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Cultura para mortales

Miércoles, 24 Abril 2013 23:05
Sarah Banderas

Cambio de look para no ser quien soy

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La fachada descuidada de la estética ubicada sobre la avenida principal del pueblo, escondía el jolgorio que se vivía dentro. Las paredes, originalmente blancas, ahora tenían un tono gris sucio. Las viejas cortinas de tul rosa, disimulaban el diminuto local que daba refugio a un sinfín de hombres, mujeres e indefinidos.

Estilistas de nombre extranjero, imprimían un matiz folclórico al lugar.

“Elvis, un peinado para la señora”. “Sharon, un manicure francés para la muchacha”. “Paul, un corte para la señorita”.

Como una gran familia que vive bajo el mismo techo, los empleados conocían los secretos más obscuros de sus clientes. El “Beauty”, nombre que le daba al negocio un toque fashion, era el albergue oficial de noticias y chismes que podían acabar con la reputación de cualquier persona, incluso de quienes no lo frecuentaban.

—Elvis, quiero que me peines como la que sale en la novela de las 6.

—¿La que tiene un romance con el guapo moreno de ojos verdes? ¡Ay, que ganas de meterlo a mi cama!— dijo soltando una carcajada, mientras deslizaba el cepillo por el cabello recién lavado de su clienta.—Pero mi reina, ella tiene el pelo divino y tú lo tienes tan mal cortado, que parece que te lo mordió un burro, ¿cómo quieres que te arregle así?

Ash, es que me urgía cortármelo y tú tenías tanta gente que fui a la estética que está adentro del mercado.

—¡Pero cómo se te ocurre! Ahí va puro pobretón. El dueño del lugar era mi amigo, bueno fuimos más que amigos, pero cuando se empezó a operar lo dejé. Ay no pongas esa cara, ¿a poco no sabías que era hombre?

Cuando inició, el “Beauty” se ganó su fama porque sus precios eran más altos que el resto, dando la impresión de que los estilistas eran mejores, además de selectivos.

—Bueno— continúo Elvis tomando con repulsión el cabello entre sus manos— vamos a ver que se puede hacer con esto, pero te advierto que yo no hago milagros.

No importaba la humillación pública con tal de tener la fortuna de que el estilista más cotizado del pueblo, posara sus hábiles manos sobre sus cabezas.

Él decía que había estudiado corte y confección en la mejor academia de la capital. En esos años, al finalizar sus estudios, trabajó en uno de los negocios más grandes de la ciudad. Ahí atendió a toda la farándula del país.

Pero lo cierto era que el joven peluquero había sido autodidacta. Cuando se fue a la capital a cuidar a su abuela enferma, aprendió a cortar. En las tardes, los dos se sentaban por horas a mirar las telenovelas. Gracias a eso, se mantenía a la moda en cuanto al arreglo personal.

Las veces que volvía al pueblo, practicaba el nuevo arte con sus hermanas, tías, primas y todo aquél que se dejara desmelenar, volviéndose con el tiempo un experto en la materia.

Cuando su abuela murió, tuvo que regresar después de 6 años. Una amiga de su mamá acababa de abrir una estética y necesitaba un empleado. Desde entonces, él se convirtió en el alma del “Beauty” y en tan sólo un año le dio tanta fama que todas querían embellecerse ahí.

—Elvis, ¿ya viste el nuevo look de Shakira? Quiero que me dejes idéntica.

—Ay mamacita pero tu eres más prieta que el frijol negro ¿cómo te vas a ver con el cabello rubio?

—No importa. Siento que ya no le gusto a mi novio. Por eso quiero cambiar.

—Bueno, espero que por lo menos aprendas a mover las caderas como ella- dijo en tono pícaro, mientras el resto le festejaba el comentario.

Al término de cada sesión sus clientas salían satisfechas, con la convicción de parecerse a su artista favorito, pero sobre todo, con la creencia de que sus problemas se resolverían con un cambio de look.

El autoengaño le dejaba buenas propinas al maestre estilista, quien con amplia sabiduría aplicaba a cada absurda petición la célebre frase: “al cliente lo que pida”.

Todo el día desfilaban por el negocio personas que buscaban convertirse en algo que nunca serían. Señoras de edad avanzada negadas a envejecer; jovencitas que maldecían su color y su origen; hombres que renegaban de su género; mujeres que reflejaban sus sueños en la moda de las revistas.

