19 de Noviembre del 2019

Y los de la Profeco le llamaban loco (en tono de canción de José Luis Perales)

Por E. Sarah Goza / /

queperra ident

Ay amigos, mis hermosos Pugfans, no saben de la que me salvé, estuve a punto de quedarme perdida en algún lugar inhóspito, en alguna bodega cerrada de la Profeco y todo porque en mi paseo matutino tuve la osadía de hacer popo justo a las afueras del edificio federal. Pero de verdad, ningún perrito se aguanta las ganas. El problema es que jamás me percaté de que alguien me espiaba.

Una persona tenía clavada la mirada desde su oficina a cinco pisos sobre mí. Eran nada más y nada menos que el delegado de la Procuraduría Federal del Consumidor, Alfredo Torres quien ya me enteré que viene de Guanajuato.

Guauuuu, guauuuuuuu, guauuuuuuu.

Después de hacer popo sobre la vía pública a las afueras del edificio de la dependencia federal, seguí con mi paseo matutino, pero a las dos cuadras alguien me jaló de la correa cubierta de diamantes, por supuesto me ahorcó, saqué la lengua y hasta hice un sonido muy extraño. Me pusieron una bolsa en la cabeza y me metieron a una bodega completamente oscura.

—Confiesa perra ¿Quién te mandó? ¿Por qué te cagaste afuera de mi edificio? ¿Qué contiene tu caca? De seguro tiene unos nanobots para espiarme ¿Verdad?— yo estaba tan nerviosa que me volví a hacer del baño, tenía tanto miedo y solo porque escuché que alguien dijo —delegado, ya está la videoconferencia con el mero, mero de la Profeco—supe que se trataba de Alfredo Torres Campos.

Guauuuuu, guauuuu, guauuuuuuu.

Luego escuché que le cantaban: “Y los de la Profeco le llamaban loco, y unos hombres vestidos de blanco le dijeron veeeeen. Y él gritó, no señor ya lo ven… estuve loco ayer”. Pero con todos los relatos que escuché yo creo que sí.

Resulta que don Alfredo es como un Pastor Alemán, apenas escucha cualquier ruido, que un átomo se mueve, que cae un alfiler en paja, que un ácaro se acomoda, para la oreja, olfatea, rastrea y caza. Vean que no estoy loca, mandó a arreglar las cámaras de seguridad de la Profeco y exigió que las enlazaran a su celular.

Ahora, además de dedicarse a resolver las denuncias ciudadanas en contra de las marcas, también se la pasa vigilando todo su edificio, en el interior y el exterior. Nadie se mueve, nadie respira, nadie piensa sin que él se entere: “¿Esa perra por qué se caga? ¿Ese coche por qué se estaciona? ¿Esa mujer por qué camina? ¿Ese muchacho por qué se metió al edificio? Vienen por mí, vienen por mí, vieeeeeenen por míiiiiiiii”, grita incansablemente.

Guauuuuu, guauuuuuuu, guauuuuuuuu.

Pero la cosa no para ahí. El guanajuatense es el primero en llegar. Aveces desde las 6 de la mañana y se la pasa espiando a todos los trabajadores desde su ventanita, revisa quién llega temprano y quién llega tarde, pero también es el último en irse. Espera a que todos se vayan para cerrar su oficina, poner la alarma, un cubo con agua sobre la puerta, un soplete y todas las trampas de Mi pobre Angelito para evitar que alguien entre a robar.

Cuando por algún motivo un oficio no queda, le pide a su secretaria que le devuelva el documento, le ordena que salga, cuando ya está solo, rompe el papel, lo pasa por la trituradora, le prende fuego en el bote de basura, aspira las cenizas, las tira al mar y se cerciora de que el plancton se coma las sobras.

Guauuuuu, guauuuuuuu, guauuuuuuu.

No tiene redes sociales, no le gustan las fotos, no soporta que le tomen fotos ni videos, hasta se tapa el rostro como Sia —la cantante australiana—para que nadie lo conozca.

Así con el delegado de la Profeco.

Y por fin, cuando vio que era una simple Pug, que no era espía secreto, que no era como Tom Cruise en Misión Imposible, Camerón Díaz en Los Ángeles de Charly, o James Bond, me soltó.