El viaje de la libélula

Cualquier lucha contra el odio, es mi lucha

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En las últimas semanas, me descubrí atendiendo mi entorno y el de una ciudad ajena, con una conciencia distinta. Esto, porque tuve la oportunidad de concretar algunos compromisos pendientes, entre los cuales se encontraba la promesa de tomarme unas vacaciones fuera de la ciudad.

Y habiendo sido mi destino el bellísimo estado de Guanajuato, expreso mi profunda gratitud y sorpresa ante la oportunidad de haber estado allí, pues sin haberlo contemplado en los planes, fue en Guanajuato donde se me presentó una experiencia que inspiró, en último término, estas palabras. Todas ellas, dedicadas a una particular lucha: el reconocimiento y la defensa de la diversidad sexual.

Semanas antes de salir de Puebla, comencé a notar que el tema de la diversidad sexual se hallaba latente y se presentaba recurrentemente en muchas de las situaciones en las que me veía involucrada: atrapaba mi atención todo lo que se hablaba de ello en los medios de comunicación; se discutía brevemente en mi familia; la observaba manifestarse en las calles; se comentaba en las redes sociales; lo abordaban apasionadamente mis colegas y, aún al día de ayer; lo mencionaban mis amistades en una charla casual. Por supuesto, lo que se decía se movía a lo largo de una línea que bien podía tocar el odio y la violencia, así como la validación y el entendimiento.

Así, para el momento en el que me encontraba recorriendo Guanajuato, terminaba yo de afirmar, aún sin saberlo, la importancia que estaba ganando la diversidad sexual en esos días. Y es que mi caminar me terminó por llevar hacia el Teatro Cervantes donde se celebraba la 8va. Edición del ciclo de cine sobre diversidad sexual –“Desde la otra banqueta”–, producto del trabajo colaborativo entre el Cine-Club de la Universidad de Guanajuato y el Colectivo SERes A. C.

Sin poder anticipar lo crudo, pero enriquecedor que sería, permanecí en una de sus proyecciones. Sin embargo, lo más valioso fue poder participar de su foro de discusión, hacia el final del evento, ya que escuchar de primera fuente las experiencias de los asistentes, dar cuenta de los infiernos que han vivido, así como las pequeñas luchas que sostienen y sus victorias, fue profundamente esperanzador. Y aun siendo lamentable el número tan reducido de asistentes, celebro enormemente a los pocos que estuvimos allí pues, mientras que las voces eran pocas, todo lo dicho fue incendiario –en el mejor sentido de la palabra–.

Así, sin hacerle justicia a lo que fue abordado de manera amplísima en el foro, los tres puntos que a continuación presento son mi esfuerzo (aunque no lo parezca) por condensar las reflexiones que más eco hicieron en mí y que, –estoy convencida–, parten de la necesidad de transformar nuestra realidad y movernos hacia una sociedad más humana.

1. Del odio al entendimiento. Al inicio colocaba al odio y la violencia como extremos de la validación y el entendimiento. Pienso que el origen de ambas es en realidad el mismo: un lugar de ignorancia, entendida como el desconocimiento o la falta de información sobre algo o alguien. El ser humano puede, frente a su desinformación, elegir su camino. Así, mi ignorancia puede implicarme la oportunidad de ampliar mi información actual, de ser curioso y atento a una nueva realidad lo que, a su vez, puede facilitar mi mejor entendimiento de aquello que en un inicio, me resultaba incomprensible. De tal modo, cuando entiendo algo –esté o no de acuerdo– puedo validarlo y aceptar que ésa otra realidad también existe. Por otro lado, desde un lugar que se mueve desde el miedo y no desde la curiosidad activa, puedo reaccionar atacando aquello que me asusta o alejándome, porque al dejar que el temor tome control de mí, confundo la realidad y “creo que conozco” aquello que no me he dado el tiempo de observar con atención plena. Es el mismo efecto que tienen algunas personas frente a algún animal o insecto que, en la mayoría de las ocasiones, no tenía ni la intención de hacernos daño, pero en el pánico de no saber, lo terminan aplastando.

Conectar profundamente con la existencia de otros sujetos, parece ser algo que poco ejercemos en estos tiempos, pues el cambio asusta, pero es también una oportunidad de crecimiento. Mientras que las nuevas generaciones se hayan absortas en el juego superficial de las redes sociales, de la necesidad de producirse una imagen y la opinión que otros puedan tener de ellos; las generaciones anteriores, habiendo sus excepciones, se ven forzadas a entender aceleradamente que las tradiciones, valores y algunos convencionalismos con los que crecieron ya no son los de antes. Tener que desvestirse de lo que antes a como una realidad única y absoluta y que tu mundo se transforme súbitamente, asusta, no hay duda.

Sin embargo, estoy convencida de que la defensa por la diversidad sexual es una de tantas luchas y que una forma de pelear la discriminación es exponernos al encuentro horizontal con el otro (el “pobre”, el “gordo”, el “raro”, el “gay”, el “nuevo”, el “violento”, el “diferente” …); hace falta desprendernos del miedo a reconocernos como algo más que sólo extraños. Esto es también un ejercicio con nuestro ego, para dejar de ponernos primero a nosotros mismos y, de hecho, ir deseosos y curiosos por descubrir la historia de otros que –siendo distintos de mí– finalmente, son personas como yo.

