16 de Julio del 2019

La tarea revolucionaria del docente

Por Betzabé Vancini / /

Tú, yo y el Ello...

Debo confesar que llevo 34 años de mi vida siendo combativa y que no siempre ha estado bien, sin embargo, he encontrado el lugar perfecto para ser siempre revolucionaria: el salón de clases. Si eres docente de cualquier nivel educativo creo que realmente vas a querer leer esto.

Juntas, padres de familia, programas académicos, reformas, políticas internas de las escuelas, niños problema… Sí, todas esas son calamidades cotidianas con las que todo docente debe lidiar en su profesión, no obstante, siempre recibimos una recompensa mayor y a esa recompensa yo la llamaría ESPERANZA.

Escribo esta columna en la semana que nos conmemoran a los profesores por la labor que hacemos con nuestros alumnos, sin embargo, quisiera también resaltar la labor que los alumnos hacen con nosotros. El proceso de enseñanza es en realidad un proceso bidireccional, uno no puede pararse frente a un grupo durante todo un ciclo escolar y no ser modificado, retado, interpelado para crecer como ser humano. Los alumnos, casi sin darse cuenta, hacen esa tarea de moldearnos, hacernos resilientes, pacientes y con sus ocurrencias, nos dotan de esperanza en el futuro de este país. Si viéramos la labor docente como unidireccional y vertical, no estaríamos perdiendo de muchas más dimensiones del fenómeno educativo. Ese fenómeno que se da dentro del salón de clases y que muy poco tiene que ver con reformas educativas que son más bien reformas laborales. No pretendo meterme en eso.

Carl Rogers decía que cada alumno posee una unicidad que le lleva a aprender y construir el conocimiento desde su propia integración como persona. Nada más cierto que eso. Los alumnos filtran el conocimiento que les brindamos a partir de sus experiencias previas en la vida, de su contexto, su sistema familiar, incluso de su grado de nutrición y su estado de ánimo. Cada uno de estos seres humanos que encontramos en el aula tiene una visión particular del mundo que comparte con nosotros a través de su apropiación del conocimiento y debe ser nuestra tarea como docentes saber apreciar su particular visión y motivarles para que logren aprovechar al máximo su potencial. No todo son calificaciones o resultados de pruebas PLANEA. No trabajamos para que salgan bien en una prueba estandarizada, trabajamos para que se inspiren a vivir la vida de la mejor manera. Y si no crees que esto es cierto entonces, querido maestro, querida maestra, equivocaste tu profesión. Los maestros/as somos los revolucionarios en el aula, los que enseñamos a nuestros alumnos a pensar por su cuenta, a cuestionar por qué y para qué funcionan las cosas de cierta manera. Damos conocimiento, no dogmas de fe y el conocimiento puede ser interpelado una y mil veces porque sólo así se construye. No sólo somos transmisores de teorías y métodos, somos ejemplos de vida, de resiliencia. ¿Eres un ejemplo para tus alumnos? ¿Te has dado a la tarea de inspirarlos o de hacerles saber que en medio de este mundo convulsionado cuentan contigo? Habría que planteárnoslo todos los días. Sí, la evaluación, la planeación, las juntas y los eventos nos comen el tiempo, pero sin la tarea revolucionaria dentro del salón entonces la docencia se convierte en CUALQUIER OTRO trabajo. No fabricamos engranes, educamos seres humanos. La educación no debe ser un negocio, debe ser una misión. Y con esto no digo que la educación privada esté mal o que ganar dinero por prestar un servicio como este sea inmoral, digo que el dinero es la consecuencia secundaria de una labor primordial para nuestro país y para hacer ciudadanos para el mundo.

Hace algunos años vi un documental de Michael Moore que se llama “A dónde invadimos ahora” -está en Netflix por si quieres traumarte también- y la comparación que hacen de la educación en distintos países del mundo me hizo pensar en que esa es la razón de que haya países con menor índice de pobreza, con menos embarazos adolescentes y con mejor calidad de vida. Son países que le apuestan a que los niños sean felices sin tarea, a que aprendan a comer adecuadamente en lugar de chatarra, países en los que la educación pública es tan buena o mejor que la privada. En donde no hay un solo niño sin ir a la escuela. Pero aquí dicen que “trabajan en la calle por diversión”, lo tenía que decir, ¡qué vergüenza!

El año pasado cumplí diez años como docente universitaria y esta labor ha modificado mi vida y me ha modificado a mí también profundamente como persona. Al paso de los años he decidido dejar menos tarea, o de plano no dejar, no por barco, sino porque sé que mis alumnos y alumnas universitarios/as necesitan tiempo también para ser jóvenes, para tener las experiencias que les toca tener, para volver con sus familias a sus lugares de origen en vacaciones y poder disfrutarles porque no los ven todo el semestre. He aprendido también a ser compasiva con ellos, a preguntarles qué pasa cuando algo está mal en sus calificaciones. He aprendido a ver lo valientes que son por estudiar una licenciatura lejos de casa, por sortear sus problemas familiares, sus dificultades amorosas y hacer lo posible por estar dentro de un salón de clases. He aprendido a ver que dan lo mejor que tienen y que somos nosotros, los maestros, quienes les ayudamos a descubrir que tienen más para dar.

Sí, me mueve un romanticismo profundo por la educación. No me avergüenzo, al contrario, me da orgullo saber que no soy la única loca dentro de un salón tratando de mover a estos seres humanos hacia una vida plena, a que sean ciudadanos globales, listos para cambiar este mundo. Ellos y ellas que no serán mi competencia, sino mis COLEGAS a quienes llamaré así con todo orgullo y cariño.

Así es, profes. A veces hace falta reencontrarse con la vocación y volver a hacer este trabajo con todo el amor del mundo.

Como siempre, estaré atenta a todos sus comentarios y preguntas vía Twitter, me encuentras como @betzalcoatl.