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Pasé dos veces frente a él, obstaculizándole la imagen de la televisión.

Él veía un programa en National Geographic sobre el mito del calamar gigante que vive en los peligrosos y helados mares de Alaska o Groenlandia.

Cada vez que pasaba frente al televisor, se hacía un lado y me refunfuñaba.

Yo, inmersa en mi felicidad, lo ignoraba.

Hoy, resaltaría en la escuela.

Mis compañeros me verían igual que al resto de las chicas populares.

Después de súplicas y dos semanas de espera, al fin tenía el accesorio fashion a mi disposición.

La turbulencia del mar y los gritos de auxilio del programa captaron mi atención, dejé a un lado el cepillo y me senté en la orilla de la cama para ver qué sería de los investigadores que andaban tras los pasos de los calamares gigantes.

—¿Qué es eso del calamar gigante, manito?

—Pues un calamar…gigante.

—Ah

—Pues sí, tonta.

—¿Gigante como dinosaurios?

—¡Cállate! Ahorita ves.

El caso es que perdí como 40 minutos de mi vida, viendo cómo cinco investigadores casi se matan en la búsqueda del famoso y temible calamar gigante, cuya existencia conocí aquel lunes de agosto, antes de irme a iniciar mi cuarta semana en la preparatoria.

La tormenta, el barco a punto de voltearse, las complejidades para conseguir los recursos para la investigación, los gritos desesperados, los vientos gélidos, las aguas incontenibles, la noche turbia y la rabia de los investigadores, me obligaron a seguir arreglándome para ir a la escuela.

Me estaba cepillando los dientes cuando escuché: “¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Lo conseguimos! ¡Lo conseguimos!”, tiré el cepillo y corrí del baño a la recámara de mis papás para conocer el calamar gigante.

El barco tenía en su parte inferior unos estanques, donde captaban las aguas sustraídas del mar. El investigador con la barba más tupida y canosa, ataviado en un impermeable amarillo, cogió un vaso de vidrio, lo sumergió en el estanque con toda la delicadeza y lentitud que he visto en alguien, con sumo cuidado levantó el pequeño envase y lo puso a contraluz.

“¡Los tenemos! ¡Los tenemos!”, todos celebraron a gritos. La siguiente toma fue el investigador hablando sobre las bondades del hallazgo de larvas de calamar gigante y los créditos comenzaron a invadir la pantalla.

No cabe duda, perdí 40 minutos de mi vida. Esperaba ver algo monstruoso, espectacular, y resulta que los señores encontraron larvas, solamente tres vivas y por cierto, se les murieron en las siguientes 72 horas.

¿Para eso, NationalGeographic hace un pinche programa de 60 minutos?, pensé.

—Mmm, qué padre tu calamar, manito.

—¡Cállate! — increpó mi hermano al sumergirse en el siguiente programa del canal científico sobre aeronáutica y aerodinámica.

—Nos vemos, tú— le dije en el umbral de la puerta de la recámara.

**

Quimi, después de una hora de convivencia al fin me volteó a ver.

De pies a cabeza, me inspeccionó.

Sonrió con un dejo de mofa que aún después de tantos años no logro olvidar.

—¿Así te vas a ir a la escuela?

—¿Así?, ¿cómo? ¿Está padre, no?— pregunté nerviosa, caminando hacia el espejo de la recámara, mientras con ambas manos me recorría todo el cuerpo, pensé que traía rota la calceta o la falda…

Me paré frente al espejo y observé detenidamente mi imagen con el uniforme de la preparatoria: falda beige, blusa hueso, calcetas blancas hasta la rodilla, zapatos de tacón con correa —como de bailarina de flamenco, dada la moda de finales de los noventas— y un chaleco beige, del mismo tono de la falda.

Sonreí.

Me veía, según yo, guapísima.

El detalle fashionista era el chaleco. Todas las chicas del colegio lucían espectaculares con tal aditamento, se veían elegantes y por eso supliqué a mi madre que me comprara uno.

**

En la primera semana de clases, los directivos flexibilizaron las normas de etiqueta y permitieron que los alumnos usaran chamarras o suéteres ajenos al del uniforme. La siguiente semana, en los pasillos y en la cafetería advirtieron en papeletas la obligatoriedad de los tonos institucionales en la ropa de los estudiantes.

Pensé que no había nada tan in como la chamarra de mezclilla con el uniforme. Las chicas que aprovecharon la semana, consiguieron novio y además, integraron el grupo de las muchachas más guapas de la escuela del turno vespertino.

Yo, obvio, no figuré. No tenía chamarra de mezclilla en aquellos días, y la única que había en la casa era una Levi´s de mi hermano, talla 36, que me quedaba ridículamente grande.

El segundo detalle para andar a la moda en la escuela era el chaleco institucional, el cuál podías resaltar con un listón rojo en la cabeza, con el cuello de la camisa cerrado, o bien, con la camisa desfajada.

