Hay herencias que son bendición y herencias que llegan con la mecha encendida. La que le tocó a Alfonso Celis Enecoiz pertenece, sin discusión, a la segunda categoría.
A sus 29 años, Celis Enecoiz asumió la presidencia del Consejo de Administración del grupo Socorro Romero Sánchez —el emporio que doña “Socorrito” Romero levantó a pulso en Tehuacán— no por capricho, sino por circunstancia.
Y es que cuando uno recibe una empresa con pleitos heredados, finanzas bajo sospecha y una guerra familiar de telón de fondo, no hereda un patrimonio: hereda un campo minado.
¿Y quién sembró las minas? No nos hagamos: su propio tío.
Miguel Ángel Celis Romero, “El Animal”, el hombre que durante años se sintió dueño absoluto del tablero en el valle, hoy carga un proceso penal por fraude y extorsión.
Y que quede claro, porque aquí no hablamos de chismes de pasillo: fueron dos jueces, en dos causas distintas, quienes hallaron datos de prueba suficientes para vincularlo.
¿Cómo se llega hasta ahí? Por la vía de siempre en estas historias: un patrimonio que se reparte entre sobrinos, un equilibrio que se rompe cuando muere uno de ellos y un heredero —Alfonso— que, en lugar de gritar, decidió dialogar.
Ese fue su primer “error” a ojos del tío. Porque “El Animal” leyó la prudencia como debilidad.
Y cuando el sobrino llevó a la mesa los hallazgos contables buscando una salida ordenada, la respuesta no fue sentarse a negociar: fueron las presiones, las amenazas y los intentos de extorsión para arrebatarle el control.
Ahí está el dilema que define a Alfonso Celis.
Pudo responder con la misma moneda.
Pudo entrar a la guerra sucia, a los acarreos, a los bloqueos, a la grilla de bajos instintos. De hecho, cuando alguien quiso usar trabajadores y camiones de la empresa para presionar por la liberación del tío, ¿qué hizo?
Se deslindó. Públicamente. Categóricamente.
En un Tehuacán acostumbrado a que los conflictos se arreglen a la mala, eso ya dice mucho.
Porque mientras una parte construía una novela de persecución política —que si Morena, que si la dirigencia estatal, que si revivir a viejos operadores para colgarse de un expediente—, la otra parte hacía lo más aburrido y lo más eficaz que existe: apegarse a la ley y dejar que el proceso caminara.
A ver, seamos justos. “El Animal” tiene todo el derecho de defenderse y de sostener que es víctima. Para eso están los tribunales. Pero una cosa es la defensa legal y otra muy distinta es la cortina de humo. Y hasta ahora, la narrativa de la conspiración se ha topado con un muro incómodo: las resoluciones judiciales. Es más, ya fue liberado.
¿Significa esto que Alfonso Celis ya ganó?
Para nada. Apenas empieza.
Porque preservar lo que recibió no es el reto. El reto es transformarlo. Generar valor donde otros solo vieron pleito. Construir confianza donde quedó sembrada la duda. Echar a andar un grupo que siga siendo motor económico de Tehuacán y no un expediente más en la Fiscalía.
Y ahí, querido lector, es donde los reflectores se vuelven implacables. Hoy todos aplauden al heredero sobrio. Pero mañana nadie le va a preguntar por su prudencia: le van a preguntar por sus resultados.
Porque los apellidos abren puertas, sí. Pero son los hechos —y solo los hechos— los que construyen legados.
El liderazgo no se hereda, se ejerce. El respeto no se exige, se gana. Y los legados que de verdad pesan no se reciben en un testamento: se construyen a pulso, decisión tras decisión.
Alfonso Celis tiene enfrente la oportunidad de dejar de ser visto como el sobrino que heredó un problema, para convertirse en el empresario que lo resolvió.
Los años que vienen serán los que lo definan. Ya la historia nos lo dirá.
Mientras tanto, una lección queda servida para todos los que andan en la política y en los negocios de este estado.
En plena tormenta, cuando todo invita a responder con rabia, el que termina mandando no es el que grita más fuerte.
Es el que sabe respirar, esperar… y contar hasta diez.

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