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Enrique Agüera Ibáñez siempre tiene algo que esconder.
Siempre ha tenido algo que ocultar.
De pronto en los medios de comunicación y en las revistas sociales, Enrique Agüera era otro.
Nadie podía cuestionarle ese cambio de rostro.
Nadie.
Fue, para variar, el viejo cuento El traje nuevo del emperador de Hans Christian Andersen que se apoderó de él.
A Enrique Agüera no le gusta la crítica, cuando una publicación o comentario sale en contra suya inmediatamente lo manda a desaparecer o a comprar toda la edición completa para no afectar su imagen.
A sugerencia directamente de él, ha llegado a pedir cabezas de reporteros que osan cuestionar a su eminencia.
La tolerancia no es algo que está acostumbrado. No soporta la crítica.
Es por eso que la semana que pasó fue negra, oscura.
Acostumbrado a los reflectores se enfrentó con otra realidad que no estaba ambientado: la política real.
La semana pasada por fin el periódico Reforma se pudo documentar que su familia tiene una propiedad en Miami que cuesta millones de dólares.
Se volvió a dar cuenta de su adquisición de propiedades millonarias en Playa del Carmen con Carmen Aristegui. Muchos conductores de noticias retomaron la escandalosa vida de Agüera y la cereza del pastel: durante su mandato al frente de la BUAP no pagó las retenciones del Impuesto Sobre la Renta (ISR) por dos años en una suma total de 63.7 millones de pesos, en un excelente reportaje de Arturo Rueda y Héctor Hugo Cruz del diario Cambio.
Por supuesto que la respuesta del agüerismo fue retirar tanto el periódico Reforma como el periódico Cambio, como una política muy de los años setenta.
Y es ahí lo más grave, no sólo la obra estrella del agüerismo –el Complejo Cultural Universitario- la puso en riesgo al estar embargado por el SAT, sino hasta el voto de muchos trabajadores universitarios que podrían cobrársela el día de la elección.
Durante su mandato al frente de la Casa de Estudios, muchos se enteraron de los gastos y el estilo de vida que se daba Agüera.
Muchos fueron testigos de su colección de autos de lujo, de sus casas, de su rancho en Valsequillo, de su supuesto avión que está en un hangar del aeropuerto de Toluca el cual, según un reportaje de la Revista Contralínea de enero del 2007 “está marcado con el número de serie NA748TS, el avión modelo Hawker Siddley (…) Según consta en documentos en poder de Contralínea Puebla, este aeroplano de 8 plazas, cuyo costo es de 1 millón 900 mil dólares en el mercado, es utilizado con frecuencia por el rector Enrique Agüera Ibáñez”.
El ejercicio del poder siempre representa un desgaste natural. Siempre representa despidos, gritos, regaños y a veces hasta humillaciones a los subalternos, quienes, para evitar problemas terminan cediendo, a veces con o sin razón.
¿Cuántos trabajadores de la UAP aceptaron todo este tipo de acciones de parte de su jefe?
¿Cuántos tuvieron que sonreírle y aplaudirle para evitar ser despedidos?
¿Cuántos tuvieron que adularle aunque en el fondo sentían una rabia u hostilidad que debería ser guardada en el ánimo de seguir comiendo?
Muchos universitarios bajaron el perfil al darse cuenta de la aplanadora y del riesgo que era enfrentarse al rector.
Alinearse o no comer, ese era el dilema.
¿Cuántos trabajadores no sólo de la UAP están en problemas por sus retrasos con el fisco, por problemas en el buró de crédito, cuántos tienen que llevar la leche para la chata y conformarse con lo que cobran?
Mientras que el ex rector no tiene preocupaciones económicas.
Existirá un voto contra Agüera el día de la elección, pues no todos los empleados universitarios, como lo han querido vender, sufragarán por él.
Es natural. Los votos de castigo se dan en las urnas. Y Agüera se enfrentará a su verdadero referéndum.
Porque aunque sigue manipulando la universidad desde afuera, a través de su amigo, Alfonso Esparza.
De ganar la elección crearía una nueva corriente al interior del PRI que incluiría a la máxima casa de estudios.
Pero de perder, será el fin de una era.
Ya que Esparza deberá, si es que quiere salvar el pellejo, empoderarse.