El sábado por la mañana cientos de mamás fueron convocadas en un desayuno. La invitación, firmada por el Comité Directivo Municipal del PAN. En la mesa principal: Gaby Ruiz, Manolo Herrera, los delegados del CDM en pleno. ¿La invitada de honor? Una sola. Susana Riestra. Nadie más.
Ni Genoveva Huerta, ni los otros perfiles del panismo capitalino, ni siquiera figuras simbólicas para guardar las formas. Solo ella. Solo su nombre. Solo sus fotos.
Cualquiera que sepa leer entre cubiertos entiende lo que ese desayuno significa. Y lo que significa es que la guerra abierta dentro del PAN Puebla ya no es rumor de pasillo. Aunque lo nieguen.
¿Cómo llegamos a este punto?
Mario Riestra mantiene en sus esperanzas que cuaje la alcaldía de Puebla para Blanca Alcalá. La operación estaba en marcha, los acercamientos hechos, el guion escrito…
Casualmente hasta después de su misteriosa reunión con Alejandro Armenta, Riestra perdió la emoción en el Plan Blanca.
Cuando Mario Riestra se quedó sin candidata se llenó el vacío.
Y Genoveva Huerta, que de instinto político anda sobrada, se movió. Empezó a operar. Empezó a sonar. Empezó a aparecer como la opción natural para esa alcaldía que quedó huérfana.
Y ahí se rompió el primer acuerdo.
Porque el pacto interno era claro: Geno iba de plurinominal encabezando la lista y, además, de candidata propietaria por el distrito 17, con Susana Riestra de suplente. Esa era la arquitectura. Eso se acordó.
Pero cuando Geno comenzó a moverse Mario lo leyó como traición. Y como traición lo trata.
Pero no se quedó ahí. Genoveva empezó a reportarle directamente a Jorge Romero, el dirigente nacional del PAN, cada una de sus actividades políticas.
Cada evento. Cada reunión. Cada movimiento.
¿Para qué? Para que el Comité Ejecutivo Nacional tome nota de lo que Mario Riestra no hace, de lo que casualmente olvida o de lo que acuerda en Casa Puebla.
Sobre todo, para que Romero registre méritos. Para que, cuando llegue el momento de definir, exista un expediente que diga “Genoveva sí trabajó”.
A eso sumemos que la hermana del dirigente, que ya cargaba con la incomodidad de ir como suplente de Genoveva, decidió que no estaba dispuesta a seguir tragando sapos en silencio.
Así que Mario y Susana se sentaron a trazar estrategia propia:
Susana también va a buscar la alcaldía de Puebla.
Pero no porque crea que va a ganarla. Va a buscarla porque, en política, a veces se apunta arriba para pegar en medio.
Su verdadero objetivo no es la alcaldía. El verdadero objetivo es quedarse con la plurinominal que originalmente correspondía a Genoveva. Y, de paso, con la propietaria del distrito 17 que también estaba comprometida a Huerta.
La lógica del castigo es transparente: si Geno rompió acuerdos primero —dice el argumento— ¿por qué Mario tendría que respetar los suyos?
Si la secretaria general juega para sí misma, el dirigente puede jugar para los suyos. Y los suyos, en este capítulo, llevan apellido Riestra.
El desayuno que encabezó Susy Riestra y para el que usó como sus empleados al Comité Municipal, solo evidenció que están alineados.
Tres lecturas para cerrar
Primera. En el PAN Puebla, los acuerdos valen menos que el papel donde se firman. Eso ya lo sabíamos, pero esta semana se confirma con datos nuevos: el primero en romper —dirá cada bando— fue el otro. Y los dos tendrán razón.
Segunda. Jorge Romero tiene ahora un problema sobre el escritorio que no buscó. La secretaria general le reporta línea directa, el dirigente estatal hace operación contra ella, y el albiazul poblano camina rumbo a 2027 con la artillería apuntando hacia adentro. Tendrá que decidir si interviene o si deja que el incendio consuma lo que pueda.
Tercera, y la más incómoda. Mientras Mario y Geno se devoran a dentelladas, Morena observa. Y lo hace con la tranquilidad de quien no necesita hacer nada extraordinario: solo esperar a que el otro se tropiece solo. Sin disparar un cartucho, sin gastar un peso de operación, le están entregando la capital en bandeja.
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