17 de Noviembre del 2019

Señales de desastre

Por Yonadab Cabrera / /

yonachinguen ident

Desde que decidí aceptar la invitación, no han parado de llover las malas señales, las señales de desastre, como si se trataran de un mal presagio, de un augurio, acerca de mi decisión, la cual mantengo en pie a pesar de todo y de todos.

Desde el año pasado en que decidí entrar al Kompter empezaron la serie de eventos desafortunados. No lo niego, me gusta ir a ese gimnasio, aunque los dioses del Nelson Vargas me han mandado una lección muy dura de aprender, pareciera que se pelean por mí.

Episodio 1

El primer día en que asistí al Kompter jamás lo olvidaré. Fue una de las vergüenzas más grandes que he pasado en mi vida y miren que he tenido muchas. Todo ocurrió porque nunca me fijé en qué casillero metí mi maleta, y antes tenías que depositarles cinco pesos y agarrar la llave que ya traían incluidas.

Es como esos casilleros que hay en los súper, depositas tu moneda, cierras, retiras la llave y al salir de la tienda recuperas tus pertenencias y tu dinero.

El caso es que no me fijé en el número de casillero, se me fue el pedo, y cuando regresé de hacer ejercicio a los vestidores entré en caos. Por más de una hora estuve buscando y buscando y buscando mi locker.

Me estaba volviendo loco, estaba a punto de tirar la toalla, hasta que probé en una esquina que no había visto y por fin se abrió la puerta.

Episodio 2

Ocurrió hace unos días. He de reconocer que un coach me llama tanto la atención, no puedo dejar de mirarlo, solo veo que anda deambulando por las instalaciones del gym y ahí voy como muppet atrás de él.

A inicios de semana vi que estaba usando una caminadora, a una inclinación del 10%, a una velocidad de 5 km/h. Llevaba un pants negro, sus audífonos de Jacobo Zabludovsky y un cuerpo perfecto. Por supuesto, que se me escurría la baba, no dudé ni tantito en ir a mover la cola a su lado. Me puse en la caminadora que estaba a su mano derecha, inicié mi rutina de caminata, pero al mismo tiempo platicaba por Whatsapp con la guapa, bella, dulce y muy wera Di Morales.

No me fijé y al poner el celular en el huequito para poner los celulares, rocé el botón de emergencia. Sí, el botón rojo que nadie debe tocar por ningún motivo a menos que sea una emergencia. De inmediato la caminadora frenó en seco y salí volando, caí de nalgas en el piso y solo pude hacer “auch” (léase en tono de me dolió).

El guapo coach ni siquiera sonrió, no hizo nada más que voltearme a ver con desdén y siguió con su rutina. No hizo el más mínimo intento por levantarme o al menos pendejearme o burlarse de mí, pero el resto de las personas que me vieron, sí lo hicieron.

Episodio 3

Y el miércoles pasado perdí las llaves de mi carro. Por más de una hora estuve buscándolas por todo el gimnasio, recordé todos los lugares por los que había pasado, salía a ver que El Suertudo siguiera en el estacionamiento, me eché pecho tierra en los vestidores para ver si no estaban debajo de los locker, fui a las caminadoras, a las pesas.

Las malditas llaves no estaban por ningún lado y lo peor del caso, es que el carro tiene dos alarmas y es complicado desactivarlas. Ya no sabía qué hacer y al final solo fui a la recepción a preguntar si de casualidad alguien no las había dejado. Tenía la esperanza, pero la chica de la tarde no estaba, al cabo de unos minutos regresó, me dijo que no la tenía…

Llamó a la niña de la mañana y le respondió que las había guardado en un cajón. Por supuesto, el alma me volvió.

Moraleja: Haganle caso a las señales.

¡Claro! Chinguen al guapo.