchihuapan, con los de Cholula, con los del Gaseoducto, con Israel Pacheco y con otros más. Pero con Antorcha, no.

¿El maridaje Antorcha-Morenovallismo se reduce a un intercambio de terrenos por votos?

Antorcha aterroriza a empresarios, constructores e inversionistas (políticos, periodistas) mientras que Moreno Valle tiene aplacada y a su favor  una estructura de votos para cualquier cosa que se le ofrezca. O en cinco años, no ha habido condiciones para el desalojo del terreno de 49 millones de pesos.

La duda es si Moreno Valle no ha actuado por miedo al fervor “campesino”, por tener contenta a la estructura electoral que representa la organización o por pura negligencia.

En los tres casos, Moreno Valle sale perdiendo.

—Antorcha no, nunca pierde—.

Ya sé. No estoy descubriendo el agua tibia ni el hilo negro de la cuestión. El problema es que para la mayoría de los medios de comunicación la invasión de predios, la toma de alcaldías, la detención de proyectos, la paralización de construcciones o el robo de negocios encabezados por Antorcha Campesina son cuestiones cotidianas y a estas alturas, ya nada es nota.

Y en el remoto caso de serlo, cualquier medio de comunicación se arriesga a que los Antorchos se planten en sus redacciones y provoquen una desgracia en las instalaciones. Uf.

 

Mi envidia total contra el góber fiestero

Entendí que la edad me había rebasado,cuando me enteré que hasta el gobernador Rafael Moreno Valle se va  de reventón —Okei no, ya nadie dice reventón—, se va a tirar party —¿Quizá eso me salió mejor?— un sábado en la noche, mientras yo me encierro con una bolsa de Doritos, una coca-cola y un sándwich de jamón a ver Scandal o alguna mala película de ciencia ficción.

De un momento a otro abandoné mi espíritu antrero y me sometí a la vida nocturna pacífica del Netflix y las series piratas. Así son los treinta, supongo. Hasta hace unas horas, ese asunto no me tenía consternada ni acomplejada, pero luego me enteré que el góber se fue a echar unas rolitas y unos traguitos con Martha Erika y sus cuatachos a La Cantada.

¡Noooooo!

El sábado pasado, el mandatario llegó al cantabar de Plaza W. Lo primero que hizo fue darle una vuelta entera al antro con la esperanza de que más de un trasnochado —me encanta esa palabra que tanto decía mi abue Toya— lo saludara, lo alabara y le agradeciera la transformación que sigue.

Fueron los menos los que se fijaron en el mandatario. Él, muy al estilo campañero, dio la vuelta por el lugar y regresó a su mesa justo a un lado de la puerta. Junto a él, su esposa Martha Erika y sus amigotes de parranda: Luis Banck y Eukid Castañón. —Había otros cuates ahí, pero mis fuentes no los reconocieron, porque como ya les dije, yo estaba en casa con mi pijama de ratones y quesitos, tragándome los Doritos—.

Durante la noche, Moreno Valle no hizo nada extraordinario, salvo sonreír de vez en vez y beberse unos cuántos tragos de Etiqueta Negra. La gran sorpresa de la noche fue la señora, Martha Erika, quien dejó a un lado su timidez y se soltó la greña con el micrófono. Eso sí cantó a dueto con Luis Banck, que según mis fuentes salió bastante decoroso.

A Moreno Valle y sus cuates les dieron las cuatro y media de la madrugada en el antro. Por Dios, la última vez que yo salí,  regresé a casa a las dos de la mañana y sin sueño por haberme tomado dos cocas sin hielo. Malditos treintas y el gobernador se revienta hasta las cuatro de la mañana.

Qué pena doy.

A eso de las cuatro y media de la mañana, gobernador, esposa y un tambaleante y muy contento Secretario de Desarrollo Social abandonaron el bar sin que los parroquianos se sobresaltaran por su ausencia.

Eukid Castañón se fue con ellos, pero minutos después volvió para terminar unos pendientes en otra mesa, donde hizo hasta lo imposible por hacer uso de su derecho de pernada, algo que seguro el Facebook le trajo. 

 Queda. 

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