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En el marco del 60 aniversario del voto de la mujer en México, el gobernador Rafael Moreno Valle presentó una propuesta para que los partidos políticos entreguen el 50 por ciento de sus candidaturas a las mujeres. La iniciativa de Moreno Valle se puso a discusión legislativa en escasos días. Con inédita rapidez.
Sin embargo, el discurso de inclusión y de apertura para las mujeres en la política quedó evidenciado por el diputado priista Gerardo Mejía, quien propuso extender la iniciativa del gobernador a las planillas de regidores para dividir en 60 y 40 por ciento indefinidamente en ambos géneros. Entonces, el clamor llegó.
El PAN puso el grito en el cielo. Pero lo preocupante es que fue una mujer la que se opuso a incrementar la cuota de mujeres en las planillas de regidores. La legisladora Josefina Buxadé detuvo la discusión sin argumento válido de por medio. Una mujer fue la que atentó contra las propias mujeres.
La salida de Buxadé fue que antes de aprobar semejante aberración de imponer una cuota de género en las planillas de regidores, primero debe “consultarlo” con su coordinador Mario Riestra.
Sí es posible discutir la entrega del 50 por ciento de candidaturas, pero no de regidurías, según Buxadé. Y es comprensible, pues la señora diputada obedece lo que le manda a hacer Rafael Moreno Valle y como el mandatario no extendió su propuesta a las planillas para los Ayuntamientos, pues no hay forma si quiera de discutirlo.
El triste papel de Buxadé en la LVIII Legislatura cada vez se ahonda más. Y los diputados salientes son incapaces de tomar decisiones sin la venia del gobernador. ¿Para qué queremos más mujeres como legisladoras o menos hombres, si al final, los diputados actúan como empleados del gobernante en turno?
El género, como lo evidencia Buxadé, no es la respuesta para la democracia ni para la República ni para la división de poderes. Es puro discurso y mal hecho, por si fuera poco.