The Batman: un murciélago que parece distinto, pero no lo es

Existe una apreciación casi unánime sobre la versión de Matt Reeves del justiciero nocturno. Abundan las voces que la consideran una adaptación a la altura de El caballero de la noche, de Christopher Nolan. 

En efecto, es refrescante recuperar a Batman en su primera función de detective. Otro acierto es, quizá, restituirlo como un ente omnipresente, cuya noción de estar presente infringe temor en el hampa de Ciudad Gótica.

También lo es, particularmente para sus incontables fans, circunscribirse a la versión del Año Dos, donde el justiciero avanza atropelladamente en mejorar sus habilidades y herramientas, como es la primera presentación de un batimovil rudimentario, así como basarse en la estética del traje-armadura propuesto en la trilogía de Arkham, en los videojuegos.

Y es en este punto donde nos estrellamos con aquellos aspectos del filme que no quisieramos reconocer y que, sin embargo, se encuentran ahí.

Vayamos por partes…

The Batman se apropia descaradamente de la propuesta vista en películas como SevenZodiaco, pues no solo replica la estructura detectivesca de ambas, sino que, en el caso particular de Seven, incluso imita la estética de una ciudad de lluvia perpetua, otro elemento que también es un lugar común dentro del género.

Habrá quienes extremen lanzas y objeten que justamente se trata de apegarse a un estilo o, incluso, de un homenaje a ambos filmes. Es necesario subrayar: el “homenaje” puede ser una falta de criterio, de originalidad.

Entrados ya en los chiclés, hay que considerar que The Batman reutiliza la tensión erótica entre el justiciero y Gatubela, empleada de una manera forzada en un efímero romance que explota de forma inverosimil tras mínimos acercamientos.

Volvemos a lo mismo: efectivamente, se trata de un comportamiento que mantiene coherencia con la relación de ambos personajes en los comics, pero la falta de renovación en este mismo tratamiento lo hace predecible y carente de tensión dramática, entendida esto último como una manera de generar un interés donde el espectador incluso desee que ambos coincidan en un beso.

A esto se suma el patetismo de un necio Bruce Wayne, aislado y a la vez implicado con el mundo, que no deja de figurar como una estampa, un objeto que solo está presente por su obligada conexión con el enmascarado.

Insistimos en este punto ya que el personaje carece de una profundidad en la película de Matt Reeves. No hablamos de que Bruce Wayne tenga pensamientos “profundos”. Más bien, a que difícilmente podemos ver quién está detrás de la máscara, cómo es el humano que cada día debe cargar con la existencia de una ciudad, fuera de un visible agotamiento y enojo no desarrollado.

Hablamos de entender al protagonista sin una voz en off, con clichés sobre la justicia, de verlo interactuar siendo millonario, pues solo entendemos escuetamente sobre su comportamiento rebelde-justiciero cuando se coloca la máscara, es decir, no viéndolo.

Sí, es una propuesta que guarda las mejores intenciones por mostrar un Batman distinto, una película de héroes ajena al común denominador, pero en el intento se descuidaron detalles narrativos que propiciaron el desarrollo trivial de una historia con potencial.

Claro es que la propuesta de arte de The Batman es monumental, sumada a una edición que preserva el suspenso y un ambiente gótico. Son estos factores los que principalmente rescatan al filme como una propuesta distinta y renovada.

Dejando de lado estas dimensiones igual de importantes, encontramos una estructura simple, rica en la arquitectura de causa-efecto que define al género detectivesco, pero escueta en el desarrollo de sus personajes.

Habrá que ver si el plan es ampliar a Bruce Wayne, a Alfred, a Celina Kyle, en alguna próxima entrega. Todo está en “veremos”.

La persona y la cámara.