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Cuando el karma alcanzó a Armenta
Entonces, la mirada se le nubló.
Cerró los puños.
Apretó los dientes.
Tragó saliva.
Se carcajeó como villano de cuento.
Muajajá.
Muajajá.
Respiró profundo…
Trató de calmarse.
Pero, fracasó.
—¡Estas son mamadas, Juan Carlos! ¿Encuestas a mí? ¿Crees que soy un pendejo o qué? ¿Cómo te atreves a hablarme de encuestas?

Corrían esos días nublados de finales de febrero.
Helados días del final de invierno.
Incluso un delegado priista presumía sus pezones erectos —ja, ja, ja ¡No es mi culpa!—
Brrrr.
Brrrr.
Blanca Alcalá y Javier López Zavala peleaban por encabezar la fórmula al Senado.
Blanquita se mantuvo firme y logró el apoyo de la cúpula nacional, López Zavala perdió una vez más —Lo de siempre, pues—.
Los dos renegados Alejandro Armenta y Fernando Morales llegaron a la sede estatal del PRI para advertir que lucharían hasta el final y que no permitirían la imposición.
La famosa imposición en el PRI.
El presidente de Procesos Internos, José Alarcón trató de razonar con Fernando Morales y con Alejandro Armenta.
Fue imposible.
La alerta se encendió en el partidazo.
El entonces líder del tricolor, Juan Carlos Lastiri se reunió con los dos “rebeldes”para evitar la rebambaramba en el PRI.
Pidió refuerzos: Blanca Alcalá, Pepe Alarcón, López Zavala…
Fernando Morales y Alejandro Armenta llegaron envalentonados —por aquello de la venía morenovallista— al cónclave.
Al primero que trataron de convencer fue al dirigente del PRI en tiempos del marinismo, Alejandro Armenta.


Blanca tomó la palabra.
—Amigos priistas, debemos entender que a todos nos interesa lo mejor para el partido y debemos anteponer nuestros intereses a los del PRI. Los conmino a trabajar en armonía por la unidad. Tú, Alejandro, mejor que nadie, sabes que yo siempre he privilegiado al partido y que he sido disciplinada.
Nada.
Las palabras de Blanca no funcionaron.
López Zavala asumió su papel de operador.
—Mirar, Alejandro, yo ser un ganador y tú saberlo. Ya dejar de hacer esto. Yo ganar Senado. Darte trabajo. Ser mi amigo. Yo también ser tu amigo. No buscar confrontación.
Obvio, tampoco funcionar discurso de Zavala.
Entonces, tomó la palabra Juan Carlos Lastiri:
—Mira, Alejandro debes entender que el partido te necesita. Eres muy valioso y aprecio tus aspiraciones, son legítimas y eres un gran cuadro para el PRI. Pero tú sabes que el partido respeta las encuestas.
—¡¿Respeta las encuestas?!¿Y qué dicen las encuestas?— preguntó consternado Alejandro Armenta.
—Alejandro, pues temo decirte que los números no te favorecen. Pero nuestro candidato Enrique…
—¿¡Qué dices, Juan Carlos!?
—Que los números no te favorecen…
—¿Cuáles números? ¡No chingues!
—A ver, tranquilo. Hablémonos con respeto. Los números de las encuestas te colocan por debajo de Bla…
—¿En serio me estás diciendo que el partido respeta las encuestas? ¡¿En serio?!
—Mira, Alejandro aquí están los estudios que hicimos con Ipsos Bimsa—, dijo Juan Carlos extendiéndole el estudio demoscópico.
Entonces, la mirada se le nubló.
Sintió un vuelco en el estómago.
Aguantó las ganas de vomitarse sobre la mesa.
Miró hacia todos lados buscando la calma.
—¡Estas son mamadas, Juan Carlos! ¿Encuestas a mí? ¿Crees que soy un pendejo o qué? ¿Cómo te atreves a hablarme de encuestas?— dijo azotando el estudio demoscópico sobre la mesa.
—Alejandro, cálmate no hables así frente a las dam…
—¡Hablo como quiero, pendejo! ¡¿Cómo me vienes a enseñar encuestas a mí, Juan Carlos?!— dijo Armenta al tiempo de explotar en una carcajada malévola.
Muajajá.
Muajajá.
Muajajá.
Alejandro aventó el sondeo.
—Miren, yo no me voy a tragar sus pinches numeritos. Por Dios. Yo fui líder del PRI y gracias a mí, tú Zavala fuiste candidato, yo mismo fui a ver a María de las Heras para que te diera los 10 puntos de ventaja sobre Doger y lograras la candidatura, así que no me vengan con sus pinches encuestas. Yo, Zavala, yo te hice candidato, no chingues…
Zas.
El tiempo de pronto se detuvo.
Cri. Cri.
Bola del desierto.
Shum. Shum.
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Zavala palideció.
Blanca abrió la boca.
Pepe Alarcón se acaloró.
Lastiri casi se desmaya.
Entonces, Armenta entendió que había ido demasiado lejos.
Balbuceó.
Se sentó.
Se levantó.
Se rascó la cabeza.
Tragó saliva…
—¿Entonces vas a respetar las encuestas?— soltó Juan Carlos Lastiri un tanto nervioso.
Ja, ja, ja.
Obvio, no las respetó.
Por supuesto, como Doger terminó en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
Aay...
Y el resto es historia.
Karma.
Bien dice mi mami que en esta vida todo lo que haces se paga.
Y con creces.
Miau.