Del coronavirus a la hipocondria

Sí, aunque se burle de mí la malvada y cruel “Tía Mundis”. Es más, aprovecho este espacio para recordarle que ella por una simple gripe se pone chipil y quiere que mi gran y buen amigo Yayito la atienda todo el día, hasta la guise su caldillo de pollo.

El caso es que jamás pensé que me fuera a dar coronavirus, mucho menos que me fuera a pegar feo. Según yo, el ser deportista de alto rendimiento, guapo, inteligente y de buen cuerpo, sería suficiente para ser asintomático o al menos que me diera leve, como si se tratara de un día de campo.

Pero ni idea fue más falsa que los implantes de la Ninel Conde. Me dio fuerte y súmenle que el niño es llorón, pues sentía que ya me iba. Los síntomas: tos de perro, dolor de cabeza, un horrible dolor de cuerpo y mucho cansancio.

Pensé que solo me duraría dos o tres días, 5 a lo mucho, pero en realidad se extendió más de una semana. Era horrible porque con el solo hecho de levantarme al baño, ya me sentía mal y al estar solo yo tenía que hacer todo.

La comida, medio lavarle a las perras y sacar a pasear a las perras. Sí, sacar a pasear a Serafina y Bella que están acostumbradas a dos paseos al día. Por supuesto, era horrible, regresaba muy agotado, hasta sin aire.

Pero lo peor fue un día que empezó a llover. Sí nos agarró la lluvia y no me quería mojar porque pensé que así me daría neumonía. Entonces echamos a correr, pero jamás imaginé que el aire, las fuerzas y las piernas me fallarían, me abandonarían.

Me sofoqué, sentí mucho cansancio, y un dolor de piernas horrible, tanto que se me dobló el pie derecho y salí volando, me caí. Las perras no dejaban de correr y me arrastraban.

Como dicen por ahí: hice mis visiones, me arrastré cual larva sin poderme levantar, sin mucho aire y con la pena de que todos me miraban raro. Me levanté como se levanta un viejito, vaya ni mi abuelito que está por cumplir 100 años.

Las perras se me perdieron en el horizonte, las tuve que soltar, nadie corrió a auxiliarme y solo sentía una gran pena ante las miradas incrédulas de un wey súper abrigado como si estuviera en Alaska y con doble cubrebocas.

Sí, de las experiencias más raras y feas de mi vida esto del coronavirus. Y ya ni les cuento de la madrugada del sábado pasado que amanecí semi recostado en la cama, porque no me sentía bien.

Apenas me movía hacia el lado derecho y sentía que algo me oprimía el pechito, me movía hacia el izquierdo teniendo la misma sensación, ni el VapoRub que me trajo mi hermano, frotado en el pechito me ayudó.

Y sí, aunque la cruel Tía Mundis se burle de mí y de mi falta de oxigenación que en ese momento estaba al 90%, me sentía mal, muy mal, estaba a punto de irme a hospitalizar por coronavirus.

Así amanecí ese sábado, sentado en la cama, recargado en la cabecera, esperando la hora en que me sintiera peor, pensando qué tal vez era mi mente o si realmente estaba mal como para ir al hospital.

Moraleja: Lo único que puedo decir es que pinché enfermedad culera. Y más culera mi Tía Mundis, esa sí es peor que el coronavirus.

¡Claro, chinguen al guapo!

BONOBUS
Yonadab Cabrera Cruz

Yonadab Cabrera Cruz

Inició como reportero en 2007 y ha cubierto temas políticos, de medio ambiente así como sociales. Cuenta con dos maestrías: la primera de ellas en Mercadotecnia y Publicidad y la segunda en Desarrollo...