La noción del PRI como un “dinosaurio” sigue vigente. La senadora Beatriz Paredes fue recibida en Puebla por los militantes que tuvieron su vieja gloria entre los setentas y los noventas, hoy olvidados por la nueva generación.
Las paredes del Centro Mexicano Libanés pudieron recordar un poco su vieja grandeza, cuando recibían a fuerza políticas y económicas en su salón principal
El encuentro con Beatriz Paredes en Puebla no fue la gran pasarela de la época dorada, sino más bien una vieja gala de quienes, hace décadas, compartían mesa en las dulzuras del poder.
Las comilonas en el salón alfombrado han quedado como cosa del pasado. Esta vez, los asistentes tuvieron que conformarse con pequeñas botellas de agua, algunas maltratadas, todas ellas de una marca poco conocida.
Las portes altivos y carteras regordetas de ayer, hoy ingresaron al Centro Libanes con la espalda encorbada, con la lentitud que solo es posible en la tercera edad. Con la luz del ocaso a sus espaldas, los viejos casiques priistas avanzaron con sus cabelleras blancas y brillosas, algunas con pecas, y con amplios bigotes canosos.
Es la gente de Alfredo Toxqui Fernández de Lara, de Guillermo Jiménez Morales, ambos gobernadores de Puebla en los periodos 1975-1981 y 1981-1987. Si acaso, el más vigente fue Melquiades Morales Flores, mandatario entre 1999 y 2005 que tuvo una buena recepción.
Y con ellos, algunos de los liderazgos de CTM, encabezados por su dirigente, Leobardo Soto Martínez.
Solo asistieron un puñado de priistas que aún tienen presencia en la vida pública de Puebla. Es el caso de Lucero Saldaña Pérez y Blanca Alcalá Ruíz, las pocas que se mueven entre los antiguos y nuevos militantes.
Otro de vigente es Juan Carlos Lastiri Quirós, ex funcionario que tuvo la soga en el cuello por su vínculo con la Estafa Maestra.
El desaire de la dirigencia del PRI en Puebla
Acaso la imagen de Beatriz Paredes en Puebla es el mejor ejemplo de esta militancia empolvada. La senadora ingresa al Centro Libanes apoyada en su bastón, cuidando el paso mientras saluda a los amigos, a quienes desconoce o ya no recuerda.
Su amplio vestido rojo con bordados la distingue de los trajes café y las blusas de puntos negros que llevan la mayoría. Aún con su andar lento, la senadora parece un ser extraño, novedoso, sumamente contemporáneo, que contrasta con las paredes de madera y los candelabros de aquel salón que parece haber quedado en la gloria de otro tiempo.
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–Puebla abraza a Tlaxcala, y yo he sentido ese abrazo toda mi vida. Me ha protegido ese abrazo –dice Beatriz Paredes en su conversario y comienzan a aplaudirle.
Reconoce el apoyo que ha recibido de estos priistas a lo largo de su vida. No puede pasar por Puebla, sin agradecer a Melquiades Morales.
–Saludo con mucha gratitud la presencia de Melquiades Morales, de Socorro, de Mariano Piña, de Patricia. Muchísimas gracias.
Beatriz Paredes pasa por la débil aduana del priismo en Puebla, sin el cobijo de la actual dirigencia, encabezada por una nueva generación de priistas.
No estuvo el dirigente estatal, Néstor Camarillo Medina, ni el coordinador de diputados, Jorge Esteban Chidiac. Tampoco, el resto de los líderes actuales que, en cambio, asisten ceremoniosos a otros eventos del partido.
Su ausencia en el evento de la senadora, ocurre en un momento en que la dirigencia es fiel a Alejandro Moreno Cárdenas, a quien Beatriz Paredes criticó por su ampliación de mandato en el PRI. Entre tanto, Beatriz Paredes seguirá recorriendo el país con sus conservatorios, para pugnar por la candidatura a la presidencia de la República.
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