En la plática reciente que tuve con el gobernador Alejandro Armenta Mier, le pregunté qué pasaba con esos grupos opositores a proyectos como el Cablebús y el Paseo de Campeones.
La respuesta del gobernador fue sencilla: “La gente tiene derecho a no estar de acuerdo y oponerse”.
Eso es un hecho. El gobierno está frente a un dilema con esos grupos de oposición que nos remiten, de nuevo, a la teoría de juegos.
El “equilibrio de Nash” es el punto donde ninguno de los jugadores puede mejorar su situación cambiando de estrategia, siempre y cuando el otro mantenga la suya.
Es decir, es un empate funcional. Nadie gana todo, pero nadie pierde todo. Y eso, exactamente eso, es lo que le falta al manejo del Cablebús en Puebla. En la misma dirección, tanto opositores como gobierno.
Porque vamos a ver. El proyecto del Cablebús lleva meses siendo un ring de boxeo político donde nadie está peleando bien. Ni el gobierno, ni la oposición, ni los colectivos ambientalistas. Todos están tirando golpes al aire. Incluidos aquellos politiquillos que en campaña andarán pidiendo espacios a los mismos medios de comunicación que se la pasan atacando en redes en obvio acto kamikaze.
Del lado del gobierno de Alejandro Armenta, la apuesta ha sido clara: el proyecto va. Avanzar sin detenerse.
La Secretaría de Movilidad clasificó información del proyecto como reservada por hasta cinco años. Los estudios técnicos, el análisis costo-beneficio, el manifiesto de impacto ambiental de Doppelmayr… todo bajo llave.
Y miren, en teoría de juegos eso se llama “información asimétrica”, y es la peor estrategia cuando necesitas legitimidad.
¿Por qué? Porque convierte un problema técnico en uno político. Y los problemas políticos, ya lo sabemos en Puebla, se comen a los proyectos más ambiciosos.
Del otro lado, la oposición no lo ha hecho mejor. Pero para nada…
De inicio atacan a medios de comunicación, aunque lleven las dos agendas. Y los colectivos Hermanos Serdán y Opción Ciudadana promovieron un amparo bajo tres argumentos: falta de consulta ciudadana, protección ambiental y derecho a la información.
Los vecinos de Prados Agua Azul exigieron reubicar estaciones. La escritora Ángeles Mastretta llamó al proyecto una “aberración”.
¿Y qué pasó? Que la quinta marcha no juntó ni 50 personas. La cuarta tuvo que cancelarse porque no llegaron ni a 10.
Se les cruzó la Semana Santa y se les olvidó la movilización, porque, pues, son días de guardar.
El movimiento opositor se desinfla no porque no tenga argumentos —algunos son bastante razonables— sino porque hasta ahora sus alternativas tampoco son viables.
Aquí es donde la teoría de juegos ofrece una salida que, curiosamente, beneficia a todos. Incluyendo al gobierno
Primer movimiento: transparencia como señal costosa
En teoría de juegos, una señal solo es creíble cuando le cuesta algo a quien la emite. Si el gobierno desclasifica los estudios técnicos y el análisis costo-beneficio, envía un mensaje poderoso: “nuestra obra resiste el escrutinio”. Si los datos son sólidos, gana legitimidad de un plumazo. Si no lo son del todo, se obliga a corregir antes de que un amparo lo haga por él. De cualquier forma, la opacidad actual es perder-perder.
Segundo movimiento: cambiar la pregunta
El error de ambos lados ha sido plantear esto como un juego de todo o nada. ¿Cablebús sí o Cablebús no? Esa es una pregunta que solo produce ganadores y perdedores.
La mejor pregunta es: ¿cómo se hace mejor el Cablebús?
Eso convierte el juego de suma cero en uno de suma positiva. Los vecinos de Prados Agua Azul no quieren cancelar el transporte público; quieren que las estaciones no les caigan encima. Eso es negociable. Perfectamente negociable.
Un panel técnico tripartita —gobierno, académicos de la BUAP (que los tiene, y muy buenos en movilidad urbana), y representantes vecinales— con una agenda cerrada sobre diseño y mitigación ambiental resolvería el 80 por ciento de las objeciones legítimas. No es consulta ciudadana abierta, que el gobierno rechazará siempre porque la percibe como mecanismo de veto. Es un espacio acotado donde se discute el cómo, no el sí.
Tercer movimiento: compromisos verificables
Un fideicomiso de reforestación con supervisión ciudadana. Indicadores medibles de reposición arbórea.
Cláusulas contractuales con Doppelmayr que incluyan penalizaciones por incumplimiento ambiental.
Eso se llama “contrato autoejecutante”: no depende de la buena voluntad de nadie, sino de mecanismos con consecuencias reales. Es la diferencia entre prometer y comprometerse.
Cuarto movimiento: darle voz a quien realmente necesita el Cablebús
Porque aquí hay un jugador que casi nadie menciona: los habitantes de La Resurrección, Bosques de San Sebastián, Amalucan. Las colonias del nororiente que hoy hacen trayectos de hora y media para cruzar la ciudad.
Ellos no están en las marchas del Parque Juárez ni en los tuits de las élites.
Pero son los que más tienen que ganar o perder con este proyecto. En teoría de juegos cooperativos, la coalición ganadora no es gobierno contra opositores: es gobierno más beneficiarios más opositores razonables, contra el statu quo.
¿Y qué pasa si el gobierno adopta esta estrategia?
Pues que los opositores quedan ante un dilema revelador.
Si sus demandas son genuinamente ambientales y de transparencia, obtienen exactamente lo que piden: información, ajustes, garantías.
Si su objetivo real es desgastar políticamente a Alejandro Armenta, quedan expuestos al rechazar un mecanismo razonable.
Eso se llama “juego de separación” y distingue a los opositores genuinos de los estratégicos. Y al gobierno le conviene saber quién es quién.
Lo que no conviene —a nadie— es seguir con el juego actual.
Un gobierno que impone sin explicar pierde legitimidad, aunque gane la obra.
Una oposición que solo dice “no” pierde relevancia, aunque tenga razón en algunos puntos.
Y una ciudad que necesita soluciones de movilidad urgentes pierde tiempo.
La jugada dominante en teoría de juegos casi nunca es la confrontación total. Es crear las condiciones para que tu adversario revele sus verdaderas preferencias y luego ofrecer un acuerdo que sea mejor que el conflicto para ambas partes.
Eso se llama equilibrio de negociación.
Y es, con mucho, lo que le falta al debate del Cablebús.
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