Olga, su familia primero…

Imagínese la suerte de nacer en la familia correcta.

Su mamá fue diputada local, luego presidenta estatal del partido en el poder y, desde ambos cargos, encontró la manera de procurar políticamente a los suyos.

Una madre ejemplar, dirían en el rancho.

El pequeño detalle es que la política no debería servir para eso.

Olga Romero, la todavía dirigente de Morena en Puebla, presume a sus hijos como quien presume trofeos.

A Francisco lo presume de estratega, lo asume como coordinador y acompañante permanente en recorridos, reuniones y caminatas que, oficialmente, no son campaña, aunque cada día se parezcan más a una.

A Armando le consiguió su primera chamba. Algo nada modesto. Ser regidor de Educación, Juventud y Deporte en el Ayuntamiento de Tehuacán.

Sin fila, sin esfuerzo, sin sudor. Pero también sin peso alguno y sin convocatoria.

El cargo, según se comenta cada vez con mayor fuerza en el municipio, le quedó enorme.

Sus resultados más visibles son reels haciendo ejercicio, fotografías en desayunos y apariciones en eventos sociales.

Mucha cámara, poca política pública.

Mucho “véanme” y likes, pocos resultados.

Eso sí: cuando alguien se atreve a cuestionar su trabajo, la respuesta es queja, rencor y ardor.

La piel delgada es, al parecer, otra herencia de familia.

Qué suerte la de los muchachos de Olga Romero.

Mientras miles de jóvenes tehuacaneros buscan una oportunidad a punta de capacidad, preparación, muchas calles recorridas y experiencia, ellos nacieron con el único mérito que en este entorno importa: ser hijos de Olga Romero.

Pero la familia política no termina ahí.

En la política tehuacanera se habla también del todavía esposo de la dirigente, quien busca acercamientos discretos con alcaldes y aspirantes, ofreciendo el respaldo político de su esposa a cambio de prebendas en Morena.

Es una versión delicada que, por el bien de Morena, la propia Olga debería aclarar antes de que el rumor termine convertido en un escándalo más para ella, como si no le bastara con el pleito por la herencia de Socorro Romero.

Y en Tehuacán la especulación va todavía más lejos. Nadie sabe qué terminará dañando primero la aspiración de Olga, si las operaciones atribuidas a su esposo o las versiones sobre una relación extramarital que habría llevado a este a meter a la tercera en discordia a la nómina de la regiduría de su hijo.

Así como se lee. La nómina pública del Ayuntamiento de Tehuacán como regalo sentimental para una tercera en discordia.

¡Bien modernos! Y qué tiene…

Que quede claro, no se trata de juzgar la vida privada de nadie.

Se trata de preguntar hasta dónde llegan los intereses personales cuando se mezclan con cargos, candidaturas, nómina pública y decisiones políticas.

La ironía es redonda.

Mientras Morena asegura combatir el nepotismo y cerrar el paso a los privilegios —con reformas, discursos y hasta acuerdos de su Consejo Nacional—, su dirigente en Puebla parece empeñada en demostrar lo contrario.

Habla de principios, pero administra cercanías.

Presume estatutos, pero su entorno se mueve como si el partido fuera propiedad familiar.

Y todavía hay más.

Olga jura y perjura en entrevistas que no busca la alcaldía de Tehuacán, que el “99.9 por ciento” de lo que se dice de ella no es verdad.

Las bardas con su nombre, los recorridos, el hijo regidor y el otro hijo apuntado a una diputación cuentan una historia distinta.

La política no debe ser una agencia de colocación para hijos, parejas, amigos e intermediarios. Tampoco una moneda de cambio para negociar respaldos en lo oscurito.

Pero Olga Romero insiste.

Y así, Morena se pone el pie desde su propia dirigencia.

La cabeza formal del partido en Puebla se convirtió en una cabeza de papel: ocupa el cargo, contradice sus principios y debilita la marca que debería cuidar.

Olga quiere Tehuacán. Su familia quiere conservar influencia. Sus cercanos quieren espacio.

La pregunta es si la ciudad de Tehuacán está dispuesta a pagar la cuenta.

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