15 de Noviembre del 2019

¡Ay dolooooooor!

Por Yonadab Cabrera / /

yonachinguen ident

 

Definitivamente hay dolores que no me gustaría experimentar.

Por ejemplo, una fractura o un hueso roto.

La mordedura de una araña violinista.

La mordedura de un perro.

El arañazo de un gato.

La mordedura de una víbora.

La patada de un caballo.

Y un dolor de parto.

Sí, un dolor de parto.

Qué fuertes deben ser las mujeres para aguantar esos dolores, con el hecho de escuchar sus gritos y ver sus expresiones podemos adivinar o al menos imaginar lo que están sufriendo.

Si no me creen pregúntenle a mi amiga Viriloz, quien en aquel día del 2 de mayo comprendió que ser mamá es todo un arte. Incluso, desde que inicia la labor de parto.

En los primeros minutos estaba como si nada:

—Amor, ya estoy en labor de parto, no sé por qué dicen que es lo peor, el mismísimo infierno, yo no siento nada, es como un día de campo, ya no tarda en nacer tu hija, pero si quieres mejor termina de trabajar y ya en la noche vienes— le dijo a través de una llamada telefónica con tono muy dulce y cálido.

El esposo siempre comprometido y atendiendo a las necesidades de su esposa, decidió seguir su consejo para no estresarla, seguía trabajando, anhelando la llegada de su bebé, aunque pensaba y pensaba en la llegada de su beba.

Sin embargo, esa dulzura y calidez pronto se fue transformando. Una hora después de esa dulce llamada, el cálido y siempre amoroso esposo recibió otra:

—¿Dónde chingaos estás? Ya va a nacer tu hija y tú no estás ¡Qué no te interesa! Si no quieres ya hasta aquí la dejamos, ya, ya, yaaaaaaaaaaaaaaa.

El pobre marido no supo qué pasó, solo tomó su carro y manejó hasta el hospital para estar al lado de su esposa y apoyarla en las horas más difíciles y de dolor.

—¿Qué haces aquí? ¡Te dije que no vinieeeeeeras!— gritó con voz histérica y poseída por un demonio, un demonio que difícilmente se apacigua.

—¿Dónde estás? ¡Te dije que vinieeeeeras! ¿Por qué te vas? ¡Sí cabrón, cómo tú no estás sufriendo que me cargue a mí la chingada!— volvió a gritar más histérica que minutos antes.

Él se quedó, ella con dolores cada vez más fuertes le pellizcaba el brazo, los cachetes, lo mordía —¡Te ooooodio! ¡Veteeeeeee! ¿A dónde vas, quédate conmigo? ¡Te amo, es lo más bello que nos ha pasado! ¡Veteeeeeee! ¡Regresaaaaaaaaa!

Y así Viriloz trajo al pobre esposo que ya no sabía qué hacer, antes no se volvió loco y fue a dar al manicomio. Y al final del día, ella solo dijo “¿Verdad que fue como un día de campo?”, él ya no respondió, pero las huellas de la difícil batalla le quedaron marcadas: dos mordidas, arañazos por todos lados y un mareo que después de una semana todavía lo sentía.

Moraleja: Contraten a un doble para estos casos.

¡Claro! Chinguen al guapo.