20 de Noviembre del 2019

Cuando la vida te obliga a andar a ciegas

Por Yonadab Cabrera / /

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Hay algo peor que el que te gane del baño en la calle, que te dé dengue y eso es quedarse ciego por todo un día. O sea, olvidar tus lentes en tu casa, en la escuela, en la oficina o en casa de un amigo. Y eso que mi problema de astigmatismo es mínimo, ahora me pongo a pensar en las personas que de plano no ven nada.

El caso es que la semana pasada me quedé sin lentes todo un día, debido a las presiones e historias de la amighola. Temiendo por mi salud mental, salí corriendo, a mi pobre Serafina ya ni comida le puse, solo le alcancé a aventar el sobre de comida, ya ni siquiera me puse calzones y por supuesto olvidé los lentes.

En las primeras horas del día andaba como si nada, ni siquiera me había percatado de que los había olvidado, para mí era como andar en un día de campo: reía, bailaba y cantaba, todo era diversión hasta que de pronto empecé a sentir muchas molestias, mi mirada se fatigaba, ya no veía de cerca, me empezaba a doler la cabeza y todos pensaba que les guiñaba el ojo.

Las personas que me conocen saben que mi mayor problema en la vista es que soy fotosensible, esto quiere decir que cualquier luz y sobre todo la de sol me lastima mucho los ojos, a tal grado de que se me ponen rojos y me arden, ya para medio día sin lentes, me ardían los ojos y los tenía muy rojos.

El chavo de la comida pensó que le coqueteaba y es que estaba justo debajo del foco de su establecimiento, la luz me daba directamente a la cara, no podía sostener la vista, lo volteaba a ver y apretaba los ojos, él creyó que tal vez estaba enamorado, se empezó a incomodar, mientras yo sudaba.

En el gym tampoco podía enfocar la vista para mirar a la amiga Irla mientras platicábamos. Apretaba los ojos, volteaba a todos lados, y cada vez que miraba hacia ella como estaba en las elípticas, tenía que mirar y forzar la vista pues daba justo a las lámparas, de pronto sentía que mi mirada era como de camaleón, que mis ojitos no podían centrarse y enfocarse y optaban por mirar a dos lados diferentes.

Y para manejar ya ni les cuento, todos los rayos de sol me daban en la cara. Me sentía como Juan Topo de los Simpson y tenía que manejar más despacio de lo habitual o podía ocasionar un accidente. Ha sido el día más largo de mi vida, no le veía fin, estaba a punto de arrancarme los ojos como lo hizo Shiryu, el Dragón de los Caballeros del Zodiaco.

Ya para la noche en el programa Juego de Troles quería chillar, mis ojos no podían más, todas las luces me daban en la cara, oooootra vez, les juro que me quería desmayar, ya sentía un ojo más chiquito que el otro, que uno me zapateaba y el otro me bailaba, me los tallaba cada 5 segundos, y no le veía fin a esa ¡Maldita hora!

Por fin, terminó el programa y salí corriendo a casa, antes de cargar a Serafina, antes de ir al baño, de prender la tele, de tomar café, de ver mis apps de ligue, lo primero que hice fue correr a mi cuarto, agarrar mis lentes, besarlos, limpiarlos y ponérmelos.

Moraleja: aunque les digan abuelitos, pónganles cordón a sus lentes, nunca saben cuándo se les van a olvidar.

¡Claro! Chinguen al guapo.