2. Educación para la paz. Educarnos como ciudadanos capacitados para convivir desde la paz es una prioridad ética. Pero no es posible un verdadero cambio hacia la sana convivencia si opinamos desde un lugar de confort, es decir, si no nos disponemos a movilizar ni sacudir nuestro propio entendimiento de la realidad. Y es que me parece que últimamente el ser políticamente correctos está de “moda”. Sin embargo, esta postura es en muchas ocasiones superficial y puede no ser muy útil si nuestra meta, más allá de sólo ser diplomáticos, de verdad lleva la intención de involucrarnos en niveles mucho más personales y profundos con causas como la diversidad sexual. Con ello, me parece que hemos llegado a confundir también el verdadero significado de otros valores claves para la paz, como lo es la tolerancia.

Tolerar la opinión o la forma de ser de alguien no se reduce sencillamente a emitir opiniones de las que no estamos convencidos, ni hacerlo por encajar o caer bien a otros; ni a optar por guardar silencio, siendo políticamente correctos; ni mucho menos a ignorar aquello con lo que no estoy de acuerdo. De hecho, la tolerancia es un ejercicio activo en donde tendríamos que ser capaces de reconocer la realidad del otro y si pudiésemos reducirlo a una frase, la tolerancia se escucharía, en la voz de Evelyn Beatrice Hall, como lo siguiente: "estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo". Asimismo, pienso que una sociedad que se relaciona desde la tolerancia, es una que más fácilmente establecerá dinámicas de paz.

3. Empatía, aceptación incondicional y congruencia. El psicólogo humanista Carl R. Rogers –de entre sus múltiples aportes al estudio del ser humano– consideró a la empatía, la aceptación incondicional y la congruencia como elementos vitales para el desarrollo pleno de la persona. Relacionado con lo anterior, en el foro hubo un muchacho que no se hizo escuchar sino hasta el final y que, compartiendo su testimonio, me llevó a recordar que esos tres elementos son nuestros aliados frente al odio y la violencia, pero que para ser efectivos debemos vivirlos primero en nosotros mismos.

En su voz, nos compartía cómo fue su proceso personal en cuanto a asumir su homosexualidad: al inicio le fue difícil porque las manifestaciones de odio y rechazo hacia su persona no se hicieron esperar. Sin embargo, en retrospectiva, se dio cuenta de que entre más se escondía e intentaba ocultarse de los demás, más era la distancia entre él y las personas a su alrededor. Cuando entendió plenamente quién era y cuál era su realidad como persona (empatía), fue capaz de comprender que la homosexualidad era sólo una parte de todo lo que lo conforma como sujeto, pudo verse como alguien mucho más completo y comenzó a compartirse como tal, desde una abundancia de características que le hacían una persona, total y compleja. “Comencé a tener amigos”, nos decía. Pues entre más se mostraba como realmente es, sin fingir ni ocultar aquello que pudiera no ser tan agradable para los demás (aceptación incondicional), ejerciendo su dignidad; así los demás replicaban el mismo efecto y se acercaban con respeto. ¿Cómo ignorar el valor de algo/alguien si observamos que por sí mismo se conoce y se da el lugar tan digno que merece? Por último, se dio cuenta de que, para recibir respeto, antes debe predicarlo con su ejemplo, que no es su tarea transformar las creencias de los otros a su alrededor, pero que le corresponde ser auténtico (congruencia) y respetar la libertad de los demás, inclusive si eso implica que estos no estén de acuerdo con la forma de vida que él desea construir para sí mismo.

Han transcurrido dos semanas desde el pasado 28 de junio, fecha en la que se suele conmemorar el Día Internacional del Orgullo LGBT (Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales). Por lo que, bajo el pretexto de esta reciente fecha, creo importante reafirmar que la diversidad sexual necesita ser reconocida desde el entendimiento de que las personas son libres de no someterse a las normas dominantes heterosexuales y de identidad de género, como la misma CNDH comprende. Así, “todos los cuerpos, todas las sensaciones y todos los deseos tienen derecho a existir y manifestarse sin más límites que el respeto a los derechos de las otras personas” (CONAPRED, 2012).

La diversidad sexual no es sólo un trending topic ni mucho menos una “moda” que recordemos únicamente cada mes de junio, cada marcha o cada que un suceso polémico, referente a la comunidad LGBT, tome una fuerza escandalizadora en los medios, haciéndonos creer que está bien opinar desde el odio y la ignorancia.

Cualquier lucha contra el odio, es mi lucha. Y así como todo acto de discriminación revela una profunda carencia de cualidades humanas, toda guerra erigida desde el odio y la ignorancia, es una a la que estoy dispuesta a enfrentar, ya que al asumirme como ser humano, es un asunto que me atañe.
Después de todo y, a fin de cuentas, en la profundidad de nuestro ser, todos compartimos –seamos conscientes de ello o no– la necesidad de ser validados en nuestra existencia plena y digna y por ello, estamos obligados a respetar y somos merecedores de respeto.

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Informe

Selene Rios

Neoderma Clinica