03 de Agosto del 2020

Fanáticos de izquierda, fanáticos de derecha

Por Fernando Montiel T. / /
interior hades

Si uno se asoma al universo de la ira en el que se ha convertido la esfera pública, tras las ofensas iniciales contra las personas y sus posiciones políticas, llega el ataque contra su ideología y las fuentes de la misma, y es entonces que relucen frases como:

– Eres de derecha, seguro eres lector de Krauze.

Y a mí no deja de parecerme extraña esta descalificación: yo leí Krauze por ahí de 1998 –y lo leí mucho– y encontré su trilogía -de Siglo de Caudillos, pasando por Biografía del Poder hasta La Presidencia Imperial- francamente entretenida. Y lo mismo me pasó con Vargas Llosa: de La Ciudad y Los Perros a La Guerra del Fin del Mundo pasando por La Tía Julia y el Escribidor y La Fiesta del Chivo me parece un buen novelista, sin mucha inclinación a la derecha en su literatura.

¿Y entonces? Bueno pues ocurre que una cosa es la técnica y otra la política y Krauze y Vargas Llosa pareciera que son mejores para lo primero que para lo segundo: uno es mejor historiador que politólogo, y el otro, mejor novelista que analista social. En ambos casos intelectuales balanceados: lo que construyeron con la técnica de su mano izquierda lo destruyeron con la política de su mano derecha.

Pero estas distinciones parecieran ya no existir en el siglo XXI, el matiz y la disección, la distinción y la gradación para tratar de construir una posición que no sea totalitaria ha desaparecido por igual en la izquierda que en la derecha regresando el discurso –al menos de manera formal– a los tiempos de la Guerra Fría:

Somos cristianos y somos mexicanos ¡guerra! ¡Guerra contra López Obrador! –canta la derecha en sus "marchas" en coches reviviendo a los Tecos de Guadalajara y a los Fúas en Puebla a 50 años de su extinción.

Y es que tal vez en el fondo ese sea precisamente el problema: faltan referentes.

A una militancia de izquierda que no leyó Derrota Mundial de Salvador Borrego, La Gran Estafa de Eudocio Ravines o La Revolución de la Reforma y La Revolución Mundial de Salvador Abascal, es fácil venderle que cualquier crítico de López Obrador es de derecha.

Y en el otro lado del espectro ocurre lo mismo: ¿López Obrador comunista? Claramente nunca han leído La Guerra de Guerrillas del Ché Guevara, El Manifiesto Comunista de Marx/Engels, Los Cuadernos de la Cárcel de Gramsci o cualquier cosa de Rosa Luxemburgo. A una militancia de derecha que prefiere seguir en el analfabetismo político para no pecar con la lectura es también muy fácil venderle lo que sea.

Lo que queda entonces es una hipocresía flagrante y vergonzante de unos y de otros.

Son hipócritas en la izquierda porque, pese a quién le pese, pareciera que Jorge G. Castañeda tenía razón cuando escribía en La Utopía Desarmada –libro que le ganó su expulsión de las filas de la izquierda- que el futuro de la izquierda está en el reformismo y ya no en la revolución. ¿Hipócritas? ¿Dónde está la hipocresía? En dos lugares: primero, en no reconocer que su archienemigo del presente (ese que fue su aliado en el pasado) tenía razón: la izquierda actual en prácticamente todo el mundo avanza más por la vía de la reforma que por la vía de la revolución; y en segundo lugar –derivado del primero- en que fuera del EPR y algunas otras células político-militares, al menos en México, los radicales de izquierda sólo lo son en el discurso pero no en la acción.

Y en la derecha no es diferente: hipócritas porque en su ignorancia deliberada saben que sus acusaciones no se sostienen: el fantasma del comunismo con el que azuzan y por el que hacen el ridículo un día sí y el otro también sólo existe en sus mentes y no en la realidad; hipócritas porque saben que sus argumentos no son tales, e hipócritas porque prefieren su analfabetismo funcional que reconocer y salir del error.

Fanáticos de izquierda y de derecha, hipócritas todos: radicales en el discurso pero tibios en la acción.

Tal vez esté bien así, podría ser peor.

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