—Elvis, vino mi prima del otro lado y dice que en Los Ángeles todas traen el pelo largo. Me invitó a pasar con ella unos días, pero necesito verme biennais.

—¿No me digas que vino tu prima la mojada? ¿La que a los tres días de estar allá se tuvo que casar con un campesino hondureño?

—Eh…sí, vino de vacaciones. Pero ya tiene una casa muy grande con alberca, cerquitas de joligud— dijo tratando de imitar el acento gringo de su prima.

—Ah, sí. Donde viven sus cuñados, sus suegros, sobrinos y todos los parientes ¿no?

La muchacha sólo acertó a mostrar una tímida sonrisa, cómo sabiéndose descubierta en su mentira. Para rematar Elvis agregó.

—Ay mi niña pero te acabas de cortar el pelo la semana pasada porque traías una caspa horrorosa. ¿Cómo lo quieres ahora largo?

Elvis se había convertido en la esencia del “Beauty” no sólo por su habilidad manual, sino por su costumbre de ventilar secretos. Sus comentarios ácidos iban cargados de sinceridad, provocando que los presentes los festejaran. Con el tiempo, todos le habían otorgado el derecho de decir las verdades sobre cada uno, y no era válido ofenderse.

—Pues ponme extensiones. Es más, que sean de color rojo para que contrasten con mi cabello.

—¿Pero las extensiones son carísimas y tú apenas si tienes para comprarte chanclas?-volvió a arremeter con naturalidad.

Entrar al “Beauty” era como ingresar a una realidad paralela, donde todas y todos podían intentar ser alguien distinto y el resto lo aprobaría. A todas las clientas les complacía escuchar los falsos “pero que bien quedaste” o “te ves divina”, “te pareces a tal o cual artista”.

Era por eso que cada vez más personas querían probar ese círculo de complicidad superficial.

Elvis tenía dos hermanas mayores. La más grande era de mentalidad conservadora.

Cuando su hermano menor externó sus preferencias sexuales, se escandalizó. Pero sobre todo generó un resentimiento hacia él al ver que el resto de su familia no sólo lo apoyaba, sino que le aplaudía porque ahora era el más popular en el pueblo. Su ejemplo era el pretexto que muchos jóvenes necesitaban para revelarse.

Desde que su hermano volvió no se habían reunido. Pero su fama se había extendido tanto que decidió visitarlo. Su mal ejemplo no debía seguirse extendiendo.

—Mira nada más lo que trajo el camión de redilas- dijo Elvis en su muy característico tono irónico. Todos sabían que no se llevaban bien. El ambiente enmudeció. Las clientas veían de arriba abajo a la recién llegada, en un gesto de apoyo al estilista.

—Vengo a que me cortes el pelo- su firmeza parecía más una orden que una petición.

—Chula, yo sólo atiendo a quien me place. Pero sólo por esta vez voy a hacerle el favor a tu marido de cambiarte esa carita de frígida que tienes.

La sentó en su silla. El bullicio no reiniciaba. Había una tensión sofocante. En cualquier momento las tijeras del estilista resbalarían hasta el cuello de su clienta.

—Quiero algo parecido a la que ganó el óscar.

—Ay hermana, tú siempre queriendo ser algo que no eres. Predicas como monja, pero tuviste que casarte porque estabas embarazada.

—¿Y tú qué me dices hermano? Aprendiste a cortar el pelo con la abuela. Nada de escuelas ni de estéticas profesionales.

Caras de asombro inundaron el “Beauty”. Con la delicadeza de una reina, el peluquero le dijo que se marchara. Había otras personas esperando.

Ahora todos sabían la verdad y muy pronto el pueblo entero. Ya no sería el aclamado ídolo del cabello. En ese instante de penumbra, una de sus clientas habló y dictó sentencia sobre el futuro del estilista.

—Bueno Elvis, ya te descubrimos. ¿Me vas a cortar el pelo como la conductora del programa de chismes o no? Tengo una cita importante en la tarde.

Era preferible fingir que nada había pasado, que perder ese confortable sitio donde podían fantasear con convertirse en alguien más.

—A ver mamacita siéntate. Por dios ¿de verdad te bañaste esta mañana?