22 de Julio del 2019

Cuando te sientes deportista de alto rendimiento

Por Yonadab Cabrera / /

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Y ahí estaba, en medio de la nada mentando madres, queriendo golpear a cada persona que se me atravesaba en el camino, me rebasaba o simplemente iba a mi lado. No encontraba la manera de desatar mi furia.

¿Qué pinche necesidad tenía de someterme a tanto sufrimiento?

¿Por qué no me quedé al menos un domingo en mi casa a descansar?

Pero en lugar de eso, preferí jugarle al valiente, al deportista de alto rendimiento, al “todas las puedo” o “soy Don Vergas” y me fui a correr el trail de Zacatlán de 15 kilómetros en la montaña, a 4 grados de temperatura, con niebla y llovizna.

—Estará Poca madre. Me la voy a rifar en el trail, esto es solo para hombres— fueron algunas de las frases que le dije a Don Wicho, un señor experto en carreras que me encontré el sábado durante la repartición de los kits.

Y así pasaron los segundos, los minutos y las horas. El clima en Zacatlán era muy agradable, difícil de creer pero cierto. Todo iba bien hasta que tuve un destello de claridad: trail en Zacatlán, en invierno, se pronostica para el domingo un clima frío, llovizna, hay que atravesar tres veces el río, 15 kilómetros de montaña… ¡No maaaaaaaames! Ya no lo quiero hacer.

Pero era bastante tarde para arrepentirse, no me quedó más remedio que aguantar y prepararme para lo peor, pues hay dos cosas que no soporto en esta vida: mojarme y el frío. Pensaba que lo de menos era subir toda una montaña, según yo, tenía la condición, la experiencia y las piernas para concluir la carrera en una hora.

Qué equivocado estaba porque no tenía la condición ni la experiencia y mucho menos las piernas para hacer frente a la montaña, quedé exhibido como un simple mortal incapaz de escalar una montañita, peor aún, parecí que ni siquiera soy de la Sierra Norte acostumbrado a subir y bajar cerros corriendo.

Y en efecto, al día siguiente hacía un frío que calaba hasta los huesos, la neblina no dejaba ver al compañero de enfrente ni al de a lado, la llovizna era incómoda, el agua del río estaba helada y la montaña era inalcanzable. Con toda esta mezcla que resultaba una bomba para la salud, solo respiré onda y profundamente y me encomendé a Dios para no morir de hipotermia o neumonía.

Primero bajamos unos 6 kilómetros de barranca hasta llegar al fondo. La bajada era in-bajable entre rocas, pasto mojado, tierra suelta y una inclinación de casi 90 grados. Conforme descendía, veía a todos los que se iban quedando tirados en el camino. En ese momento solo pensaba pobres looser si no saben correr en montaña, si nunca han hecho esto para que se avientan.

Por fin llegué al río, al acercarme vi a muchos corredores que estaban sentados a la orilla quitándose los tenis y las calcetas; pensé en hacerlo pero al final solo dije ALV, ya en caliente métete, cómo vas porque perderás más tiempo. Y sí, nuevamente respiré profundamente y me aventé al agua, ni siquiera quise pensar en lo fría que estaba, por un momento imaginé cosas bonitas como Peter Pan para volar. El río me llegaba casi a la cadera, el agua estaba helada, no le hice caso, continué con mi camino. A unos cuantos metros otra vez había que meterse al agua, ya no lo dudé.

Posteriormente vino la primera subida, fue larga y cansada pero aún estaba motivado, pensaba que el trayecto no podía ser peor o que tal vez faltaban pocos kilómetros para llegar a la meta, por lo que ni siquiera quise ver el tiempo que llevaba ni los kilómetros recorridos ¡Qué pedo! Esta subida está bien pinche pesada, ya me cansé, pero mi motivación fueron unas muchachas como de 15 años que me rebasaron, por supuesto no iba a ser humillado por unas niñas, entonces aceleré el paso.

No sé cuántos kilómetros de subida fueron en esa parte del trayecto, lo único que sé es que fueron muy pesados pero hasta ese momento seguía creyendo que era lo más difícil. Por fin se acabó la subida, llegué al primer puesto de hidratación, el guía me señaló otra subida y solo pensé Bueno, ya ni modo a subir nuevamente. Luego vino un ligero descanso, pues hubo una bajada que al menos ayudó a tomar aire y recuperar fuerza, otra vez atravesamos por el río helado y vino lo peor.

Cuando les digo lo peor, es porque de verdad fue lo peor, los mismos seis kilómetros que bajamos al principio de la carrera pero ahora de subida, en algunas partes casi a gatas. Y así el grupo en el que iba, empezó a subir la montaña sin saber que muchos nos quedaríamos a la mitad, de pronto las fuerzas nos empezaron a abandonar, algunos intentaban darnos ánimos pero no eran suficientes, me quería arrancar las piernas y con ellas golpear a todos los que iban a mi alrededor.

¡No maaaaaames, calambreeeeeeeeeeee! Grité al mismo tiempo en que me aventé pecho tierra, las dos putas pantorrillas se me acalambraron al mismo tiempo, las doooooooooooos, grité como mujer que está pariendo y para colmo de mis males, un muchacho guapo se me acercó —¿Estás bien? ¿Te pasa algo?— me dijo con su voz varonil y muy seductora —Se me están acalambrando las dos piernas— respondí con una cara de dolor extremo y miedo a quedarme en la montaña para siempre, sin que nadie me rescatara, congelándome como Jack Nicholson en El Resplandor.

El muchacho guapo muy amable, levantó mis piernas, las empezó a masajear y a sacudir para que se me pasaran ambos calambres —ponlas flojas y sacúdelas— me dijo con su voz tan varonil y seductora que casi le digo que me viole en medio de la nada y con todo ese frío que estaba haciendo. Por supuesto, me derretí ante sus encantos, preguntó si ya había pasado el dolor, le respondí que sí y se fue alejando de mí. Por un momento creí que había encontrado al amor de mi vida, pero no lo volví a ver.

Me paré como pude y seguí subiendo poco a poco, con paso de abuelito o de tortuga Me lleva la chingada ya que acabe este martirio. Ya Diosito por favor ayúdame, no me abandones. Angelito de mi guarda, mi dulce compañía… así iba rezando y mentando madres, no encontraba otra forma de distraerme para dejar de pensar en lo cansado que me sentía o en los metros interminables que me faltaban para llegar a la meta.

—¡Ánimo, ya falta poco, tú puedes— me gritó un pinche viejito muy optimista, que por supuesto más allá de agradarme me cayó tan mal que no sé con qué cara y ojos lo volteé a ver que solo me pidió perdón por hablarme. Ya arrastraba los pies, no quería mirar hacia el horizonte, sentía que en cualquier momento me iba a desmayar hasta que alguien gritó —¡La reja, la reja… ahí está la reja— esa reja era el inicio de la bajada por consiguiente el final de la subida. Les juro que mis ojos se iluminaron, por fin había llegado a su fin la maldita subida y la meta estaba a unos 100 metros. No lo dudé, corrí a la reja y terminé subiendo agarrado de ella. Me regresó el alma, el espíritu y la fuerza en las piernas, corrí hasta llegar a la meta como cuando los protagonistas de las películas de terror saben que ya amaneció y ya se salvaron de ser asesinados.

Hice 3 horas y media, tuve dos calambres, es viernes y aún me duelen las piernas, sigo envarado y mentando madres por el pinche trail de Zacatlán.