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El PRI poblano recibió el sábado pasado el peor castigo jamás imaginado. El PRI poblano que ha medio respirado después del tsunami de Mario Marín, de candidaturas espectacularmente fallidas como la de Javier López Zavala, de ocurrencias partidistas como Fernando Morales, de advenedizos como los diputados traidores y de decenas y decendas de fraudes políticos, económicos y electorales, hoy se enfrentra a un problema mayúsculo: soportar a Pablo Fernández del Campo.
Ninguno de los denominados cuadros respetables del partidazo lo quieren al frente del partido, mucho menos los líderes nacionales. Sin embargo, Pablito se queda una y otra y otra vez. Delegados van y vienen, y Pablito se queda. Pero esta vez, la tónica de su permanencia es distinta, esta vez se queda como una especie de castigo contra el tricolor y sus cuadros por la falta de consensos.
Pablo Fernández es un castigo, una dura lección que aprender de los priistas. Y todo por no ponerse de acuerdo. Por grillar unos a otros, por escupir uno contra el otro. Por el bien del partidazo, ojalá que pronto resuelvan diferencias y se libren de Pablito.
Será una lección dura de aprender y ni hablar, al PRI de Puebla le tocó aprender por la mala.