El chaleco era, pues, mi única alternativa para formar parte de algunos de los grupos populares del colegio y para tener un novio guapo y tierno lo más pronto posible.

—Mamá, cómprame el chaleco.

—¿Chaleco? ¿Para qué lo quieres?

—Mamá, por favor, se ve súper padre.

—Pero hace calor, te vas a estar asando.

—Te juro que no.

—¿Es obligatorio?

—No, mamá, pero Dania ya trae el suyo, y sirve que me tapo la barriga.

—Ay, Selene, por Dios…

—Mamá, es que todas se ven bien elegantes. Por favor. Por favor…

—¿Selene, estamos a 30 grados y quieres traer chaleco?

—En las tardes sopla mucho el viento.

—¿Cuánto cuesta el chingado chaleco?

—Creo que cuesta 120 pesos.

—Vamos, pues.

Caminamos unas cuadras en el centro de la ciudad hasta la tienda especializada en la venta de uniformes de la preparatoria en la que iba.

—¿Hay chalecos? ¿Hay chalecos?— pregunté desesperada cuando entramos al negocio.

—¿De qué escuela?

—Del Cebetis, por favor.

—¿Qué talla?

—Como para mí.

La encargada me observó y sin decir una palabra se dio la vuelta y se perdió en el fondo de la tienda, donde había cajas, bolsas, telas y otros dos empleados.

Antes de irse a entretener con los anaqueles que mostraban ropa para bebés y listones de distintos colores, mi mamá extrajo de su monedero un billete de 100 y otro de 20 pesos y me los entregó.

La señora regresó y buscó en dos alacenas pequeñas que había junto al mostrador.

—¿Cuesta 120 el chaleco, verdad?

—Ajá.

Vi mis billetes otra vez para asegurarme que tenía el dinero justo para hacer la compra anhelada.

—No tengo de su talla, señorita.

—¿Cómo que no tiene de mi talla? ¿Qué talla soy?

—Es talla grande. Sólo tengo chica y no creo que le quede.

Mi mamá volteó y se integró a la vergonzosa conversación.

—¿Y si me mido la chica, mamá?

Ella movió la cabeza en señal negativa y preguntó a la encargada cuándo llegarían las tallas más grandes.

—En dos semanas.

—¿Lo puedo apartar? ¿En dos semanas, el viernes o hasta el lunes?

—Venga el lunes, señorita. No es necesario que lo aparte, esas tallas casi no se venden.

—No vaya a ser la de malas. Se lo dejo pagado.

**

Aquel lunes me levanté temprano y tras mis deberes, le avisé a mi padre que volvería antes del mediodía.

Regresé a tiempo para terminar mi tarea y le llamé a Dania para avisarle que ya había comprado mi chaleco.

Era casi la una de la tarde cuando me metí a bañar y cuando mi hermano se levantó y se pasó al cuarto de mis papás a ver la televisión.

**

Viré del espejo y observé a mi hermano.

—¿Qué tengo?

—Pues… tu chaleco.

—¿Mi chaleco? Me veo más delgada ¿No? Me tapa la pancita.

—Mmm… más bien…

—¿Qué? ¿Estoy muy elegante para ir a clases?

—Nooooo… con ese chingado chaleco, pareces… pareces…

—…—guardé silencio, tragué saliva ante el fallo que soltaría mi hermano en unos segundos.

—No sé qué pareces…

—Ash… ahí luego me dices, se me hace tarde— dije, y me di la vuelta. No había dado dos pasos, cuando gritó mi hermano.

—¡Ya sé qué pareces! ¡Ya sé!

Me volví sonriendo hacia él y moví las cejas en señal de desesperación.

—¡Pareces gordita frustrada! Ja, Ja, Ja ¡Te ves re chistosa!

Chistosa, el adjetivo calificativo que jamás pasó por mi mente.

Gordita frustrada, la descripción que no esperaba obtener con el maldito chaleco.

**

Sonreí con indiferencia y me di la vuelta, con el ego destrozado, la vanidad moribunda y el amor propio en agonía.

El autobús del colegio se negó a subirme porque iba repleto.

Claro, pensé, con el chaleco me veo más gorda que nunca.

Caminé con la mirada en el suelo mientras crucé la escuela empapada en sudor, entré al salón y sentí las miradas de mis compañeros y el sudor en las axilas escurriéndome por los brazos.

—Hola, Dania.

—Se te ve bonito el chaleco.

Puse mi mochila sobre el pupitre, jalé mi camisa y me saqué el aditamento fashion.

—Toma, ya no lo quiero— le dije a mi mejor amiga, mientras le aventaba el chaleco.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Nada— le dije y corrí a encerrarme al baño a llorar.

Hasta la fecha, no me pongo un pinche chaleco y de esta escena han pasado ya, casi 15 años.