01 de Junio del 2020

El peor chinguen al guapo de la historia

Por Yonadab Cabrera / /

yonachinguen ident

El siguiente contenido es clasificación R.

No apto para menores de edad.

Mujeres embarazadas.

Personas asquerosas.

O gente que todo lo encuentre grotesco.

Una vez hechas todas las advertencias, ahora sí les puedo contar la gran pena que me embarga y por la que pasé hace una semana. De entrada, no sé quién en su sano juicio a sus 35 años se emborracha como si tuviera 20. Imaginen, entre un amigo cuya identidad mantendré en secreto, y yo, nos tomamos 3 cartones de cerveza y 4 caguamas.

Por supuesto, ya se saben cómo terminé, ni siquiera sé cómo llegué a mi casa, qué ruta tomé para mi hogar. No supe nada. Y por supuesto, tenía un encargo de Cruela Viri de vil para dentro de unas horas, por lo que mi malestar resultaba el doble de intenso, pues no podía reposar la cruda y la desvelada, después de que llegué a casa a las 6 de la mañana y tenía evento a las 9.

—¡Tienes que ir a la inauguración de la Capilla Sixtina! ¡No me importa, no me importa! ¡Tú vas, tú vas, tú vaaaaaaaaaaas! y punto— gritó en su tono ya conocido del Exorcista cuando hasta la cabeza le gira y vomita verde.

Como pude me levanté, por pura inercia me metí al baño, abrí las llaves de la regadera, ni siquiera recuerdo si el agua estaba fría o caliente, no recuerdo nada. Manejé en automático hasta la Catedral de Puebla, para ese entonces creí que no me iría tan mal con la cruda y la resaca, pero estaba muy equivocado.

Conforme pasaba el tiempo me sentía peor, es más, aún no empezaba a sudar frío, ese sudor que hace que la mollera te duela y después ya se te quita el malestar por arte de magia. No, no llegaban los síntomas de que la cruda estaba pasando, ni siquiera empezaba. Seguía “borracho”.

Solo recuerdo que hice una transmisión en vivo sobre la inauguración de la Capilla Sixtina en Puebla y el recorrido que hicieron el gobernador Miguel Barbosa, el arzobispo, Víctor Sánchez, los representantes del Vaticano y todos los políticos invitados, pues llegaron de todo el estado: Luis Márquez de Zacatlán; Angélica Alvarado de Huejotzingo; Sergio Salomón de Tepeaca, y muchos, muchos más a quienes ni tenía ganas de ver.

Yo sé que olía a puro alcohol como los teporochos que andan en las calles, me sentía un vagabundo, pero apenas venía lo peor. Estaba platicando con Chosky Barranco cuando se atravesó un mesero con canapés de atún, salmón y solo Dios sabe qué cosas más.

Entonces lo sentí, sentí que se me venía y no hablo de Chosky. Sí, se me vino todo el vómito por el asco que me dio el olor de los canapés, pero obviamente estaba frente a toda la clase política de Puebla, la nueva clase política integrada por la 4T, los representantes del Vaticano, el arzobispo y Barbosa, que no me quedó más remedio que regurgitar, tragarme mi propio vómito.

Era eso o estrenar el bonito piso réplica del piso de la Capilla Sixtina a unos cuantos metros de donde estaba el gobernador. Por supuesto, la Iglesia me excomulgaría y Barbosa me exiliaría. La primera por profanar suelo santo y el segundo por arruinarle el piso carítsimo de Paris.

Me dio tanto asco que quería vomitar más, pero me tuve que aguantar. Dejé a Chosky hablando solo, salí corriendo y recibí una llamada —Yona ya te estoy esperando en el Mural de los Poblanos— era mi amigo Sergio Salomón Céspedes quien me había invitado a desayunar. Había casa llena: Javier Cacique con su esposa; la secretaria de Desarrollo Rural, políticos por aquí y políticos por allá. Saludé a todos.

—¿Qué tienes mi Yona, te ves muy pálido?

—Vengo bien crudo o todavía pedo amigo presidente.

—Tómate un cafecito de olla, eso te alivianará.

No lo dudé, pedí mi café, después de dos minutos me llevaron mi jarro de café de olla bien caliente; le di 3 tragos.

—Permíteme amigo presidente, voy al baño.

Retiré de mis piernas la servilleta de tela guinda, me limpié los labios, la coloqué sobre la mesa, me levanté y caminé tranquilamente hacia el “tocador”.

Según yo, vomité muy suave y despacio, quedito para que nadie escuchara o se diera cuenta. Era como un leve susurro en el oído. Estuve encerrado en el baño del Mural de los Poblanos como 8 minutos.

Terminé, le lavé la cara, enjuagué la boca y salí.

Todos se me quedaban viendo: Javier Cacique, la de Desarrollo Rural, los políticos de aquí y de allá.

—¿Por qué me ven feo?

—Este, eeeeh, es que se escuchó un poco, pero solo poquito tu vomito.

Sí, todo el mundo en el Mural de los Poblanos escuchó mientras desayunaba mi concierto de vómito, pobres entiendo si me odian o si querían mentarme la madre. Les arruiné el rico desayuno en familia. Pero después de mi molito de panza bien caliente y picoso, por fin me empezó a sudar la mollera.

Moraleja: Cuando estén crudos o aún pedos, mejor no salgan de casa.

¡Claro! Chinguen al guapo.