Ay Selenita, apenas terminé ya bien tarde, solito, casi de medianoche en la oficina de CENTRAL.
La neta, tú sabes bien que, desde la muerte de mi mamá, jamás me ha dado miedo quedarme solo.
Cuando mamá falleció, dejé de voltear por encima del hombro en una calle oscura.
Y cuando nos faltaste tú, el sentimiento se recrudeció.
La indolencia al silencio, a la oscuridad y a la soledad se me fue al máximo.
Y el silencio, de noche en la redacción, es algo relajante. Se disfruta. Me quedo escribiendo a veces sin música porque disfruto el silencio.
Hasta que en el zumbido de las notificaciones constantes en el celular lo revientan.
Fíjate que es bien curioso cómo vivirías en estos días de furia que han sido los del 2025. Llenos de notificaciones, de noticias constantes, de información sin sentido, una tras otra.
Está por cerrarse un violento 2025 que no ha dejado espacio para los respiros necesarios.
Cierro los ojos e intento recordar a qué olía el 2016, cuando te nos fuiste.
No es un ejercicio de memoria histórica, sino una tortura autoinfligida, de nostalgia por la falta que nos haces tú y la falta que nos hace la calma con la que todavía se vivía entonces.
Tú apenas viste un poco de la furia que llegó con las redes sociales y la hiperaceleración de la vida. Parece que fue muchos, pero solo han pasado nueve años.
Nueve años que se sienten como si alguien hubiera acelerado la cinta de la película hasta romper el mecanismo.
En 2016 podías estar todavía en una cafetería, de esas que todavía te servían el café en una taza de cerámica pesada y despostillada. Los menús no eran códigos QR pegados a la mesa.
Todavía en 2016, cuando tú estabas, se esperaba haciendo nada.
No estaba haciendo doomscrolling en una red social saturada de videos de tres segundos, diseñados para freírme la dopamina.
Teníamos esos espacios vacíos que hoy rellenamos “generando contenido”.
Cuál contenido… Exhibir la vida vacía en todas sus cuentas de redes sociales no es contenido. Es ruido, como una hiperproductividad tóxica que nos persigue hasta el baño.
En ese entonces, las fake news apenas aparecían. La realidad todavía se sentía sólida, tangible. Ahora te espantaría de los deep fakes. Hoy la Inteligencia Artificial suplanta imágenes, voces, personalidades…
Todavía íbamos al cine. Te pedías unas palomitas cheddar –no te espantes, ya no hay, pero hay unos sabores más locos que te encantarían– te metías a alguna de las funciones del Tour de Cine Francés, que terminabas recomendándole a Irlanda.
Ahora si vieras… Después del boom de las plataformas de streaming, nos pasábamos cuarenta minutos navegando en un océano infinito. ¿Y sabes qué termino viendo siempre? Algún episodio de Game of Thrones.
Todavía te tocó escuchar la música completa; hoy, si una canción no explota en los primeros diez segundos, el algoritmo la entierra y nuestro dedo la salta. Es un horror. Tienen que ponerse de moda en Tiktok para que la gente las voltee a ver. Uy y pérate… ahora hay algo que llaman “corrido tumbado”, que, para cantarlo, el requisito es tener una voz horrorosa. Bueno, ya nos iría mejor en el karaoke con una de esas.
Podría seguir con cosas que detestarías, como el home office. O que ahora la gente ya no lee para “informarse” en TikTok. Bueno, quizá tú también habrías caído en las garras del TikTok.
Pero el mayor horror es que la vida diaria ha perdido su fricción, su calor. Ahora, hasta perderte en la ciudad no es tan posible, porque yo, por ejemplo, me he vuelto adicto al GPS para saber por dónde evadir el tráfico. Déjame decirte que ya pocas veces se logra.
En 2025, estamos perpetuamente conectados, rodeados de voces digitales, de influencers que fingen ser nuestros íntimos, sin embargo, nunca habíamos estado tan aislados. Tan solos.
Y que, por cierto, últimamente dan recomendaciones a cambio de comida. Casi nunca acertadas.
Quizás me estoy haciendo viejo, o quizás el 2016 fue, sin que lo supiéramos, el último año en que fuimos verdaderamente humanos antes de convertirnos en usuarios. Fue también el año en que te nos adelantaste.
En Spotify, otra de esas cosas a las que me hice adicto, me salió random una canción que seguramente te habría gustado. “En el próximo Big Bang”, de Wicho kun.
“Con suerte nos veremos en el próximo Big Bang”, dice la rolita.
Y sí, con suerte algún día nos veremos. Mientras tanto anhelo mucho esos años previos al 2016, cuando todo era tranquilo y disfrutábamos el silencio.
Cuando de madrugada te quedabas leyendo en casa. Y la luz de tu recámara, en esa casita de colores en la colonia Benito Juárez, era la única encendida en toda la privada.
Te extraño. Ya van nueve años sin ti, pero con suerte nos veremos en el próximo Big Bang.
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