Durante años, las empresas “cripto” cotizadas vivieron de un relato fácil de entender para el mercado: comprar máquinas, enchufarlas, minar bitcoin y aguantar el ciclo. Ahora ese libreto empieza a quedarse viejo, con estas compañías presentándose como dueñas de una infraestructura eléctrica y digital para vender algo más atractivo que el hash: capacidad para la inteligencia artificial.
La estructura es donde está el dinero
Para entender el cambio, hay que mirar el desgaste que ha sufrido el modelo original. La minería de bitcoin sigue siendo un negocio capaz de generar titulares y rallies bursátiles, pero depende enormemente de los ciclos. Depende del precio del activo, del coste de la energía, de la dificultad de la red y de un mercado que castiga cada tropiezo con más fuerza que otros sectores. Por eso, muchas empresas están migrando a un lenguaje distinto: menos épica propia de la cripto, más discurso de infraestructura.
Eso explica por qué hablar de cripto en 2026 ya no significa hablar de minería. Según el S&P Global Market Intelligence, el giro hacia HPC y cargas de IA no es una nota al margen, todo apunta a que es un cambio medible en las cuentas de resultados esperadas de varias compañías. Sus proyecciones apuntan a que en 2026 los ingresos vinculados a HPC representarían el 71% del negocio de IREN y de Core Scientific; en Terawulf el 70%; en Cipher el 34%; y en Riot el 13%. El mensaje de fondo es que el sector quiere dejar de depender del ciclo de las criptomonedas y pretende venderse como proveedor de energía, refrigeración y espacio físico para cómputo intensivo.
Core Scientific ya protagonizó una operación que representaba bien este cambio. En octubre de 2024, la empresa anunció que CoreWeave ejercía su opción final para ampliar su capacidad contratada hasta unos 500 megavatios de carga crítica de TI repartidos en seis lugares. La cifra no era menor, pero lo revelador estaba en otra línea: compañía subía el ingreso acumulado potencial de ese acuerdo hasta los 8.700 millones de dólares a lo largo de contratos de 12 años. Este era el primer giro en el lenguaje de una empresa así: ahora alquilaban infraestructura con contratos largos y flujos más visibles que la simple minería.
En ese movimiento también hay una cuestión de supervivencia. Durante mucho tiempo, el inversor aceptó que una minería cotizada era una apuesta apalancada al comportamiento del Bitcoin. Ahora, las compañías intentan que su historia bursátil no dependa del gráfico de la criptomoneda en exclusiva. Quieren que el mercado vea algo más estable: acceso a potencia eléctrica, terrenos ya conectados, permisos, naves adaptables y la posibilidad de reconvertir activos nacidos para una industria especulativa en una base física para otra que hoy concentra el apetito inversor.
Wall Street empieza a valorar otra clase de activo
El negocio no es lo único que cambia: también cómo estas empresas quieren ser valoradas. En el esquema anterior, el analista miraba el hashrate, la eficiencia de la máquina, el coste por bitcoin producido y las reservas en balance. Ahora, pesan más otras variables: megavatios comprometidos, duración de los contratos, calidad crediticia del cliente, velocidad de despliegue y capacidad de financiar el crecimiento. En resumen: menos ruido del corto plazo y más posibilidades de convertir electricidad en un alquiler recurrente.
Hut 8 es un buen ejemplo de esto. En sus resultados de 2025, confirmaron una alianza con Anthropic y Fluidstack para desarrollar y entregar entre 245 y 2.295 MW de infraestructura de centros de datos para IA .También presentaron un contrato de arrendamiento a 15 años valorado en 7.000 millones de dólares para 245 MW de capacidad de TI en su campus River Bend, con los pagos del plazo base respaldados por Google. Es el tipo de anuncio que modifica la conversación con los inversores, porque desplaza el foco hacia la previsibilidad contractual.
En ese contexto, el clásico segmento del precio de bitcoin hoy pierde parte del monopolio narrativo que tenía sobre estas acciones. Sigue importando, la minería no ha desaparecido y muchas de estas empresas mantienen exposición directa al activo, pero ya no es la única brújula. Cuando una cotizada puede enseñar acuerdos de más de una década, los clientes de primer nivel y los activos preparados para alojar cargas de IA, el mercado empieza a mirarlos de otra forma. No elimina la volatilidad, pero suaviza la idea de que todo depende de una sola criptomoneda.
La propia CoreWeave ayuda a entender el interés de esta nueva narrativa y los propios problemas que puede dar. Reuters informó que esperan que su gasto capital suba de los 14.900 millones de dólares en 2025 a entre 30.000 y 35.000 millones en 2026, impulsada por la compra de chips de Nvidia, la construcción acelerada de centros de datos y la necesidad de asegurar energía. A la vez, cerró 2025 con más de 850 MW de potencia activa en 43 centros y con 3,1 gigavatios de capacidad controlada, mientras sus ingresos subían a 66.800 millones de dólares. La demanda es enorme, pero también los costes.
El giro hacia la IA no borra el riesgo, solo lo transforma
Tampoco hay que romantizar la transición. Ejecutar un salto como este requiere de capital, plazos, ingeniería, suministro energético y una disciplina operativa que muchas firmas del sector aún no han demostrado.
Por eso la frontera entre oportunidad y riesgo es demasiado fina. Los inversores están preocupados por la presión sobre la rentabilidad de CoreWeave mientras acelera su expansión, y que el crecimiento del backlog dependa de que la infraestructura prometida funcione a tiempo. Los grandes acuerdos que han logrado hasta ahora son impresionantes, pero también la necesidad de cumplirlos.
La posible adquisición de Core Scientific por parte de CoreWeave, anunciada en 2025, ilustra hasta qué punto la frontera entre minería y centros de datos se está desdibujando. En la comunicación a inversores, CoreWeave hablaba de eliminar más de 10.000 millones de dólares en costes acumulados de arrendamiento a doce años, de generar ahorros anualizados estimados en 500 millones al final de 2027 y, sobre todo, de una opción estratégica clave: reutilizar capacidad para HPC o desprenderse del negocio minero en el medio plazo. El detalle importa porque revela que, para algunos actores, la minería empieza a verse ya no como el corazón del negocio, sino como un activo transitorio que puede reconvertirse o venderse.
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