Hay funcionarios que entienden el cargo. Y hay otros que entienden el algoritmo. En tiempos donde las redes sociales son parte de la vida pública, nadie pide que los políticos desaparezcan de internet.
Sería absurdo. Hoy comunicar también es gobernar, ya lo hemos dicho aquí.
Mostrar actividades, explicar decisiones, rendir cuentas y mantener contacto con la ciudadanía forma parte del trabajo público.
El problema empieza cuando el funcionario confunde rendición de cuentas con vitrina personal.
Cuando cree que servir es grabarse.
Cuando piensa que la responsabilidad pública se mide en likes.
Cuando el cargo se vuelve escenario para documentar la vida propia, no para transformar la vida de los demás.
Ese es el caso de Armando Zavaleta Romero, regidor de Educación, Deporte y Juventud de Tehuacán. O al menos eso dice su nombramiento. Porque en los hechos, buena parte de la ciudad sigue preguntándose qué hace exactamente.
El sector educativo no termina de ubicar una agenda clara. Los jóvenes no encuentran una política pública que los convoque.
Y el deporte municipal sigue arrastrando los mismos problemas de siempre: instalaciones abandonadas, espacios insuficientes, falta de programas serios y una distancia enorme entre el discurso y la realidad.
Pero eso sí.
En redes hay contenido. Mucho contenido.
Armando decidió que una buena idea era convertir su vida deportiva en una especie de escaparate digital. “Daily vlogs”, entrenamientos, bicicletas, nados, carreras, gadgets, disciplina, triatlón, publicaciones cuidadas y esa estética de influencer fitness que puede funcionar muy bien para vender motivación, pero no necesariamente para justificar un sueldo público.


El tema no es que haga deporte. Al contrario.
Qué bueno que un funcionario se ejercite.
Qué bueno que promueva actividad física.
Qué bueno que tenga disciplina.
Qué envidia pues… Ya quisiera uno su tiempo.
El problema es el tono, el contexto y la desconexión.
Porque el triatlón no es precisamente el deporte más accesible para la mayoría de los jóvenes de Tehuacán. Es una disciplina cara.
Exige bicicleta, equipo, inscripciones, traslados, entrenamiento, alberca, tiempo, recursos y una estructura que el 95 por ciento de la población simplemente no tiene.
Y ahí viene la pregunta incómoda: ¿qué mensaje manda un regidor de Deporte cuando presume una vida deportiva de alto costo en una ciudad donde muchos jóvenes no tienen ni una cancha digna?
No es el dinero. No es la bicicleta. No es el reloj. No es el club. No es su vida personal. Es la falta de sensibilidad política. Un servidor público debe entender dónde está parado. Debe saber que no comunica desde la misma posición que un ciudadano común. Debe tener claro que cada publicación, cada fotografía y cada video también hablan de su criterio, de su empatía y de su lectura social.
Y Armando parece no entenderlo. Mientras documenta su rutina como triatleta, Tehuacán sigue esperando una política seria para el deporte popular. Mientras presume actividad física personal, las colonias siguen esperando espacios dignos. Mientras sube contenido de entrenamiento, los jóvenes siguen esperando oportunidades reales de participación, cultura, deporte y desarrollo. Ese es el contraste. El servidor público frente al influencer. El regidor frente al creador de contenido. La obligación frente al ego. La responsabilidad frente al espejo.
Y el problema se vuelve todavía más grave cuando se recuerda cómo llegó. Armando Zavaleta no es un joven que haya emergido de una lucha social visible, de una trayectoria territorial profunda o de una causa ciudadana construida durante años.
Es hijo de Olga Romero Garci-Crespo, todavía dirigente estatal de Morena Puebla, una mujer que en el discurso habla de principios, de movimiento y de transformación, pero que en la práctica ha cargado con señalamientos de nepotismo, acomodos familiares y uso político de espacios.
Ahí está la contradicción. Morena dice combatir los privilegios. Pero en Tehuacán aparece el hijo de la dirigente como regidor. Morena habla de pueblo. Pero el regidor parece más preocupado por su marca personal. Morena presume jóvenes transformadores. Pero aquí lo que se ve es a un joven funcionario atrapado entre el cargo público y la vanidad digital.
No basta con ser joven. No basta con correr. No basta con grabarse. No basta con repetir frases de la Cuarta Transformación en publicaciones de redes sociales. La política exige más. Exige trabajo. Exige agenda. Exige resultados. Exige sensibilidad. Exige entender que una regiduría no es beca, premio familiar ni plataforma de exposición personal.
El gobernador Alejandro Armenta ha abierto espacios a jóvenes. Hay un grupo fuerte de muchachos en la política que están robando escena. Y qué bueno. Con esto han mandado señales claras de renovación, de incorporación generacional y de confianza en nuevos perfiles.
Pero precisamente por eso los jóvenes que reciben oportunidades deberían tener más cuidado, más disciplina pública y más conciencia del cargo. Porque cuando un joven llega por capacidad, honra la oportunidad.
Pero cuando llega por apellido, tiene que demostrar el doble. Y Armando no parece estar demostrando demasiado.
Puede subir fotos. Puede grabar vlogs. Puede correr kilómetros. Puede nadar en clubes.
Puede presumir gadgets. Puede documentar su vida saludable. Pero la pregunta sigue intacta: ¿qué ha hecho como regidor para que el deporte, la educación y la juventud de Tehuacán estén mejor?
Esa es la única métrica que importa.
No los likes. No los comentarios. No las historias. No las medallas personales. No los entrenamientos. Resultados.
Porque Tehuacán no necesita un influencer con sueldo público.
Necesita servidores públicos que entiendan que el deporte no empieza en una bicicleta de cientos de miles de pesos, sino en una cancha iluminada, en una escuela atendida, en una colonia con espacios, en jóvenes organizados, en programas reales y en políticas que lleguen a quienes nunca podrían pagar un triatlón.
Ese es el verdadero reto. Y por eso incomoda tanto la exhibición.
No porque Armando haga deporte, sino porque parece no entender el privilegio desde el que lo presume.
No porque use redes, sino porque las redes parecen tener más vida que su trabajo público.
No porque sea joven, sino porque representa una forma de política juvenil vacía: mucho video, mucha pose, mucho evento, mucha foto, pero poca transformación real.
Al final, la pregunta es sencilla. ¿Armando Zavaleta quiere ser servidor público o influencer? Porque puede intentar ser ambas cosas. Pero si el cargo solo sirve para alimentar la imagen personal, entonces Tehuacán tiene derecho a reclamarle.
La juventud no necesita otro político de selfie.
El deporte no necesita otro funcionario de aparador. La educación no necesita otro regidor que llegue a tomarse fotos. Y Morena no necesita otro ejemplo de nepotismo disfrazado de renovación. Un poco de coherencia no le vendría mal. A él. Y a quienes lo pusieron ahí.
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