19 de Febrero del 2020

La garnacha y la fusca (o cuando la ves muy de cerca)

Por Edmundo Velázquez / /

 CUENTA HASTA DIEZ

Voy a ser honesto.

Soy de los que giran los ojos cuando los periodistas, reporteros, comunicadores y lectores de notas comienzan a martirizarse por vivir lo que un ciudadano promedio vive todos los días.

Soy de esos a los que les caga cuando “Don Alguien” se duele en sus redes sociales por ser víctima del hampa.

¿Por qué?

Porque al pueblo bueno y sabio le toca un día y al otro también, sobrevivir a maleantes, malandros, rateros y demás.

Todos los días los poblanos, de a pie, batallamos con los carteristas en el microbús.

Todos los días vamos guardando el celular en el bolsillo delantero.

Todos las quincenas nuestro sueldo, modesto usualmente, es sumamente cuidado para terminar repartido en cuantos proveedores, aboneros, agiotistas y demás tengas.

Después de una quincena de trabajo arduo nos dan nuestra paga y el dinero se esfuma entre las tarjetas departamentales, la renta, la luz, el agua, el mantenimiento, el internet.

Y lo poquito que nos queda o nos lo gastamos a gusto en lo que se nos hinche la gana o simplemente lo vamos ahorrando para darnos algún meses después.

La bronca es que la clase trabajadora ahora se enfrenta a la clase ratera.

Y eso es todos los días.

Bueno, en pos de la presunción de inocencia no diremos la clase ratera, diremos la presunta responsable, la probable ladrona.

Vaya, pero todos los días es lo mismo.

En el autobús (que ahora ya está a 8.50).

En las calles del Centro Histórico.

En las colonias populares.

Y ahora hasta en los restaurantes.

Los poblanos tenemos que cuidar eso que nos ganamos con el sudor de nuestro cuerpecito.

La verdad es que no quería entrar en el rincón de los chillones.

Pero la neta, sí calienta.

Ya no es posible pedirse un sope y una quesadilla de tinga en El Portón (de Grupo Alsea, que no cuenta con seguridad privada a pesar de cerrar sus establecimientos a las 12 de la noche).

Un guarro nos cayó con pistola en mano. Fue Glock tipo escuadra.

La anécdota ya muchos la conocen.

Ocurrió el lunes pasado a las 10:30 de la noche. Y me tocó de frente.

Justo cuando me quedaba un sope de picadillo en el plato, un fulano llegó para robarse no solo mi hambre.

Se llevó dos iPhone, un Nintendo Switch con todo y su funda, unos EarPods...

Al inventario del agravio súmele 10 mil pesos y 6 mil pesos más en efectivo que cargaban en las carteras dos de las víctimas que se encontraban conmigo.

Yayito llevaba sus ahorros que por la recochina casualidad no había dejado en casa.

Y mi amigo Alfredo seis mil en pagos que debía hacer la mañana siguiente.

El fulano se fue muy tranquilo porque se llevó algo así como 60 mil pesos de una sola mesa entre carteras, celulares y una mochila.

Al resto del restaurante ni los peló. Y qué bueno.

Los meseros se salvaron resguardándose en la cocina.

Y de paso salvaron el dinero de la cuenta de esa noche.

Insisto, no escribo esto por chillar.

Ni me voy a poner a mentar madres contra el Ayuntamiento de Puebla.

El martes, un día después del robo, nos visitó en el programa Juego de Troles la presidenta municipal de Puebla, Claudia Rivera. Y los viewers exigían que casi le escupiera en la cara por lo que había sufrido un día antes a unas cuadras de donde se graba el programa.

Quizá porque se proyectaban con todo el dolor sufrido a manos del hampa local.

No los culpo.

Quién no querría sacar todo el odio y la bilis con sus gobernantes.

Porque creo que sí, todos los ciudadanos estamos en la posición de exigir mayor seguridad.

Eso es un hecho.

Todos estamos en la posición de pedirle a las autoridades que se pongan a trabajar.

De hecho dejé pasar la oportunidad y no vomité mi bilis.

Muchos se indignaron, me llamaron vendido, comprado, rentado, chayotero, tlacoyero y demás.

Pero por mi mente no pasaba soltar mentadas de madre.

Por mi mente pasaba que en casi 20 años de vivir en Puebla jamás me habían asaltado.

Jamás.

El gritarle a Claudia Rivera no me iba a regresar las cosas.

Tampoco me iba a regresar la tranquilidad.

Mentar madres puede ser una especie de catarsis. Sí, quizá mi corazoncito se habría sentido mejor. Quizá habría derramado la bilis a gusto. Pero, insisto, eso ni me iba a devolver mi teléfono, ni las pertenencias o el dinero de Yayito y Alfredo.

No.

La dinámica de odio es suficiente.

Es más, creo que la anécdota de solo ver una arma apuntarse hacia a mi y a mis seres queridos fue suficiente.

El odio es suficiente. Que quede ahí,

Es más, tengo que agradecer a las autoridades porque la Policía Municipal llegó en tiempo récord. No dieron con el fulano. Ojalá y lo hubieran hecho.

¿Detenerlo podría ayudar a mi tranquilidad?

Sí, definitivamente.

¿Pero cuánto tiempo tardará en prisión con nuestro sistema de justicia?

Hasta el momento las autoridades nos asesoraron oportunamente de todo lo que se tiene que hacer.

Presentamos denuncia y haber qué sale.

Porque también eso no es algo que asegure que habrá justicia.

Es curioso. En esos momentos, Todo fue lento. El sujeto sacó la Glock de un mandil negro con la leyenda de Valquírico. No nos apuntó en un inicio. Denotó el conocimiento e instrucción en el uso de armas porque siempre apuntó al suelo con el puño haciendo una perfecta escuadra hasta que comenzó a ponerse nervioso y comenzó a sobar el dorso del arma para cortar cartucho. Yo no escuché que lo hiciera pero su movimiento fue suficiente para que nosotros entregáramos casi todo.

Su rostro estaba perdido.

Su delgadez, producto de alguna adicción, se reflejaba sobre todo en la cara.

Sus ojos muy abiertos y sus pomulos bordeaban cuencas en donde deberían estar sus mejillas.

No sé si agradecer que no se puso más nervioso y huyó dándonos la espalda para después subirse a un Taxi Rápido.

En la Fiscalía de Puebla, mientras levantábamos la denuncia escuchamos historias como la de una mujer que le fracturaron el brazo en seis cuando intentaban arrancarle su bolsa a la entrada de su negocio.

Y un joven más nos relató cómo lo balearon dejándole varias cicatrices en los brazos porque se resistió a un asalto en Villa Verde y solo con un disparo que le destrozó el húmero y le floreó toda la piel.

Hoy lleva una cicatriz a la altura del codo de la reconstrucción del brazo.

Nosotros fuimos afortunados. No nos soltaron un plomazo.

Ahora lo que tenemos en reconstrucción es la confianza de caminar por la calle.

Y eso no se devuelve.

Ni a mentadas de madre.