Tiempo bala iniciático

Dicen que mentalmente, en un tris, hacemos un recuento sintético de lo que ha sido nuestra vida cuando se está al borde de la muerte o ante un peligro inminente de proporciones desconocidas.

Los que saben afirman que esa especie de película que corre a velocidad luz es producto de la llamada “respuesta de estrés”.

En microsegundos recibimos una cascada de componentes autonómicos, neuroendocrinos, metabólicos y del sistema inmune.

Dicho en otras palabras, en algo más rápido que el despegue de un cohete, que la velocidad imaginaria de cualquier superhéroe, nos drogamos, nos alistamos para lo que venga y, a riesgo de caer en juegos confusos de palabras, somos otros, porque lo que somos está en riesgo y no hay marcha atrás.

En esos momentos entramos a dimensiones psicológicas, físicas y trascendentes que pocas veces exploramos, porque existe un adormecimiento de lo que somos  capaces, modorra que de no estar presente detonaría una realidad muy diferente a lo que llamamos normalidad.

No quiero hablar por todos, pero creo que muchos viven esos estados ampliados de conciencia, porque no faltan en la existencia los peligros, los accidentes, las enfermedades mortales, los desvaríos y los espasmos de lucidez.

Hace poco viví uno de esos pasajes.

El pasado fin de semana, de la nada un vehículo embistió al auto de alquiler en el que me transportaba.

Un fuerte ruido precedió a un impacto mayor.

Pérdida total de ambos automóviles.

Las imágenes del percance bien hubieran dado pie a lucubrar un atentado si yo estuviera vinculado con la política o ese tipo de cosas, porque el golpe fue precisamente al lugar en el que tranquilamente esperaba llegar a mi destino.

Otra vez esa sensación en la que todo pasa tan de prisa que da la impresión como si el tiempo transcurriera en diferentes capas.

Tan rápido son los acontecimientos que, mientras afuera la araña de la ventana izquierda de la fachada gris teje su nido, el agobio del vapor acumulado del vendedor de camotes y plátanos escapa produciendo el inconfundible ruido que hace las veces de promocional, y el ladrón logra el clic urdido de la cerradura que impide su paso; en el recoveco más profundo de la nuez cerebral se hace un chispazo en formato de juez que nos prepara para el peligro en curso.

Y todo en un chasquido cualquiera.

No puedo evitar jugar con el dicho tan común que dice: “todo cabe en  un jarrito sabiéndolo acomodar”, y generar otro que bien podría decir: “todo cabe en un tris cuando no queda de otra”.

En  un instante equis de la línea sucesoria temporal el plano siguiente nos puede alcanzar.

Reflexiono y recapitulo.

Ahora tenemos varios recursos para explicar didácticamente lo que sucede en los kilómetros u horas congeladas de un segundo.

Tiempo bala (bullet time) es la técnica visual que en el cine ha permito representar momentos y sucesos de extrema velocidad como el trayecto de una bala o los mil pedazos que siguen a  una explosión.

Entre el tiempo bala y la premura con la que existimos, sometemos a la mente/corazón a un estrés que nos resta vida, a menos que sirva didácticamente de experiencia que nos potencie a través del autoconocimiento y la toma de conciencia de la volatilidad de la vida.

La vida pasa tan de prisa / que en cada parpadeo, / en cada paso, / en cada latir, / poco a poco / se desgrana la existencia, / hasta que el pálido olote / queda como efímero vestigio / de lo que fue y no fue, / de lo burdo que es el envase / que contiene nuestro ser. / La vida pasa tan de prisa / que cuando despertamos / ya nos vamos, / que aramos y aramos / tratando de abrir los ojos, / pero poco conseguimos / si nos aferramos a la masa, / si renunciamos al aquí y al ahora, / si no desentrañamos cada misterio. / La vida pasa tan de prisa / que cuando termines de leer este poema / te quedará menos existencia / y tal vez, / tal vez / —si es que despiertas—, / recargues una “rayita” de batería. (Tan de prisa. APR. 2019).

Y ahí, en medio de trozos de cristal, bolsas de aire activadas, fierros retorcidos y neumáticos colapsados, sucede otra vez la magia de la arquitectura que somos.

Aún sin interrumpir la música de la playlist pregona — predice, profetiza o sentencia— en voz de Bumbury:

No conseguirán engañarnos a todos / aunque a veces parecemos tontos / no conseguirán engañarnos a todos / a todos nooo… (Parecemos tontos. EB. 2017).

Respiro profundamente, evito el llanto, pero una lágrima me traiciona; abunda el agradecimiento aunque no lo verbalizo, miro a lo alto, estrellas y más estrellas. A mi lado también una.

aullar por cada estrella / pedir perdón en silencio / mirar para adentro / aguardar la voz / con retraso / esperanza y compasión / para todos / sobre todo / para mí ( Indulgencia estelar. APR. 2022).

Aún sin reponerme del todo veo que mis acompañantes estén bien.

Tomo el teléfono móvil del conductor, cruzo la oscura avenida para filmar el coche del conductor responsable.

Cada pisada mía cruje con los plásticos, cristales y metales que como confeti tapizan el asfalto.

Poco más de dos horas para que concluya el primer episodio de una historia que se escribió a los pocos minutos de concluido el día de San Juan.

Estoy bien, porque estoy con vida igual que el conductor y mi acompañante.

Pero apenas empieza un largo camino de rehabilitación y secuelas a las que habrá que sobreponerse con terapias, meditación y mucha introspección.

Pasado ese primer impacto no borro de mi mente esa especie de vórtice que se abrió aquella noche.

Portal que se abre con lo que las abuelas llamaban “espanto” y que se cierra —aunque no totalmente— con el paso de los días, quizá años, después de terapias y asimilaciones multinivel.

Algo muy parecido a lo que dicen es otra dimensión sentí aquella noche después de ese tiempo bala iniciático

Estoy convencido de que será para bien.

Estoy agradecido con la vida por haberme dado otra oportunidad de seguir aquí, con mis órganos y extremidades completas,  y por haber estado ahí, en ese preciso momento. Quizá algún día les platique por qué.

Perdón extendido para quien con su distracción o irresponsabilidad me marcó con una experiencia tan significativa que la incorporo a mis momentos inolvidables de la vida cotidiana.

Por mis venas corre polvo de estrellas / soy punto en la circunferencia / soy la confluencia de la vastedad y lo microscópico / soy el aquí y el ahora / de los tiempos que se pierden / en la retahíla sucesoria / … / soy yo reconociéndome Hijo de la Luz y de las Sombras / soy yo consciente de mí / de mi tiempo y de mis circunstancias / el paraíso y el infierno están en mí soy yo y nadie más / nada me moverá de mi refugio interno / pese a los más grises presagios / y a los días aciagos infaltables… (Polvo de estrellas. APR. 2021)

Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) es escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com  #abelperezrojaspoeta

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Abe Pérez Rojas

Abel Pérez

Es doctor en Educación, creador de la plataforma de Saber sin fin, en la cual se difunden contenidos de cultura como literatura, música y mucho más. Es poeta y escritor, ha conseguido diferentes premios...