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El favorito del sexenio
En el sexenio de Melquiades Morales fueron los hermanos Haces (Chucho y Ángel), recomendados por el mismísimo Jesús Morales Flores.
Durante el marinismo, Édgar Nava cambió su forma de vida y entendió que los ceros a la derecha de cualquier número eran lo mejor que le podría ocurrir: viajes, ropa Ermenegildo Zegna, Etro, Ferragamo, Paul Smith.
Quería ser portada de GQ.
Relojes: Panerai. Hublot. Chopard. Rolex.
Carros último modelo: BMW, Mercedez Benz.
Y todo lo que con el poder del dinero alcanza.
También el empresario Óscar García conoció de esas glorias y gracias a su compadrazgo con Javier García Ramírez se la pasó haciendo hospitales carísimos que, a la fecha, son inoperantes o siguen en obra negra.
¿Quién no recuerda cuando Mario Marín llegó a inaugurar el Hospital General del Norte y que no tenía ni electricidad y que se dio por concluída la obra?
Ser constructor en el sexenio marinista era ser poderoso.
Guapo.
Inteligente.
Audaz.
Intrépido.
De buen gusto.
Simpático.
Agradable.
Un tipazo, pues.
Ser constructor era cambiar de vida: casa en La Vista, en Lomas de Angelópolis. Zavaleta ya era para los del sexenio pasado.
Esto es lujo y no mamadas.
Podría dejar uno hasta el periodismo para ser parte de un grupo predilecto que comía en casa del hijo de Pacheco Pulido para recibir unas palabras de aliento tanto de Mario Marín como de Javier García Ramírez.
Todos querían haber estudiado ingeniería civil o arquitectura.
Caray, qué bien se veía ser parte de esa gama de personajes que sólo tenían que ponerse bellos con un 20 por ciento por la obra que se les asignara.
Después de todo: el erario es como el sol y sale para todos.
Una vez arrancado este sexenio se acabaron los nuevos ricos.
Los favoritos Nava (Édgar) y García (Óscar) desaparecieron del mapa, ya no eran ni guapos ni inteligentes ni audaces ni intrépidos ni de buen gusto ni simpáticos ni agradables ni eran tipazos.
Todo lo contrario.
Hasta saludaban –ahora sí- a las personas en búsqueda de aprobación social, pero ya nadie quería ni acercárseles.
Rafael Moreno Valle fue criticado porque contrató, en su mayoría, a empresarios de otros estados para sus mega obras.
No se veía la mano de un constructor favorito al arranque de este gobierno.
Los empresarios salieron huyendo a otras entidades como Querétaro en donde Javier García Ramírez hizo amistad con Pepe Calzada y buscó ayudar a unos cuantos.
Otros se fueron a Veracruz. Otros más, simple y sencillamente regresaron al tema de la edificación de casas.
Moreno Valle parecía que no iba a dar concesiones.
Muchos periodistas se subieron a criticarlo: "no da obra a los locales, favorece extranjeros", decían.
Claro, detrás de algunas de estas críticas existían intereses económicos fuertes.
Y todo marchaba así hasta el lunes pasado que se dio a conocer al favorito del sexenio.
Su nombre: Julián Abed Roaunnet y en tan sólo 18 meses ya obtuvo obra que se traducirá en casi 4 mil millones de pesos.
Claro, no son nuevos ricos ni don Julián aparecerá con una botella de cognac los fines de semana en el LP ni lo imaginaremos como parte del Jet-set poblano, ni será nuestro Play Boy región 4, pero de que ya es un favorito, ya lo es.
Debería inscribirse en la Secretaría de Infraestructura del estado un salón que diga: “Sala de los Constructores favoritos del sexenio (todo con el poder de su firma)”.
Y es que para entender la biografía del poder hay que analizar qué tipo de empresarios son los que se comen el pastel, pues está claro que aunque el sol sale para todos, éste siempre estará eclipsado por la luna y a la larga no a todos calienta.