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El peor error del PRI es convertir a Enrique Agüera en su próximo dirigente.
Sería algo así como una estupidez, una barbaridad, un despropósito y una aberración.
Pero, tampoco hay mucha ciencia, qué podemos esperar si sus actuales dirigentes incluido el delegado del CEN, Fernando Moreno Peña, se han caracterizado por cometer una serie de atropellos en contra de su propia militancia.
Agüera no sería un buen dirigente por la simple y sencilla razón que si no pudo con su campaña, menos va a poder con un instituto político.
No conoce al priismo.
No trae el ADN del militante tricolor.
Además, es vulnerable.
El morenovallismo lo sabe, cada que lo quiera poner quieto le publicará algo de su amplio expediente y su presunto enriquecimiento que lo callará, como ocurrió en campaña, cada que el ex rector de la BUAP intentaba criticar a la administración estatal le mandaban un mensaje y caput, se acabó el problema.
Ni Agüera ni su familia están libres de ser señalados.
La hermana lo declaró en su momento: la propiedad que tenían en Miami no era nada con respecto a lo que tenían aquí en Puebla. Ni la Touareg que manejaba la ahora feliz esposa.
Agüera sería, a la postre, un aliado más de Moreno Valle desde el PRI que un crítico.
Y si de eso se trata, bueno, por ahí podemos empezar.
Agüera no puede ser dirigente porque cobraría venganza.
Es un animal herido, ahorita que sufrió la peor derrota en la historia del PRI poblano y está buscando culpables.
Tratará de acabar con sus compañeros de partido e intentará desde esa posición meter la mano a la sucesión en la BUAP, porque sentirá que aún es poderoso.
Bloqueará primero a Enrique Doger.
Para después continuar con Blanca Alcalá, Javier López Zavala, Jesús Morales Flores y una larga lista de priistas.
Pensará en traidores.
Pero antes de ello deberá considerar a Lópe de Vega:
-¿Quién mató al Comendador?
-¡Fuenteovejunta, señor!
-¿Fuenteovejuna?
-¡Todos a una!
Para ser líder de los priistas, primero debería tomar un viaje a la India a desintoxicarse mentalmente, porque ahorita está en pleno proceso de reconstrucción y en crisis no se toman grandes decisiones.
Agüera tuvo la buena suerte de ser siempre un hombre del escritorio y ver la vida desde la comodidad de El Carolino.
De manejar tal cantidad del erario, de ser aplaudido y saludado en todo tipo de actos a los que acudía.
Lo que nunca pensó es que esos aplausos y esos saludos no eran para él, propiamente dicho, eran para la investidura.
Los políticos mexicanos tienen un problema: carecen de una personalidad propia y buscan la máscara de la investidura que da un cargo público para volverse “alguien”.
Pueden tener millones en el banco, en su colchón y enterrados en el jardín de la casa, pero el hecho de no ser “alguien” les pesa más y sufren mucho por ello.
Porque cuando carecen del cargo público, en la calle nadie los saluda, ni los ve a la cara, porque ya le dan la espalda, porque nadie les manda un whatsapp, porque las chicas ya no los ven guapos y sólo les hablan para cobrarles el dinero del coche o en su caso para reclamarles algo.
Ya son “nadie”, ya no son “alguien” y después del poder absoluto les viene algo así como el vacío absoluto.
Esa situación pasa con Enrique Agüera y por ello lo mejor es que se retire de la jugada para regresar con fuerza.
Si es que quiere regresar a contender por algo.
Por el momento, es alguien vulnerable y ahora más que ha sido el que peor ha dejado al PRI en todos estos años, sea por la razón que fuere.
En pocas palabras perdió y ahorita es un fracasado.