23 de Abril del 2019

Menos crítica, más creación

Por Rolando Ochoa Cáceres / /

panza identifi

Veo que mucha, muchísima gente vive con un enojo incapaz de controlarse. Leo a muchos que viven con molestia y desagrado, dicen o escriben en sus redes sociales cantidad de cosas ofensivas, llenas de crítica violenta, juzgan, apuñalan con las palabras y creen que con eso, el mundo o la vida se resuelve.

Hace poco hablaba con una amiga sobre la importancia de las creación artística o de la reflexión en el mundo y tanto ella como yo nos hemos visto tentados a autocensurar lo que deseamos compartirle al mundo debido a que nos da pavor que los grandes jueces de las redes sociales, la policía intelectual detrás de las pantallas o la divina academia de la crítica resuelva que nuestras obras no proceden, ni siquiera para ser vistas o leídas. Esto es una gran tontería, lo sé, pero, ¿por qué pensarlo así?

Mucho he contado sobre mi timidez y mi autoestima que va de arriba para abajo y al revés en milésimas de segundo y el hecho de compartir algo con los demás, en mi caso, me da demasiado pavor porque prácticamente es un desnudamiento de mi alma y de mi mente. Algunos incluso se molestan, me han dicho cosas como “para qué escribes si nadie te lee”.

Así que este escrito (“aunque nadie lo lea”) tiene un objetivo, el decirte que no vale la pena renunciar a tu expresión artística o filosófica por nada.

En mi experiencia tanto escribir como tocar el piano me ha ayudado e incluso puedo decir que hasta me ha salvado la vida, ¿por qué debería detenerme?

Después de un tiempo de silencio decidí volver a escribir para Central debido a que sentía que cargaba con una deuda con la vida. Quiero aclarar que no soy el súper escritor que pretende ser el intelectual y el juez de las letras. No. Como lo dije anteriormente, antes deseaba eso pero entendí que mi escritura no era en ningún momento sincera. Cuando volví a Central decidí escribir porque quería sanar, porque quería decirle al mundo que sí, vivimos demasiado atormentados pero podemos salir adelante, que el amor es lo mejor que puede pasarnos, que perdonar aunque cueste mucho trabajo es realmente liberador y en sí, que quererse siempre valdrá la pena. He recibido muchos elogios pero también muchos comentarios como “eso no es literatura” o como el que líneas arriba mencioné. 

De igual forma, hace unos meses regresé a tocar música y mi intención no es ser el genio musical virtuoso que supere a Bach, ¡por supuesto que no! pero se ha convertido en mi sala de rehabilitación del alma y todas las semanas comparto alguna canción que compuse o una pieza que interpreto con la finalidad de decirle al mundo que sí, que sí podemos hacer algo positivo con el enojo, con la tristeza, con el dolor, con la frustración, con los sueños fracturados que cargamos. Creo que convertir todo eso en un poema, en una canción, en una pintura o en una película, en un baile, en una taza, en un bosquejo, en un platillo, en un postre, en algo, es mucho más importante que cualquier crítica o desinterés que se pueda colocar sobre esa creación.

Casualmente, creo yo, vivimos en un mundo donde abunda la crítica pero carece de creación. Se ha vuelto más importante criticar que crear porque, insisto, el criticar pareciera un lugar de poder, un lugar para designar lo que es luz y lo que no y también, creo yo, es un lugar de confort.

Cuento esto porque sí, he querido renunciar a lo que hago, porque he creído que lo que escribo no es lo suficientemente bueno, porque he creído que la forma en la que toco una pieza no toca las suficientes fibras como para ser reconocida pero, ¿por qué buscamos el reconocimiento si el fin real es liberarnos de toda la bruma emocional, el lodo, el veneno que nos habita?

Puede uno ser creyente o no pero el alma cuando tiene que decir algo hace que el cuerpo duela, que padezca hasta que pueda ser capaz de limpiar el río de todo aquello que nuestra vida no merece.

Sí, sí vale la pena crear porque la creación es luz, porque el mundo necesita escuchar, leer, tocar, oler experiencias reales de quienes, con su sensibilidad, son capaces de hacer vibrar el mundo (y ponerle los pelos de punta a los jueces del todo y de la nada).

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